Opinión
La lealtad de las que se quedan

Por Andrea Momoitio
Periodista y escritora
No pretendo hacer un alegato irracional por la maternidad. No soy de las feministas que apuestan por la huelga de vientres ni tampoco de las que alaban las bendiciones de la madre como se alaba a los santos en las procesiones. El feminismo se ha esforzado, no siempre con mucho éxito, en desmontar la idea de que las mujeres solo se realizan plenamente siendo madres y, sobre todo, en cuestionar que exista una esencia femenina asociada al cuidado, la dulzura, la paciencia infinita o el sacrificio.
Menos mal porque pocas trampas han sido tan eficaces en la historia de la civilización como convertir el desgaste femenino en virtud moral. Parecía que eso lo habíamos discutido ya, pero basta pasar cinco minutos en Instagram para encontrarse con una nueva y perversa romantización de la domesticidad. Ahora la entrega absoluta y la feminidad obediente vienen envueltas en filtros beige, cocinas impecablemente ordenadas y vídeos de pan casero.
Lo que pasa es que yo miro a mi alrededor y veo cosas muy distintas. La vida real está llena de mujeres agotadas, contradictorias, enfadadas, invasivas, pacientes a ratos y egoístas a otros, que sostienen vínculos imposibles sin parecerse demasiado a las madres luminosas de los anuncios.
Maternar y criar son experiencias tan apasionantes como asfixiantes. Muchas de las pequeñas acciones que generan esos verbos las hacemos también quienes no tenemos criaturas. Maternar y criar son sinónimos de sostener, insistir, acompañar, preocuparse, repetir, renunciar, volver. Es llamar para preguntar si alguien ha llegado bien. Es escuchar por cuarta vez el mismo problema, con la misma paciencia o con el mismo hastío, pero escucharlo. Es dejar dinero cuando no sobra. Es quedarse más tiempo del razonable en un sitio. Es cambiar unas cañas o una tarde de descanso por ir con una amiga al médico, simplemente porque el miedo se lleva mejor si alguien te espera en la sala de espera.
Pero sigue existiendo algo particular en muchas madres: una forma de insistencia difícil de explicar, una capacidad casi absurda para seguir ahí incluso cuando todo indica que deberían haberse ido hace tiempo.
Pienso en una mujer que solo conozco de vista. Visita a su hijo en el hospital casi cada semana, le lleva dinero y le echa una paciencia infinita a cada encuentro. “No debería estar aquí”, suele decir ella. Quizá la que no debería estar ahí es ella, pero está. No responde con la dulzura de los anuncios a los pesados requerimientos de su hijo. Le confronta, le canta las cuarenta, se enfada, amenaza incluso con no volver más. Pero vuelve. Hay algo muy poco idealizado en ese vínculo. Nada de dulzura permanente. Nada de comprensión infinita. Más bien cansancio, frustración y una lealtad rarísima que persiste incluso dentro del enfado.
Pienso también en la madre que lleva años peleando contra el colegio de su hijo para que le pongan los apoyos que necesita. Su vida es una sucesión de reuniones, informes, llamadas y correos electrónicos escritos de madrugada. Media sociedad se sostiene sobre mujeres agotadas haciendo trabajos emocionales y burocráticos que nadie considera trabajo. Madres convertidas en terapeutas, mediadoras, enfermeras, profesoras particulares y abogadas de oficio. Esta mujer araña y abraza. Agradece los pequeños gestos y pelea las grandes negligencias. Se contiene para no parecer "conflictiva" ante las instituciones, aunque no piensa dar un paso atrás.
Una de las trampas de la maternidad contemporánea es esa exigencia imposible de pureza emocional. La buena madre debe ser paciente pero firme, entregada pero no demasiado, pendiente pero no invasiva, trabajadora pero disponible, deseable pero maternal. Tiene que hacerlo todo bien y además parecer feliz haciéndolo. Por eso me interesan más las madres reales que las ideales. Las que se equivocan. Las que llaman cinco veces seguidas. Las que se cansan.
"A todos estos has parido tú", le dije el otro día a mi abuela, que posaba contenta con sus seis hijos para una foto. Qué tía. “¿Hoy no se baila?”, preguntaba ella, con una vitalidad que parece una burla al destino. Yo me pregunto de dónde sacará la fuerza para querer bailar con todo lo que tiene encima. Las mujeres de su generación hicieron algo dificilísimo sin disponer de las herramientas para nombrarlo. Criaron hijos, sostuvieron casas, acompañaron enfermedades, cuidaron hasta el último suspiro y sobrevivieron sin posibilidad alguna de escapar.
No se trata de romantizar retrospectivamente aquello. Hubo opresión, silencios que se volvieron insoportables y vidas arrasadas por el mandato de la maternidad. Muchas no pudieron elegir nada y eso es una tragedia que no admite edulcorantes. Debajo de la caricatura de “la madre tradicional”, había personas concretas haciendo lo que podían con unas condiciones materiales y emocionales dificilísimas.
Ninguna de las mujeres en las que pienso parece una madre de anuncio. No son serenas ni destilan esa paz zen de las redes sociales. Algunas se enfadan, otras presionan, otras no saben soltar. Son imperfectas, a veces injustas, a menudo pesadas.
Una mira alrededor y entiende que casi toda su vida está sostenida por mujeres cansadas.

Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.