Opinión
Lo de la 'kiss cam', unos cuernos y el "no me vas a grabar más"

Por Silvia Cosio
Licenciada en Filosofía y creadora del podcast 'Punto Ciego'
-Actualizado a
Estaba convencida de que no podía haber nada peor que tener que asistir a un concierto de Coldplay, pero me equivocaba, existen círculos del infierno aún más terroríficos que la tortura musical del cuarteto londinense: ir a un concierto de Coldplay, hacerte viral a tu pesar, convertirte en el hazmerreír de millones de personas y perder tu empleo y tu reputación en menos de un minuto. Puede que ya ni se acuerden de lo que les estoy contando, porque esto de la viralidad en redes es tan efímero que al menor parpadeo nos olvidamos del tema para pasar al siguiente. Ocupados ahora en lanzar suspiritos de amor a la pantalla mientras una niña baila, imitando a su personaje de dibujos animados favorito o riéndonos de la señora que al subir al ferry calculó mal la distancia y acabó en el agua; lo de la pareja de adúlteros pillada in fraganti por una kiss cam nos parece ya cosa de hace siglos, pero apenas han pasado unas semanas.
Olvidados ya por la masa que hasta hace un par de días se descojonaba o se enfurecía con ellos, los protagonistas de este episodio tienen, sin embargo, que vivir el resto de sus vidas con las consecuencias de haberse convertido en virales a su pesar. Serán ya para siempre los dos adúlteros del concierto de Coldplay, pues han sido reducidos a carne de meme, ridiculizados, juzgados y escarmentados públicamente por millones de seres anónimos que consumieron su desventura con la misma avidez y superficialidad con la que devoramos un menú fast food.
Aunque en teoría este tipo de publicaciones nos puedan parecer inocentes, lo cierto es que no lo son, pues detrás de ellas en muchas ocasiones se esconden intereses económicos y las consecuencias que tienen son realmente serias para los (a su pesar) protagonistas. Porque las redes sociales son el reflejo de los tiempos en los que vivimos y viceversa, ya que ambas se retroalimentan e influyen en los cambios y los gustos de la ciudadanía. Por eso hoy en día es imposible realizar ningún análisis sociológico o político sin tener en cuenta las tendencias virales y los hábitos de consumo virtuales. Y en esta última década, hemos pasado de la autoficción y la romantización de nuestras vidas y rutinas cotidianas al voyeurismo y la crítica mordaz del comportamiento ajeno. Las fotos de nuestros desayunos aesthetic han dado paso al consumo masivo de las vidas de los otros, incluso de las vidas de personas anónimas que son grabadas a su pesar. Y si es posible que se las capte en el momento más bajo de sus vidas, mejor: un espíritu no tan lejano al de aquellos "vídeos de primera" de los años noventa en los que las propias familias explotaban los momentos más ridículos de sus seres queridos por unas míseras pesetas. Porque hoy en día la mayoría de las cuentas con mayor número de seguidores monetizan —o al menos lo intentan— el ridículo ajeno o sus propias vidas perfectamente guionizadas y ajustadas a los requisitos de los consumidores.
Acostumbrados, por tanto, a convertir nuestras vidas en un espectáculo en redes, cuando nos hemos aburrido de nuestra cotidianidad, hemos dado el salto sin pensar en las consecuencias para hacer lo mismo con las vidas ajenas, que se han convertido en objeto de consumo rápido, pero sobre todo en un espectáculo público. Vidas ajenas grabadas, en muchas ocasiones, sin su consentimiento, y viralizadas por unas risas y unos likes. Pero, no satisfechos con ello, también pontificamos. Por eso mismo, todo el asunto en torno al CEO y la relaciones públicas pillados en pleno adulterio es mucho más complejo de lo que pudiera aparentar a primera vista, pues desató una campaña moralista aleccionadora y puritana que no se dio por satisfecha hasta que ambos fueron castigados públicamente con el despido de sus respectivos puestos de trabajo.
Este tribunal de la Inquisición virtual en el que se han convertido las redes sociales en plena ola reaccionaria ha sentado un peligroso antecedente, pues no estamos hablando de una conducta criminal o imprudente —o que pusiera en peligro la vida o la integridad de otras personas—, sino de una transgresión moral que debería haber permanecido en la esfera personal, pero que hemos convertido en una causa pública en la que se dio rienda suelta a todos los tópicos y los tropos patriarcales más rancios sobre el matrimonio y el adulterio, sin tener ni idea del tipo de consensos, relaciones o acuerdos que tenían entre ellas, todas las personas involucradas.
Lejos de juzgar, deberíamos pensar si podemos poner en la picota la vida de dos personas anónimas de las que desconocemos si sus parejas estaban al tanto de la relación o si merecían enterarse de que les estaban siendo infieles de esta manera. Sin embargo, durante días, millones de personas juzgaron, despellejaron y celebraron el castigo de los adúlteros para luego olvidarse del tema y pasar al siguiente objetivo sin mirar atrás ni atender al daño causado.
Pero además del daño irreparable inmediato —y que en muchas ocasiones provocamos de forma involuntaria por pura irresponsabilidad no malintencionada— que puede tener para algunas personas el haberse convertido en virales a su pesar, en este trasunto de 1984 aún más distópico y sin duda mucho más ridículo en el que hemos convertido las redes sociales, también está el peligro real de que cualquiera de nosotros pueda acabar siendo la víctima del nuevo espectáculo viral, de la nueva campaña de acoso puritano. Pues ya nadie nos puede asegurar, aunque la ley nos ampare, que no seremos grabados por nuestros vecinos y, por tanto, juzgados ante miles o millones de espectadores, por alguna estupidez o transgresión. Y una vez que la cosa se pone en movimiento en redes, es casi imposible pararla o hacer que el vídeo desaparezca, que quedará como el único —o más famoso— testimonio de nuestro paso por el mundo, reducido, ahora, a un chiste imperecedero.
Ni siquiera cuando creemos que las redes reflejan la mejor versión de nosotros mismos —o de los menores de edad explotados virtualmente por sus progenitores a cambio de dinero o likes— podemos estar seguros de las consecuencias a largo plazo del uso de nuestras imágenes. En un mundo que ha sobrepasado la mayoría de los sueños de la ciencia ficción —excepto mi ilusión infantil de llegar a ver coches voladores— la posibilidad de que se esté entrenando a la Inteligencia Artificial con nuestras fotos y vídeos no es una elucubración conspiranoica, sino la cruda realidad. El DeepFace —el sistema de reconocimiento facial— ha dado paso al DeepFake —el contenido digital de audios, imágenes o vídeos editados por Inteligencia Artificial- que es capaz incluso de engañar al algoritmo y a los expertos, dejándonos desamparados y al albur de timadores, pedófilos, abusadores o creadores de contenido sin escrúpulos. Ahora ya no solo es posible protagonizar un vídeo viral a nuestro pesar, sino que también se viralizan y se escenifican situaciones generadas por IA, lo que no deja de ser la versión sofisticada de quitar la silla cuando alguien se va a sentar para así grabar el culazo contra el suelo. Porque lo importante no es el derecho a la intimidad, al olvido digital o al control de nuestra imagen, sino mantener la máquina de los contenidos virales bien engrasada para que no paremos de consumir y cosificar las vidas de los otros, muchas veces a cambio de dinero.
Por eso, en tiempos de hipervigilancia y conservadurismo moralista, comienza a ser revolucionario exigir el derecho a que se respete nuestra intimidad y con ella también que nuestras pequeñas miserias e indignidades mundanas se queden para nosotros y para nuestro círculo más cercano sin tener que ser juzgados por millones de desconocidos, pues nuestras vidas no son ni un entretenimiento ni merecen tampoco el escarnio público. Y es que el sueño de la viralidad produce monstruos, así que ha llegado el momento de retornar a los clásicos para echar mano de la cultura pop patria y empezar a gritar, cual tonadillera cabreada, que "no me vais a grabar más".
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