Opinión
Israel y Eurovision: bailar a ritmo de ‘pinkwashing’ sionista

Por Paola Aragón
Periodista
El verano del año 2000 lo pasé en la playa de Mil Palmeras con las muñecas llenas de pulseras de cuentas que regalaban con la revista ‘Super Mini’ y berreando “Viva la vida, viva Victoria” en un apartamento recubierto de gotelé blanco, por dentro y por fuera.
Lo recuerdo por la ternura de la anécdota infantil: un día fui a mi tía y le pregunté quién era Victoria, creyendo que se trataría de la cantante (española, claro) del pegadizo ‘hit’. A punto de cumplir los 7 años, desconocía a Dana International, lo que significaba ser una persona trans, qué narices era Eurovisión y, desde luego, conceptos como el de “propaganda política” o “sionismo”. Pero a pesar de ser una ignorante niña madrileña de vacaciones en la costa alicantina, incapaz de situar Jerusalén en un mapa (y, probablemente, tampoco Madrid), allí estaba yo: entonando la letra del éxito israelí que había arrasado en el festival de Eurovisión apenas un par de años atrás. Una letra que todavía recuerdo hoy. El ‘soft power’ funciona exactamente así.
Desde entonces han pasado 25 años y están a punto de cumplirse dos desde que Israel recrudeció su ofensiva genocida sin precedentes contra el pueblo palestino, tras décadas de ocupación colonialista. La cifra de personas asesinadas es ya prácticamente inestimable. Y, ¡por fin! Hace apenas unos días, el Consejo de Administración de RTVE anunciaba su decisión de que España no participe en la próxima edición eurovisiva si lo hace Israel. A buenas horas, mangas verdes, porque es una demanda de boicot prioritario que llevaba exigiendo el movimientos en apoyo a Palestina desde el día uno. Pero en un contexto político con el clivaje tan sumamente desplazado hacia la normalización del fascismo y con unos niveles de permisividad, justificación y colaboracionismo como los que venimos presenciando por parte de Europa (y no solo durante los dos últimos años), parece hasta que fuese una decisión encomiable.
Y es que el clivaje está desplazado y mucho. Que se lo pregunten al Partido Popular, que estos días anda haciendo uno de los teatrillos más bochornosos de su historia (y mira que hay para elegir). Como experta indefectible en historia de la música -lleva chupas de cuero malistas y hasta un tatuaje de Depeche Mode-, de Eurovisión ha salido a decir barrabasadas populistas la mismísima Isabel Díaz Ayuso. En su cuenta de X, ha defendido la participación de Israel en el certamen musical alegando que había sido el primer país en llevar a una “artista trans a ganar Eurovisión”. “Ha quedado entre el segundo y el quinto puesto en decenas de ocasiones con cantantes gays y cantos por el feminismo”, reiteraba, sorprendentemente, la presidenta de la Comunidad de Madrid, a la que hasta ahora el feminismo y los derechos LGTBIQ+ siempre habían molestado un poco. Y nos colocaba el marco de la eterna falacia de la cancelación: “Los artistas o deportistas no pueden pagar por sus gobiernos o la politización. Perdemos todos”.
DANA INTERNATIONAL: la primera artista trans que sí se metía en política
Pues bueno, si de citar referentes feministas va la cosa, vayamos por partes, como dijo aquel. Y ya que Ayuso empieza hablando de la primera artista trans que participó (y ganó) en Eurovision, nosotras también. Ayuso, eso sí, parece incapaz de conocer su nombre, porque para su instrumentalización le es suficiente hablar de una indeterminada masa de gente trans, gay y otras chicas del montón, como si todas las mujeres y las personas LGTBI fuésemos iguales. De sobra sabemos que no y que ser mujer no significa ser feminista, y que ser feminista no significa no ser tránsfoba y que ser trans no te quita necesariamente lo racista. Se llama interseccionalidad. Otra cosa que también sabemos es el nombre de aquella primera artista trans, que resultó que no era Victoria, sino Dana International. Por último, sabemos lo paternalista que es dar por sentado que una cantante trans no sabe o no le interesa meterse en política, incluso para mal.
Resulta que en el año 2009, la cantante de ‘Diva’ demostró su politización activa ella misma, participando en la campaña electoral de la ministra israelí Tzipi Livni. Livni es conocida fuera de Israel por ser una supuesta pacifista de centro-izquierda que apostó por la solución de dos Estados durante el gobierno de Ariel Sharon (algunas tenemos bien claro que se trata de una postura imperialista e insuficiente, pero que entre la población israelí parece ser el acabose del sentido humanitario, ya sabemos cómo son los relatos). La realidad es que se trata de una convencida y acérrima sionista cuya máxima preocupación durante sus años en el gobierno era la preservación de la identidad israelí y la supervivencia de Israel como Estado. Livni formó parte durante muchos años del Likud (al igual que Netanyahu) y a sus espaldas carga también con unos cuantos años en las filas del Mossad. Ha tenido, además, alguna que otra orden de arresto en varios países europeos acusada de crímenes de guerra, debido a que se encontraba al frente de la cartera de Exteriores en el año 2008 y principios del 2009, cuando Israel ejecutó la conocida como Operación Plomo Fundido, denunciada por organizaciones como Amnistía Internacional o la ONU. Una ofensiva israelí indiscriminada contra edificios públicos, zonas civiles altamente pobladas, ambulancias y hospitales que duró tres semanas y durante la que más de 1400 palestinos fueron asesinados. Por si nos suena de algo, la justificación que se dio es que había sido para defenderse frente a Hamás. En mitad de semejante masacre, Livni declaró en Francia que “no había una crisis humanitaria en Gaza”.
Apenas unas semanas después de la masacre, Dana International se fotografiaba bailando con Livni durante uno de sus actos de campaña. Probablemente no fue por desconocimiento o por error: el 2 de noviembre de 2023, la cantante publicaba en su Instagram un post en el que afirmaba que si eras una persona LGTBQ y “accidentalmente acababas en una calle de Gaza, no saldrías vivo de allí”, por lo que había que “liberar a Palestina de Hamás”, que era lo que estaba haciendo Israel. Para aquel momento, aún no había transcurrido un mes desde el 7 de octubre, y el número de personas palestinas asesinadas casi alcanzaba la decena de miles. “Viva la vida”, porque el ‘soft power’ funciona exactamente así.
Izhar Cohen y la militarización de la música en Israel
Para entender semejante nivel de connivencia con el asesinato de niños y niñas (y también de las mujeres y los hombres adultos que sufren la violencia del genocidio, que parece que a muchos sus vidas les importan menos), toca dejar claro que no nos encontramos ante el mítico y tedioso caso de debate y reflexión interminables sobre si los artistas deberían o no posicionarse políticamente y blablablabla. No. Esto es otra cosa, básicamente porque en el Estado de Israel no existe, en realidad, algo así como una población despolitizada.
Recordemos que Israel es un Estado de corta vida y nueva creación, inherentemente colonial, conformado por grupos de colonos que acudieron a ocupar los territorios palestinos y que, por tanto, constituyen una población inherentemente ocupante e inherente y explícitamente politizada, sin matices.
En Israel no existe algo así como una diferencia entre “los artistas” o “los deportistas” y la “gente politizada”, porque allí todo el mundo lo está. Por supuesto, también están activamente politizados quienes, habiendo nacido allí, deciden oponerse a este régimen de ocupación, exponiéndose a las represalias consecuentes.
Y si algo hay politizado en Israel es la música. De hecho, el término politizado se queda corto: militarizado es más preciso. En Israel, el servicio militar en el conocido IDF (ese ejército del que vemos vídeos en TikTok con chicas jóvenes, rubias y normativas ataviadas con uniformes muy ceñidos y manicuras perfectas haciendo bromitas sobre asesinar familias palestinas) es obligatorio, así que prácticamente todo el mundo pasa por allí. Contra lo que pudiera parecer, algunas lo hacen sin una pizca de pereza, sino más bien con convicción, ilusión y arrojo: Eden Golan, la representante israelí en Eurovision 2024, dijo antes de participar que su intención era apuntarse al ejército tras el certamen para formar parte de la banda militar porque “hacer el servicio militar” era “una misión”. Poco después, quedó exenta del mismo por motivos médicos, así que para no perderse nada y cumplir con su misión no le quedó otra que apuntarse como voluntaria.
Caso similar es el del cantante Izhar Cohen, uno de esos artistas a los que podríamos pensar que Ayuso se refiere cuando dice aquello de “cantantes gays”. En una entrevista en 2019, Cohen, al tiempo que se describía a sí mismo como un “hippy”, recordaba con añoranza su paso por el IDF, donde también formó parte de la banda militar. “Los niños del parvulario, los del colegio y los soldados del Ejército, todo el mundo en todas partes conocía mi canción”, celebraba al recordar el éxito de su tema ‘A-ba-ni-bi’, que en 1978 se alzó con el primer puesto en Eurovision. En España también la conocíamos, incluso disfrutamos de nuestra propia versión: en 1998, el Chaval de la Peca lo petó con aquel verso adaptado que decía “A-ba-ni-bi A-boe-be / A-ba-ni-bi quiere decir te quiero amor”. Versión que yo, como buena niña de los 90, también corearía. Porque así es exactamente como funciona el ‘soft power’.
De hecho, el triunfo de Cohen en Eurovision resultó clave a la hora de empezar a aplicar esas estrategias de ‘pinkwashing’ y ‘purplewashing’ con las que Israel trataba de convencer a la comunidad internacional de que su existencia era legítima (aunque expulsasen a miles de personas de sus casas y asesinasen a otras tantas), apuntalando el mito de que constituían “la única democracia de Oriente Medio”, una especie de trocito de Europa en la región. Uno de los nuestros.
Y para ser uno de los nuestros, tenían que ir siempre un paso por delante de nosotros en cuestiones de modernidad, apostar gran parte de su imagen internacional a la propulsión del llamado “homonacionalismo” o “nacionalismo queer”. Sobre todo, porque debían construir un relato propagandístico de diferenciación antagónica con respecto a la otredad: esos países a los que habían caricaturizado como perversos, islámicos, terroristas, ultraconservadores y ultra represivos, de los debían proteger y liberar a Europa. Por eso se preocuparon tanto de ser “los primeros en” llevar a una mujer trans o a un cantante gay, aunque luego fuesen un Estado ultra religioso de lo más rancio en la práctica, en el que aún hoy las mujeres necesitan para divorciarse la aprobación de un tribunal rabínico y el permiso del marido. Un poco como Ayuso con su tuit. “La antigua imagen de un judío ya no es válida. [...] No somos judíos, nos sentimos israelíes. [...] Esa imagen cambió en los años setenta. Cuando se decía “Israel”, la gente cantaba ‘A-ba-ni-bi’. La imagen era joven, alegre y llena de energía”, celebraba el propio Cohen en la citada entrevista.
Eurovision, herramienta de ‘soft power’ otanista
La estrategia empezó a salirles bien. En 1979, al año siguiente de la victoria de Izhar Cohen y los Alphabeta, a Israel le tocaba ser el anfitrión del festival, y en lugar de celebrarlo en Tel-Aviv, que era en todo caso su capital internacionalmente reconocida, decidieron hacerlo en la ciudad de Jerusalén, ocupada por los sionistas a finales de la década anterior durante la conocida como Guerra de los Seis Días.
Era, por supuesto, una forma de marcar territorio y era también una demostración de poder geopolítico que trascendía lo simbólico. Ya que la comunidad internacional no llevaba sus embajadas a Jerusalén, Israel forzaría de manera sibilina -con el pretexto inocente de disfrutar de la música- a reunirse en Jerusalén a la comunidad internacional de todas formas. Para sorpresa de nadie, lo consiguieron. El ‘soft power’ funciona exactamente así.
Y no es solo que el ‘soft power’ funcione exactamente así, es que el festival de Eurovision fue concebido explícitamente para operar como un instrumento de ‘soft power’ en estos términos desde su creación. El propio festival siempre ha insistido en atribuir su origen a Marcel Bezençon, presidente de la Unión Europea de Radiodifusión, afirmando que este se habría inspirado en el Festival de la Canción Italiana de San Remo.
Sin embargo, en el año 2015 la OTAN desclasificó más de 20.000 documentos gracias a los cuales se descubrió que su origen estaba, en realidad, vinculado a la propia OTAN, cuya idea era crear un festival musical que operase como herramienta de propaganda cultural para cohesionar al bloque occidental e influir en la opinión pública.
Así, no resulta sorprendente que la primera vez que Israel (que, recordemos, no es geográfica ni formalmente un país europeo, sino más bien un proxy de Estados Unidos en Asia Occidental), participó en Eurovision fuese en el año 1973, justo después de las Olimpiadas de Munich del 72, famosas porque Septiembre Negro secuestró al equipo de once atletas israelíes con el fin de negociar un intercambio por la friolera de doscientos presos políticos palestinos, a cuya negociación Alemania Occidental se negó, de forma que todo el equipo de atletas terminó siendo asesinado.
En los meses siguientes, los integrantes de Septiembre Negro fueron a su vez asesinados extrajudicialmente por el Mossad en la conocida como ‘Operación Cólera de Dios’ e Israel fue invitada a participar en el famoso festival de música europeo, al que mandó a una artista muy rubia de apariencia nórdica llamada Ilanit, que actuó ataviada con un poncho de colores mientras cantaba sobre arcoiris y jardines. El mensaje estaba claro cristalino y se parecía sospechosamente al que se promulgó tras el 7 de octubre de 2023 (ataque terrorista de Hamás contra unos pobres rastas que bailaban trance en una rave sin hacerle daño a nadie, el derecho de Israel a defenderse y todo eso): los israelíes no eran más que un pequeño trocito de Europa lleno de chicas rubias, hippies y pacifistas que había sufrido un cruel ataque terrorista por parte de unos perversos islamistas racializados, así que Europa debía acogerles con los brazos abiertos porque solo querían cantar.
Lo mismo, imagino, que la representante israelí de este 2025, Yuval Raphael, superviviente del 7 de octubre que contaba orgullosamente en un reportaje para The Times of Israel que había estado destinada durante su servicio en el IDF en varios checkpoints de Jerusalén, uno de los lugares donde históricamente más violencia se ha ejercido contra los miles de palestinos y palestinas que tienen que cruzarlos todos los días para poder ir a trabajar, sirviendo como herramienta para infundir un profundo terror represivo contra la población palestina en su cotidianidad. Raphael, antes de actuar en Eurovisión, decidió hacerse una apolítica foto en un puente de Basilea emulando la que el fundador del sionismo Theodor Herlz se hiciera en 1901, que también recreó hará unos tres años el actual presidente de Israel, Isaac Herzog. Al día siguiente, como buena hippy pacifista israelí, también cantó subida al escenario eurovisivo sobre arcoiris y en el videoclip promocional de su canción, ‘A New Day Will Rise’, aparecía vestida como si fuese la versión moderna de Joan Baez en 1973. Y poniéndose, incluso, margaritas en el pelo. Pero es que es exactamente así como funciona… Bueno, qué os voy a decir, si ya sabéis cómo termina.
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