Opinión
El legado de Noelia

Por Silvia Cosio
Licenciada en Filosofía y creadora del podcast 'Punto Ciego'
El día que murió mi abuelo Benigno yo tenía que preparar un examen de Historia. Mi hermana y yo sabíamos que nuestro abuelo estaba muy mal porque mis padres nos habían mandado a casa de mis tíos para poder estar todo el tiempo posible con él en el hospital, pero ninguna de las dos habíamos siquiera imaginado la posibilidad de que mi abuelo fuera a morirse. Hasta que llegamos de clase y mi tía nos contó con toda la delicadeza posible que mi abuelo había fallecido. Y para su sorpresa mi hermana y yo nos tomamos la noticia con calma y serenidad, y al rato las dos estábamos absortas en hacer los deberes y, en mi caso, preparar aquel examen de Historia que quería bordar. Hasta que llegó la noche y a mi hermana y a mí se nos desbordó el dolor y, sobre todo, nos golpeó la certeza, aterradora, desgarradora, de saber que nunca más íbamos a volver a ver a mi abuelo Benigno. Porque Benigno ya no era. Y se desató el llanto y nos inundó una pena inconsolable pero también una desesperación animal de querer volver a verle, volver a oírle reír, escuchar su voz y sentir sus abrazos una última vez. Una desesperación irracional que coqueteaba también con la fantasía y el pensamiento mágico del "y si": Y si no está muerto, y si en realidad se han confundido, y si y si...
Y así fue mi primer desolador, inconsolable e inolvidable contacto con la muerte. Porque hasta aquel momento la muerte había sido para mí un algo indefinido, el eco lejano de un acontecimiento que les sucedía a los demás. Pero una vez que al fin se ha llegado a la certeza de que no hay manera de escapar de la muerte -de la propia y, lo que aún es peor, de la de aquellos a los que amas-, ya nunca más se vuelve a ser la misma persona. No se es, desde ese momento, ni peor ni mejor, pero sí alguien totalmente distinto, porque alcanzar la conciencia de la inevitabilidad de la muerte supone el fin de la inocencia, el final de la infancia.
La muerte nos iguala, nos pone en nuestro sitio, nos despoja de la arrogancia propia del homo sapiens y nos coloca a la altura de las plantas y el resto de animales. La muerte nos aterra, nos intriga, nos atrae y nos repele. Es el tema central de la mayoría de nuestros mitos y ficciones y sin embargo no deja de ser un tabú que entorpece nuestra comprensión del mundo y, por encima de todo, nuestra comprensión y disfrute de la vida. Sin la muerte, o más bien sin el temor hacia ella, las religiones perderían su razón de ser, pues han sido creadas por el ser humano para que nos sirvan como un consuelo ficcionado ante la idea de la muerte y, por ende, como una renuncia a la vida.
De los antiguos egipcios a los católicos modernos, la historia de las religiones se nos presenta como una carrera desesperada para vencer a la muerte, para convencernos de que es posible la existencia una vez extinguida la vida. Fábulas consoladoras de vidas en el más allá, de promesas de resurrección, de paraísos celestes -o incluso de castigos eternos- que condicionan y limitan nuestra existencia terrenal, que nos exigen obediencia ciega -pues en eso consiste fundamentalmente la fe-, y que nos obligan a doblegarnos a los dictados de supuestas instancias superiores. Y son estas autoproclamadas autoridades religiosas las que nos abren -o nos cierran- las puertas de la salvación eterna.
Por eso mismo las religiones organizadas, y las sectas, pues la diferencia entre ambas no se basa en cuestiones teológicas sino simplemente matemáticas -el número de seguidores-, necesitan tomar el control de nuestras mentes mediante el control de nuestro cuerpo o, para aquellas que hunden sus raíces en el platonismo, tomar el control del cuerpo a través del control de la mente. En ambos casos las consecuencias son inevitablemente las mismas: la aceptación de la renuncia y la abstinencia. Porque las religiones nos exigen poner freno a la vida, que queda definida y limitada al marco ideológico y cultural, pero también a los intereses, de cada religión.
Superar, por tanto, este marco teológico que han construido en torno a la muerte, supone en primera instancia liberarnos del poder de dichas religiones como instituciones de poder y control social para poner la vida y la muerte en nuestras manos. Así la muerte deja de ser una tragedia para convertirse en una etapa más, en un acontecimiento inevitable que ha de ser valorado dentro de un contexto mucho más complejo y amplio: la muerte se nos presenta entonces como un hecho natural e incluso, en algunos casos, como una liberación. Y esto no implica restarle un ápice de gravedad, ni de profundidad, como tampoco atenúa el dolor y la aflicción que provoca, pero sí nos sirve para poder dotar a la vida de todo su valor y, sobre todas las cosas, entender que cada uno de nosotros es una excepcionalidad irrepetible, irreplicable y admirable por sí misma.
Que lográramos ganarnos el derecho a decidir sobre nuestra muerte es un hito revolucionario, la refutación final del poder incuestionable que se ha ejercido sobre nuestras vidas y nuestros cuerpos a lo largo de los siglos por parte de las instituciones políticas y religiosas. La muerte deja de ser una prebenda divina o un juguete en manos del poder terrenal, ese poder que decide caprichosamente quién ha de luchar -y morir- en sus guerras, a quién y por qué se le aplica la pena capital o a quién se le niega la salvación eterna. No es casualidad que la mayoría de las religiones dibujen la vida como un valle de lágrimas, como un peaje necesario para alcanzar el paraíso, porque mediante esta ficción se nos ha impuesto tradicionalmente la aceptación y la sumisión a y de las desigualdades y las injusticias, que se presentan como innatas y naturales.
El 18 de marzo del año 2021 se aprobó en España la ley que regula la eutanasia. Ese día los poderes públicos soltaron todas las amarras que les ataban aún a la teología y la superstición religiosas y nos devolvieron el derecho a decidir sobre nuestra muerte, es decir, sobre nuestras vidas. Desde que entró en vigor, más de mil quinientas personas se han acogido a ella. Más de mil quinientas personas han podido decidir y han podido morir dignamente, rodeadas de sus seres queridos, respetadas hasta el final y en total anonimato. Su vida y su muerte han sido un asunto privado. Su voluntad, respetada. Sus decisiones, por duras que pudieran resultar para quienes les amaban, tomadas en serio. Y fueron tratados como ciudadanas y ciudadanos libres e informados y con pleno derecho a decidir hasta su último aliento, porque fueron dueñas y dueños de su cuerpo y de su muerte. Hasta que llegó Noelia Castillo.
Porque en el caso de la eutanasia de Noelia Castillo y en el desvergonzado circo mediático y judicial que se montó a su alrededor y que convirtió sus últimos meses de vida en un auténtico infierno, han confluido dos poderes moribundos, y por tanto muy agresivos: el catolicismo de cerrado y sacristía y el machismo disfrazado de paternalismo. Y así, más allá de las evaluaciones psiquiátricas y de las múltiples sentencias judiciales que certificaban que la joven no era ninguna niña confundida y manipulada -como nos quisieron vender la prensa sensacionalista y las reinas de la basura televisiva matutina y vespertina-, sino una mujer madura y responsable, los llamados defensores de la vida han preferido torturar hasta el final a Noelia Castillo. Y en nombre de Dios y de la vida se han dedicado a ignorar, difamar, infantilizar y menospreciar a esta mujer sin pudor, compasión o rastro alguno de su cacareada caridad cristiana. Y lo han hecho hasta el último segundo de la vida de Noelia.
Sin embargo, ninguno de estos besabiblias, capillitas, conversos de última hora, advenedizos, abogaduchos, carroñeros o aspirantes a influencers de la fachosfera que han utilizado la vida y la muerte de Noelia para hacer carrera o buscar casito mostraron preocupación o interés alguno por la vida de esta y por las terribles experiencias y abusos que tuvo que soportar. Porque para ellos Noelia Castillo era simplemente una excusa, otra víctima más de sus guerras culturales y judiciales contra los principios más básicos de la convivencia, la democracia, el Gobierno actual y la Modernidad.
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