Opinión
Izquierda alternativa: sigue el bloqueo

Por Antonio Antón
Sociólogo, politólogo y escritor
Ante el desafío del próximo proceso electoral las distintas corrientes políticas democráticas y progresistas avanzan sus respuestas. Me detengo en la izquierda transformadora, en el conglomerado de la izquierda federal/confederal a la izquierda del Partido Socialista, con sus dos polos principales. Por un lado, las formaciones de la actual coalición Sumar, en proceso de renovación y concreción de programa, sigla y liderazgo (Comuns, Más Madrid, Izquierda Unida, Movimiento Sumar… y con la expectativa de un acuerdo con Compromís, Chunta aragonesista, Més per Mallorca y otros). Por otro lado, Podemos, que ya ha avanzado su candidatura a la presidencia del Gobierno liderada por Irene Montero, con su propuesta de primarias abiertas.
La imposibilidad de acuerdos estatales unitarios
Las direcciones de ambas partes, con distintos matices, en particular con una actitud más abierta de IU, entre otros representantes alternativos, expresan la imposibilidad de llegar a acuerdos estatales equilibrados.
En el caso de los referentes de Podemos señalan el obstáculo insalvable de las diferencias políticas y la desconfianza en los dirigentes de la coalición Sumar, según ellos, por su pasada actuación abusiva, sin respeto a la proporcionalidad representativa. Proponen como innegociable una posición más crítica y diferenciada del PSOE y una medida para activar ese espacio alternativo: el liderazgo de Irene Montero, considerado el más fuerte, a ratificar en unas primarias abiertas, pero no conjuntas, o sea, sin negociar con el resto de los representantes alternativos, a los que descalifican.
El inconveniente de esa propuesta es su sentido competitivo, que pretende desbordar por sus bases a la otra dirigencia de los grupos de Sumar y sus posibles candidatos, y sacar ventaja de parte para reequilibrar la situación representativa desventajosa que tiene según los actuales sondeos y los resultados electorales últimos. Es decir, no contempla un acuerdo del conjunto de grupos políticos, con unos procedimientos democráticos compartidos y una mínima colaboración política para abordar los problemas fundamentales: generar credibilidad transformadora del conjunto de ese espacio alternativo, mejorar la representatividad socioelectoral común y, especialmente, su traducción en escaños, y facilitar una mayoría parlamentaria de progreso.
Es, pues, una propuesta con poco recorrido operativo para reactivar el conjunto de ese electorado. Ese emplazamiento discursivo ofrece algunas ventajas (y desventajas) mediáticas para intentar la cohesión del liderazgo de Podemos entre algunas bases militantes más fieles, pero es dudoso que consiga el suficiente empuje movilizador de esa ciudadanía de izquierdas. Por tanto, a mi modo de ver, tiene poco alcance transformador del declive socioelectoral y el bloqueo divisivo actual de la izquierda alternativa, con sus negativas consecuencias.
Además, esa apuesta unilateral se enmarca en la prioridad morada por la batalla político-electoral en Madrid, con grandes distancias entre ambas direcciones, y como reflejo y concentración de la pugna estatal. Sin embargo, esta apuesta medular, con sus principales liderazgos (Ione Belarra, Secretaria General y candidata a la Asamblea de Madrid, y Pablo Fernández, Secretario de Organización, al ayuntamiento de Madrid), con el reto de superar la barrera normativa del 5% de representatividad para acceder a una posición institucional, en competencia abierta con la hegemonista y mayoritaria (hasta ahora) Más Madrid, tiene un gran riesgo. Si sale mal, podría acelerar la crisis política y orgánica de la dirección morada; más aún si se añade el posible escaso resultado en escaños parlamentarios de la candidatura de Montero.
Los dirigentes de la actual coalición Sumar consideran que están en una posición institucional y mediática más confortable, al menos para reforzar su primacía relativa en el espacio alternativo en competencia con Podemos, por su gestión gubernamental y sus expectativas electorales mínimas: entre dos y cuatro escaños en cada una de las circunscripciones fundamentales de los cuatro grupos principales: Madrid (Más Madrid, junto con el líder del conjunto), Barcelona (Comuns), Valencia (Compromís) y Sevilla/Málaga (IU).
Eso los lleva a la respuesta dada por su portavoz Ernest Urtasun: el modelo de coalición del 23-J, en las pasadas elecciones generales de 2023. O sea, continuidad de su línea política moderada y de alianzas con el Partido Socialista, con la expectativa de prolongar el gobierno progresista y con su primacía política y orgánica respecto de Podemos. Con su previsión de una posición de debilidad morada, al igual que entonces, admitirían su incorporación subalterna, sin proporcionalidad, dinámica inaceptable para su dirección.
Pero ese planteamiento desdeñoso tampoco resuelve el problema principal: asegurar la suficiente remontada socioelectoral del conjunto, con una reactivación unitaria y cooperativa creíble, que aproxime la expectativa de un avance significativo de escaños que, añadidos a los de los otros dos bloques, socialista y nacionalista, consigan el tan anhelado objetivo de vencer a las derechas y prolongar otra etapa institucional de progreso.
Por tanto, sin superar la división y el desaliento de esas bases sociales alternativas, no se mejoraría ese vaticinio perdedor, con las consecuencias de desafección cívica en ese espacio, y el cuestionamiento de su diseño articulatorio y la legitimidad de sus líderes.
En la peor hipótesis, de un fracaso representativo e institucional, con un pequeño y heterogéneo grupo parlamentario en la oposición, se aceleraría la crisis político-orgánica y la necesidad de una recomposición a gran escala o constituyente, en particular de sus liderazgos, para la siguiente fase política, en un contexto global desfavorable. Se acentuaría la pugna por la conservación de los respectivos estatus posicional y legitimidad del relato, sin asumir las responsabilidades del probable fiasco colectivo. Habrá que neutralizar esa trayectoria destructiva.
La solución -si viene- vendrá de abajo (y de en medio)
Por arriba, en las élites políticas de izquierdas -con algunas diferencias entre ellas-, al igual que en otras fases históricas, existen tendencias de corporativismo sectario y fanatismo estratégico; o, dicho de otra manera: hay incapacidad dirigente para articular un diseño unitario, democrático y plural, con un proyecto transformador mínimo y compartido, un frente amplio de izquierdas.
La pugna por la legitimación de los liderazgos y los intereses de los aparatos institucionales particulares absorbe la mayoría de los esfuerzos políticos y mediáticos, y deja en un segundo plano, subalterno, la activación y participación de las bases sociales, las dinámicas compartidas y las posiciones de las estructuras orgánicas intermedias. Quedan subordinados la búsqueda de arraigo social de las estructuras partidarias y la acción colectiva por el avance en condiciones y derechos para la mayoría popular.
Una parte de la solución a ese bloqueo político y la degradación antipluralista viene de la concienciación masiva y la dinamización colectiva por la democracia y la reforma social igualitaria y, en particular, frente a la involución regresiva, segregadora y autoritaria que se avecina, y en defensa de la igualdad, la libertad, la solidaridad y los derechos democráticos, sociolaborales y territoriales. Es el perfil identificador para una izquierda transformadora.
Otra parte de la solución puede venir de las estructuras medias y municipalistas, más pegadas a la realidad local, al reconocimiento de los equilibrios representativos y de influencia de cada cual, y a las ventajas de concretar apoyos compartidos para garantizar el acceso representativo e institucional. Supone incorporar un talante ético y democrático más unitario, respetuoso e integrador.
Existen experiencias locales en las que ya se avanzan negociaciones y acuerdos unitarios, algunas con más tradición cooperativa o articulaciones más favorables. Afectan a provincias intermedias, en sus distintas elecciones, en las que es más decisiva la convergencia: Málaga, Murcia, Zaragoza, Las Palmas/Tenerife, Navarra, Extremadura... O bien, a municipios grandes y pequeños, algunos relevantes, como Barcelona, Valencia, Vigo, Elche…
Estimular esas experiencias y asegurar su éxito reforzaría esa contra tendencia democrática y eficaz que beneficie al conjunto y a cada parte. A su vez, puede condicionar a las dirigencias territoriales y, sobre todo, estatales, para reconducir este proceso divisivo, sin esperar a comprobar, en la antesala electoral, el precipicio del fracaso, ni imponer condiciones finales no equitativas.
Implica reconsiderar la rigidez de esas posiciones de partida, con una actitud colaboradora tras un interés común y un liderazgo plural. Permitiría desbloquear la dinámica rupturista, afianzar la confianza mutua, facilitar un avance representativo y político de la izquierda transformadora, condicionar la ambivalencia socialista, generar esperanza popular en una nueva etapa de progreso en España y, en todo caso, prepararse mejor para el siguiente período.



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