Opinión
Una izquierda que no nos riña

Directora corporativa y de Relaciones institucionales.
Llegué tarde al acto del Frente Amplio este sábado en Madrid, pero solo un poco y con la banda sonora de Amaral de fondo, que es como llegar a lo grande. Al final, una no reconoce los viejos lugares de su adolescencia y se cree que todo va a estar estratégicamente colocado para no despistar al turista: parking, sitio para actos de todo pelaje, terrazas, chiringuitos, paseos, árboles o el río con sus patos y patitos en fila india, marcando el paso de una legión sin Vito Quiles. Pero no: el Parque Lineal del Manzanares es un lugar privilegiado, sin estridencias ni desahogos urbanísticos o turísticos, donde los patos que pasean, grandes y pequeños, ni van en fila india ni se asustan siquiera de la humana que los saluda. El Parque del Manzanares es un lugar en el que ese Madrid parque-temático de Ayuso, el de la Fórmula 1 o del 12-O con banderas franquistas no tiene espacio, ni se huele siquiera. Y qué alegría me llevé de reconocer por fin este lugar inusual en la capital, pese a que dejé el coche a unos 500 kilómetros -un decir, pero a mí me lo parecieron- del asunto que me traía al Parque: el lanzamiento del Frente Amplio.
¿Qué podía encontrar esta plumilla, después de una semana o dos semanas vividas a cara de perro a la izquierda del PSOE y cuando entra en este acto organizado a trompicones? El "no" definitivo de Podemos a la última propuesta; el paso atrás de Gabriel Rufián que confiaba en que su innegable impacto político rompería la alergia de ERC a tener algo que ver con listas estatales, la voluntad rocosa de Pablo Iglesias y su inteligencia e indiscutible capacidad de seducción, no mayores que las de Irene Montero; las filtraciones interesadas a la prensa para tratar de imponer relatos (y candidaturas)…
Los dirigentes del Frente Amplio nunca esgrimieron tanta prudencia y observancia que al principio de este encuentro de sábado, mientras la gente tomaba asiento entre abrazos y risas; porque optimismo y ganas sí vi y sentí, apretando con la misma intensidad que el calor que me achicharraba el flequillo en la silla. No faltó nadie… nadie que vaya a ir en listas, porque Yolanda Díaz no estuvo, aunque la citaron varias veces, y no me extraña. La izquierda es tan siesa y pureta con su propia gente que aún no son conscientes de lo que Díaz ha supuesto para el Ministerio de Trabajo, con pandemia, con guerras, con una inflación galopante… Lo de querer poco al compañero/a dentro de la izquierda es fascinante y esa inquina purista que no admite contradicciones quizás tenga mucho que ver con los réditos que rara vez son motivo de entusiasmo en las elecciones generales desde 2016.
Hablaron todos y todas, y es ahí cuando una se da cuenta de que hay gente muy buena en la izquierda, pero que, por lo que sea, ni reluce ni la dejan relucir. Imaginen, por ejemplo, el mismo solvente discurso de Ernest Urtasun, ministro de Cultura, pero en forma y fondo conservador y pronunciado por Alberto Núñez Feijóo, alias Sacrificios, o su finísimo muñidor Miguel Tellado. Qué risa dan hoy los de se acabaron los insultos… pero cuando yo gobierne. Imaginen la contundencia de Pablo Bustinduy, capaz de no decir una sola grosería mientras deja temblando en las gradas a los asistentes con sus verdades como puños (qué pena de candidato que no quiso ser). La alegría contagiosa de Tesh Sidi, caiga lo que caiga y mira que aguanta, y que abrió el acto para elevar el ánimo a un público algo fuera de sitio; la tozudez democrática de Verónica Barbero, a la que se notó (y la transparencia siempre bien) que el trabajo en el Congreso se le ha convertido en un reto diario no siempre amable, y no me extraña. Ese Toni Valero que parece que llegó saltando y feliz, como si el Frente fuera a ser primera fuerza el 29N.
Poco a poco y pese al sol de un verano que no termina, maldita sea, la grada se fue animando, mucho más cuando llegaron el jefe y la jefa o así se sintió a mi alrededor. Emilio Delgado y Ada Colau fueron más realistas que partidistas, más optimistas que cenizos (y mira que tienen razones), más de futuro que de pasado, más de sonrisa, agradecimientos y planes políticos para los españoles que de rencores y broncas contra adversarios que te quieren meter en la cárcel, aunque quizá sean peores esos que fueron compañeros, que no te meten en la cárcel pero que compiten demostrando la mayor y más errática de las incompetencias.
No vi épica ni baños de masas en el primer acto del Frente Amplio, para qué vamos a engañarnos. Pero sí percibí la sensación de tranquilidad y cordura realista que da el haber hecho lo que se ha podido, o eso tan simple del "Lo que no puede ser no puede ser y, además, es imposible". Aunque escuchara decir detrás de mí a un chaval: "¿Ahora es cuando sale Rufián?". No les queda nada.
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