Opinión
No lamento la muerte de Charlie Kirk. Sí su asesinato

Por Paco Tomás
Periodista y escritor
-Actualizado a
El asesinato del activista ultra conservador Charlie Kirk ha reabierto el eterno debate sobre la violencia como herramienta política y de imposición y sus consecuencias. La mayoría está de acuerdo en que la violencia, el ensañamiento, no puede ser una opción en la vida de los ciudadanos de un país. Sin embargo, no todos estamos de acuerdo a la hora de señalar todos esos tipos de violencia que, disfrazada de libertad de expresión, de pensamiento controvertido, señala al objetivo sin apretar el gatillo, como un puntero láser, esperando que otro lo haga por él. No todos estamos de acuerdo en condenar con la misma contundencia la violencia de guante blanco, sofisticada y elitista, que cada día desahucia familias de sus hogares, deja morir a ancianos en residencias, no interviene el mercado codicioso de la vivienda o mira hacia otro lado cuando se comete un genocidio.
No siento ni lamento la muerte de una persona como Charlie Kirk de la misma manera que no me provocó ningún tipo de pesadumbre la muerte de Pinochet, de Le Pen o de Margaret Thatcher, cuyo fallecimiento hizo que la canción The witch is dead, de la película El mago de Oz, fuese la canción más descargada en el mundo. No creo que haya nadie, con una mente saludable, que se apene por la muerte de Franco y de Hitler. Otra cosa bien diferente es celebrar un asesinato.
Sí condeno el asesinato. Es un matiz que, para mí, es clave en la narración de los hechos. Quizá porque tengo una concepción de la convivencia que no pasa por tomarse la justicia por su mano. No lamento la muerte del matrimonio Ceausescu, pero rechazo su fusilamiento. Lo mismo me sucede con Charlie Kirk. No había nada en la ideología de Charlie Kirk que fuera digno de ser respetado y añorado. De hecho, las personas como Kirk son rémoras para el progreso de un país ya que nos devuelven, como sociedad, a la casilla de salida, despreciando todo avance humanitario y reactivando aquellos valores detestables, que provocaron dolor y muerte en tiempos pasados, interpretándolos como una opción más.
Huyendo del maniqueísmo, la historia de la humanidad nos ha enseñado que hay ideologías y creencias que son objetivamente malas para la convivencia e incluso supervivencia de los seres humanos. Ser racista, machista, supremacista, homófobo, xenófobo es, objetivamente, nocivo. Dos mil veinticinco años de Historia nos lo han enseñado. Y cuando el poder desaprende la lección humanitaria y hace del pensamiento cruel y despiadado una elección legítima más, se abre la puerta a la irracionalidad y el terror.
Charlie Kirk era un tipo despreciable porque sus ideas, su forma de ver el mundo y tratar a otros seres humanos, lo eran. Su pensamiento era instigador de violencia. Animaba al alumnado de los centros educativos a señalar al profesorado progresista y acabar con sus carreras. Eso también es violencia. Decía que no había que tomarse en serio a las mujeres negras porque sus cerebros no tenían la capacidad de procesar información. Eso también es violencia. Porque es el puntero láser que anima al fanático a trasladar esa violencia verbal al terreno físico, ya sea con una agresión intimidatoria o, directamente, el asesinato.
Tolerar ese tipo de ideologías alimenta la reacción violenta del contrario. Y eso es lo peligroso. El siglo XXI está tirando al retrete todo lo que aprendimos en el siglo XX. Incluso, las víctimas históricas del siglo XX han adoptado el papel de verdugos en el siglo XXI. Debemos usar todos los mecanismos del Estado de Derecho, de las organizaciones intergubernamentales mundiales y sus órganos judiciales, para que el señalamiento de las personas migrantes, la criminalización de las personas trans, todo aquel pensamiento que someta y vulnere los Derechos Humanos, no pueda formar parte del tablero político. El boicot, el real y efectivo cordón sanitario, el destierro de esas ideas, objetivamente malas, de la vida política es hacia lo que debería tender un mundo respetable, ético y decente. No valorarlas como una opción más. La crueldad no es una alternativa con la que poder negociar un gobierno. Ni siquiera el voto de los ciudadanos legitima ese terror. Es probable que si mañana la extrema derecha española incorporase a su programa electoral la pena de muerte, muchos españoles apoyarían esa idea. ¿Eso haría de la pena de muerte una alternativa respetable? ¿Es esa la manera de construir un país mejor? Por muy manido que suene, la violencia solo genera violencia y tolerarla cuando solo es verbal, cuando pone en palabras tu pensamiento cruel, es lanzar semillas a un campo que vas a regar con sangre, ignorando que ahí solo puede germinar odio.
Ese escenario violento es en el que las fuerzas conservadoras de todo el mundo se han instalado. Un discurso agresivo y rabioso, que incurre en emociones básicas, saltándose toda retórica, para avivar el instinto cruel y sanguinario de una naturaleza primitiva. Cuando Ayuso se alinea con un país genocida, cuando Tellado habla de cavar una fosa para sepultar a un gobierno que nunca debió existir, cuando Abascal pide bombardear al Open Arms y a la Flotilla de Gaza, están alimentando la violencia. Cuando un partido político ha logrado que el público de un concierto coree "Pedro Sánchez, hijo de puta", cuando se han hecho camisetas con la frase "me gusta la fruta", ha alimentado la violencia.
Ellos dicen que condenan todo tipo de violencia para desviar la atención sobre la que ellos ejercen y colocar, en una especie de balanza trucada, la desproporción y la equidistancia con la que ellos juegan. Para ellos es igual de violento bloquear el recorrido de La Vuelta ciclista que bloquear la entrada de ayuda humanitaria a Gaza. Dicen condenar todo tipo de violencia pero nunca son contundentes con el desahucio de una familia, los abusos policiales, las cacerías de migrantes, los fondos buitre o el deterioro de la sanidad pública, que son otras formas de violencia con la que parecen no tener ningún problema.
Cuando la derecha dice que condena todo tipo de violencia, además de mentir, está cuestionando los triunfos de la sociedad contemporánea. Ningún derecho civil se ha logrado pidiéndolo por favor. Las sufragistas lograron el voto femenino tirando ladrillos contra escaparates. La persecución sistemática de las personas LGTBIQ+ en Occidente empezó a cambiar cuando se liaron a pedradas contra la Policía, en unas revueltas que duraron varios días y que hoy celebramos. Quizá debería replantearse el poder esta dinámica de llevar al pueblo hasta el límite, en la reclamación de sus derechos, para luego reprocharles su reacción.
Históricamente, las derechas se han sentido cómodas en el uso de la fuerza. Como decía Kirk, vale la pena sacrificar vidas solo por proteger la Segunda Enmienda y sus derechos divinos. Usar la Segunda Enmienda para acobardar a la Primera.
La derecha española hace política desde la violencia. Ejercer violencia para generar violencia y así, convertirse en víctimas de esa respuesta violenta. A veces pienso que el PP y Vox están deseando que alguien les agreda. Tener víctimas que, como Charlie Kirk, poder utilizar como mártires para su causa, que no es otra que tener más poder. Por eso son tan violentos y agresivos con sus declaraciones. Porque necesitan irritarnos, violentarnos, ofendernos, hasta que perdamos los papeles. No lo consintamos. Recordemos que el único papel que no debemos perder es el del voto que vamos a depositar en la urna. Esa es nuestra fuerza. Esa es nuestra razón. Porque, por mucho que les joda, estamos en el lado correcto de la historia.
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