Opinión
Lecciones de Hungría

Profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la UCM.
La derrota electoral de Viktor Orbán marca un punto de inflexión que trasciende con mucho las fronteras de Hungría. No se trata únicamente del fin de un ciclo político nacional, sino de un acontecimiento con implicaciones sistémicas para la Unión Europea, para la configuración de las derechas contemporáneas y para el tablero geopolítico en su conjunto. Hungría ha sido, durante más de una década, un laboratorio político donde se ha ensayado un modelo de democracia iliberal que aspiraba a consolidarse como alternativa al consenso liberal europeo. Lo que hemos visto ahora es que ese modelo, lejos de ser invulnerable, presenta grietas por las que es posible adentrarse.
En términos sistémicos, la derrota de Orbán pone de relieve los límites de los sistemas políticos diseñados para perpetuarse en el poder. Durante años, el liderazgo húngaro construyó una arquitectura institucional, mediática y económica orientada a blindar su hegemonía. La captura de instituciones, la concentración mediática y la creación de redes clientelares financiadas en gran medida por fondos europeos configuraron un ecosistema que a los ojos de muchos parecía inexpugnable. Sin embargo, todo el mundo comete errores y el error fundamental de Orbán ha sido creer que ese sistema era autosuficiente, que podía sobrevivir incluso erosionando las bases que lo sustentaban.
El modelo húngaro no salió de la nada, Orbán lo comenzó a pensar cuando perdió el poder en 2002 y decidió que la manera de mantenerlo era en primer lugar expandir su electorado, y en segundo lugar blindarlo institucionalmente. Y para hacer eso necesitaba de los fondos europeos, en su día le dolió profundamente no haber sido el encargado de liderar el proceso de integración europea de Hungría. Pero cuando llegó de nuevo al poder en 2010 ese fue su principal motor. Los fondos europeos no solo permitieron modernizar infraestructuras o dinamizar sectores económicos, sino que también fueron clave en la consolidación de una red de lealtades políticas y económicas. En otras palabras, la estabilidad del régimen descansaba en una paradoja: necesitaba de Bruselas para sostener un proyecto que, al mismo tiempo, cuestionaba y bloqueaba a Bruselas. Al tensar esa cuerda hasta el límite —mediante vetos en el Consejo, conflictos recurrentes sobre el Estado de Derecho y una estrategia de confrontación permanente— Orbán ha terminado por debilitar la fuente de recursos que alimentaba su propio sistema. Ha matado, en términos metafóricos, a la gallina de los huevos de oro. Primera lección, nunca des nada por sentado.
Esta derrota, además, también debe leerse en clave de liderazgo dentro de las derechas radicales. Hungría ha sido el epicentro de una pugna más amplia entre dos corrientes ideológicas en el seno de la derecha, una derecha nacional-populista de inspiración trumpista, con conexiones ideológicas y estratégicas con Washington, y una derecha nacional-conservadora que, sin renunciar a posiciones identitarias, busca encajar dentro de las estructuras europeas. Lo que estas elecciones parecen indicar es que la primera ha sufrido un revés significativo que probablemente tenga sus derivadas más allá de Hungría. Segunda lección, contar con los aliados más poderosos, Washington, Moscú, Tel Aviv, no tiene por qué salvarte de una derrota.
En este sentido, el triunfo de Péter Magyar —un líder que comparte muchos de los postulados culturales y sociales del orbanismo, pero que adopta una posición más pragmática en relación con Bruselas— refleja un desplazamiento dentro del campo conservador. No estamos ante una victoria de las izquierdas ni de una agenda liberal progresista, sino ante una reconfiguración interna de la derecha. La sociedad húngara no ha votado por un cambio en valores sociales o culturales; ha votado por un cambio de liderazgo y, sobre todo, por un cambio de orientación estratégica. Este matiz es crucial. Magyar representa una derecha nacional-conservadora que mantiene posiciones restrictivas en materia migratoria, escépticas respecto a los derechos de las minorías sexuales y profundamente ancladas en una visión identitaria del Estado. En ese sentido, aunque el partido Tisza se encuentra en el grupo Popular Europeo, tiene muchas líneas de conexión también con partidos como Fratelli d'Italia. Y para muestra el elemento que, sin duda le ha diferenciado de su rival Orbán, la voluntad de negociación con Bruselas. Algo que también supo utilizar muy bien el propio Orbán durante sus primeros años como primer ministro, y por cierto, más recientemente, también Meloni. Y eso es, precisamente, lo que buscan las élites europeas en este momento. No tanto una transformación ideológica profunda de Hungría, sino el fin de los bloqueos institucionales que han dificultado la toma de decisiones en la Unión. Tercera lección, en el contexto comunitario, mejor negociar que confrontar abiertamente.
En el plano geopolítico, la derrota de Orbán tiene implicaciones igualmente significativas. Durante años, Hungría ha jugado a una política de equilibrios que la acercaba tanto a Rusia como a ciertos sectores de la política estadounidense, especialmente aquellos vinculados al trumpismo. Esta ambigüedad estratégica, en un contexto de creciente polarización internacional y de guerra en Ucrania, ha generado tensiones no solo con Bruselas, sino también con sus propios socios regionales. En este sentido, las turbulencias geopolíticas han tenido un impacto directo en la economía húngara. La inflación, la pérdida de poder adquisitivo y la desaceleración económica han erosionado el apoyo social al gobierno. Y aquí aparece otro elemento clave, el peso de la economía en las decisiones electorales. Lo hemos visto también en Estados Unidos, donde las percepciones económicas han sido determinantes en los comportamientos de voto. En Hungría, la crisis económica ha actuado como catalizador del cambio político.
El país que en los años noventa lideraba los procesos de transición democrática en Europa Central y Oriental se ha ido rezagando hasta situarse en el furgón de cola de la Unión Europea. Y esa caída no puede entenderse sin analizar las decisiones políticas adoptadas en los últimos años. La combinación de confrontación con Bruselas, dependencia de fondos europeos y aproximaciones estratégicas controvertidas ha generado un escenario de vulnerabilidad económica que ha terminado pasando factura en las urnas. La ciudadanía húngara ha interpretado que su bienestar material está más vinculado a una relación fluida con la Unión Europea que a aventuras geopolíticas ambiguas. Y ese cálculo ha sido determinante. No se trata de un giro ideológico profundo, sino de una lectura pragmática de los intereses nacionales.
Ahora bien, la pregunta que se abre es si este cambio de liderazgo será suficiente para impulsar transformaciones reales en términos de Estado de Derecho, pluralismo informativo y calidad democrática. O si, por el contrario, estas cuestiones quedarán subordinadas a las prioridades geopolíticas de la Unión Europea. La experiencia nos invita a la cautela. Bruselas ha demostrado en ocasiones una gran flexibilidad cuando lo que está en juego es la estabilidad política o la capacidad de decisión en el seno de la UE. Cuarta lección, sigue siendo la economía, estúpido.
De este modo, existe el riesgo de que el relevo político en Hungría se limite a una normalización de las relaciones con la UE sin abordar de manera sustantiva los déficits democráticos acumulados. Es decir, que el problema se gestione más que se resuelva.
Lo que sí parece claro es que se abre un nuevo tiempo. La batalla dentro de las derechas está lejos de haber terminado. La derrota de Orbán no implica el fin del proyecto iliberal, pero sí demuestra que no es invulnerable. Al mismo tiempo, evidencia la capacidad de adaptación de las derechas, que son capaces de reformularse sin abandonar sus marcos ideológicos de fondo.
Hungría así nos muestra no solo sobre los límites del poder, sino la centralidad de la economía, la importancia de las alianzas estratégicas y la capacidad de las sociedades para corregir el rumbo cuando perciben que sus intereses están en juego. Pero también nos recuerda que los cambios políticos no siempre implican cambios estructurales. Y que, en muchas ocasiones, lo que está en disputa no es el modelo, sino quién lo gestiona.

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