Opinión
El lenguaje del odio

Escritora y doctora en estudios culturales
Algo muy simple nos hace humanos y consiste en cuidar al prójimo. Como no tengo coche, me tranquiliza pensar que mi vecino puede llevarme en el suyo al hospital si lo necesitase. Ese mismo señor ya salvó del sufrimiento a otro vecino cuando acudió en su ayuda al escuchar el estruendo de su caída por las escaleras; y, si mi abuela pudo vivir tantos años sola, es debido a que siempre había algún alma caritativa que le llevaba la compra más pesada. Esta fórmula también sirve a la hora de tratar con desconocidos; en un viaje de trabajo, me ofrecí a acompañar a un joven estudiante en su primer trayecto de Chamartín a Atocha, y debo decir, humildemente, que se sintió muy aliviado entre el caos de las obras. A veces, las personas actuamos así, de manera altruista, reforzando unos lazos que, en pleno auge del individualismo, resultan cada vez más necesarios. Si volvemos la vista atrás, comprobaremos cómo estos rasgos consustanciales a la condición humana pudieron materializarse, por ejemplo, en el principio de solidaridad sobre el que se fundó nuestro Estado del bienestar –con leyes como la de sanidad universal, aprobada en 1986–, o se promulgaron los Derechos Humanos tras la Segunda Guerra Mundial. También muchas religiones parten del mismo núcleo moral: “amaos los unos a los otros”, reza el evangelio, dentro de un cristianismo que lleva con nosotros varios siglos.
Me complace que hayamos sido capaces de tamaña bondad, de la misma forma en que me mortifica la maldad intencionalmente ejercida, en ocasiones hasta fervorosamente jaleada, como hemos visto en el tratamiento que han sufrido los migrantes llegados recientemente a Ceuta y, especialmente, los que allí se quedaron: la mayoría son niños desvalidos, temerosos de regresar a Marruecos. Los partidos de derechas han hablado de “invasión” (sin bombas, sin drones; sus armas apenas aciertan a materializarse en flotadores y chanclas). En un alarde de mendacidad, han calificado el fenómeno de “amenaza para la seguridad nacional”, expresión manoseada y repartida cual propaganda buzonera en Estados Unidos tras el ataque a las Torres Gemelas en 2001; la misma que sirvió para edificar guerras ilegales, habilitar Guantánamo como centro de torturas, o crear el ICE, la policía migratoria hoy tan famosa e híper-financiada. Quien sienta que unas pocas almas en busca de futuro (2.000. según cifras oficiales, resultantes de restar las salidas de las entradas), desarmadas y vulnerables, amenazan algo que no sea su propio racismo, tal vez deba leer algunos manuales de historia. Pero la palma se la llevan quienes apuntan a “delincuentes y terroristas”, no sólo suscitando una alarma social innecesaria, sino contribuyendo a criminalizar a un colectivo vulnerable.
Hay quien juega con la presión migratoria, aprovechándose de la carne pequeña como herramienta para desestabilizar a un gobierno progresista que, a día de hoy, representa una rareza en el panorama europeo tanto como en el internacional; pero, señores, seamos serios, hagamos honor a la verdad y la dignidad humana, el lenguaje hiperbólico equivale a mentira, y hace mucho daño. Ciertas palabras se han convertido en metralla con la cual proclamar un odio contrario a nuestra naturaleza, gracias, en parte, a una expansión digital teledirigida por la hegemonía extranjera. Y yo me pregunto si tal vez lo que verdaderamente amenaza la seguridad no sea destrozar nuestros servicios públicos, desoír la emergencia climática, o alentar la confrontación social. Pero, ¿los niños, las niñas: las víctimas? ¿Alguien puede creer que varios niños nadando sean capaces de hacer tambalearse la estructura del Estado? ¿Dónde se quedó la compasión? Quizá la dejaron olvidada en algún chiringuito, o en el salón de un ático madrileño, porque en los despachos donde deberían dirimirse soluciones reales a una crisis humanitaria, desde luego, brilla por su ausencia. En su lugar, lo que observamos son malabares retóricos llenos de desprecio, desplegados en un tono violento que da vergüenza.
Ni siquiera las lealtades típicas del andamiaje partidista han logrado apaciguar el lexicón del odio, porque, mientras el presidente de Ceuta, Juan Jesús Vivas (del PP), pedía colaboración al resto de las comunidades para paliar la tragedia y repartir a los menores, su propia formación volvía la cara –para después retractarse– y sus socios de Vox abiertamente se negaban a cumplir con la justicia. Debe de ser duro sentirse abandonado por los propios compañeros ideológicos, aunque más duro es, sin duda, vivir en la miseria, bracear entre cadáveres a la procura de un porvenir y, una vez en la costa, percibir que, si no fuese por los vecinos, el desamparo dolería todavía más. Por ello, a quienes trabajamos con la palabra nos corresponde, como mínimo, desmantelar la retórica del racismo y la xenofobia, recuperar la semántica de la moral y convocar esos valores que casi parecen perdidos: solidaridad, compasión; en definitiva, humanidad.

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