Opinión
La izquierda alternativa en la encrucijada

Por Antonio Antón
Sociólogo, politólogo y escritor
Dejamos aparte los condicionamientos estructurales y la estrategia externa de acoso y debilitamiento de todo este espacio a la izquierda del Partido Socialista, en particular hacia la dirección de Podemos y personalidades con relevancia institucional como Ada Colau o Mónica Oltra. Nos centramos en las condiciones y deficiencias internas, que siguen operando hoy.
El intento de recomposición político-electoral de la coalición Sumar, en su primera fase de constitución entre 2021 y 2023, con una reorientación estratégica y un cambio de liderazgos, y su segunda fase, de separación política y orgánica con Podemos y descenso de expectativas representativas (2023/2026), ha resultado fallido. Al mismo tiempo, Podemos ha logrado sobrevivir, pero con el estancamiento en su representatividad minoritaria. En estos años se ha mantenido una proporción aproximada de dos a uno, sin perspectivas de colaboración o unidad electoral, lo cual les penaliza a ambos (conseguirían menos de la mitad de escaños, 10+2) y al conjunto de fuerzas progresistas en su influencia institucional.
Con la misma inercia política de estas dos partes de la izquierda alternativa, junto con el deterioro socialista, es improbable la remontada electoral. Por tanto, se puede iniciar un fuerte ciclo regresivo en España, acompañando a los vientos reaccionarios dominantes en Europa, EEUU y América Latina.
Las dirigencias, las militancias y las bases socioelectorales de las izquierdas son conscientes de la gravedad e incertidumbre de esta encrucijada. Las preocupaciones y el tipo de respuestas en cada uno de esos tres niveles son diferentes. Sus prioridades son distintas, y cada ámbito tiene su propia responsabilidad. El prestigio y la legitimidad de sus núcleos dirigentes, o el alcance de su crisis y su renovación, van a depender de su capacidad para articular una estrategia adecuada a la dimensión de la tarea pendiente.
En estas semanas, ya preelectorales, las distintas fuerzas políticas progresistas están avanzando propuestas de renovación y refuerzo. Veremos lo que dan de sí, con los resultados prácticos respecto de estos procesos electorales inmediatos y la preparación para la fase posterior. Por mi parte, expongo algunas reflexiones de carácter general.
En los grupos progresistas y, en particular, en la izquierda alternativa federal/confederal no existe (solo o principalmente) un problema de capacidad discursiva. En ese sentido, sobra el paralelismo con las derechas. Ellas controlan el grueso de los aparatos mediáticos, económicos e institucionales, y aprovechan toda su capacidad de penetración y manipulación comunicativa, mediante la crispación política y su descalificación de las izquierdas, para imponer sus políticas, con su discurso de la inevitabilidad de su dominio y el fracaso de las fuerzas de progreso.
Ahora bien, el dilema fundamental para las izquierdas, en especial para la izquierda transformadora, es el de su credibilidad reformadora progresista, de capacidad de cambio sustantivo de las condiciones vitales (materiales, institucionales, relacionales) de la mayoría popular y del conjunto de la población, en un sentido igualitario, emancipador, democratizador y solidario. Ese es su perfil identificador, en contraposición con la regresión social y autoritaria de las derechas.
La pugna es, especialmente, de carácter político-transformador y, en esa medida, de legitimación de su representación política y su gestión. Ello supone, frente al gran poderío económico, institucional y mediático de las derechas, favorecer la participación y la articulación de la ciudadanía y su acción colectiva, como implicación necesaria para porfiar en el avance social y democrático. La base de (contra)poder de las izquierdas la ofrece (sobre todo) la propia ciudadanía, con sus instituciones democráticas. Para ellas la democracia, la articulación popular y la participación cívica, es más fundamental que para las derechas, que controlan el poder fáctico (socioeconómico, estatal, mediático, cultural) y solo necesitan un mínimo de legitimidad social.
El reto progresista no es principalmente programático o comunicativo. El programa debe estar inserto en la acción sociopolítica para mejorar la relación de fuerzas sociales. No se trata tanto de máximos o mínimos en el papel, sino de su capacidad para articular las demandas populares, igualitarias y emancipadoras, de forma unitaria y transformadora. Es imprescindible una ambiciosa agenda reformadora social y democrática susceptible de generar apoyos masivos y unitarios. La condición necesaria es el estímulo y el impulso de una reactivación cívica democratizadora y de cambio social sustantivo, una recomposición del campo socioelectoral de izquierdas, con un peso relevante de la izquierda transformadora.
Paralelamente, está la renovación y la capacidad de articulación de las élites políticas y las estructuras partidistas para representar, canalizar y orientar las demandas populares progresistas. Esa tarea se enfrenta a las arraigadas tendencias corporativas y sectarias existentes, en mayor o menor medida, en los grupos políticos de izquierdas, y pone de relevancia la necesaria adecuación de sus élites dirigentes a las tareas transitorias (semi constituyentes) de la nueva etapa que comienza.
Frente al declive socioelectoral y la crisis político-orgánica que amenaza a la izquierda alternativa, la tarea de su remontada socioelectoral es multidimensional y está interrelacionada. Se trata de combinar una dinámica sociopolítica participativa de las mayorías sociales, con una articulación organizativa y de liderazgo unitaria y plural, una orientación estratégica diferenciada y superadora del continuismo socialdemócrata, en oposición a la derechización autoritaria en marcha, y una pugna cultural para asegurar la legitimidad social y la hegemonía política por una democracia avanzada.
Es positiva la actitud esperanzadora y la voluntad transformadora de que es posible derrotar a las derechas y ser capaces las fuerzas progresistas de reiniciar otra etapa de mejoras sociales, democráticas y con la sostenibilidad medioambiental en el horizonte. Termino con dos consideraciones generales.
La primera es la revalorización del impulso cívico por las bases, la reactivación de la acción colectiva y la movilización social; la generación de una dinámica sociopolítica participativa, con arraigo local y territorial que acumule y converja con las demandas populares igualitarias y democratizadoras.
La segunda consideración trata de la necesidad del refuerzo del talante democrático y unitario de las élites dirigentes y las estructuras orgánicas de los grupos de la izquierda alternativa. Es especialmente importante en procesos de crisis y transición como la actual, en los que se ventila el estatus, la orientación y la dinámica de las nuevas formaciones políticas. La propia capacidad en la articulación unitaria y colaborativa del conjunto de la izquierda alternativa, con el ejemplo avanzado en ámbitos locales, demostrará la validez de su compromiso transformador con la ciudadanía.
Estas dos prioridades, la activación cívica y el talante unitario, con realismo, actitud crítica y determinación de cambio de progreso, se contraponen con dos tendencias problemáticas. Por un lado, la simple inercia posibilista o adaptativa, la renuncia a una actitud transformadora. Por otro lado, la primacía idealista por la simple (o preponderante) pugna ideológica, comunicativa o divulgativa de alternativas programáticas, más o menos radicales o de máximos.
La remontada socioelectoral de las izquierdas será posible a través de la reactivación cívica de la mayoría popular, la inserción social de los grupos alternativos y el acierto estratégico y unitario de sus estructuras partidistas. Los adversarios de derechas y los grupos de poder son poderosos, pero las energías democráticas de las mayorías sociales, convenientemente articuladas y representadas, pueden vencerlos.


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