Opinión
La letra de la prevención, ni con fuego entra

¿Y va a haber muchos incendios este año? La pregunta, como es de esperar, quedó sin respuesta porque los informes de WWF España sobre la situación de nuestros montes se basan en datos y no en adivinaciones. Lo que sí deja claro el documento es que, un año más, y pese a que 2025 fue un desastre en lo que a fuegos monstruosos se refiere, que no son todos, pero sí más cada vez, a las comunidades autónomas con más masa forestal no les entra "la letra" de la prevención, en este caso de la ciencia, ni aunque tengan fuego mortal a la puerta de las casas de sus habitantes. Lo que sí corren casi tan rápido como las llamas son los bulos. Y por desgracia ahora ya también los muertos.
Las más de 350.000 hectáreas arrasadas el pasado verano, la mayoría en menos de 15 días, deberían haber supuesto un cambio de paradigma en las administraciones públicas que se encargan de gestionar nuestra naturaleza, pero no ha sido así. Mientras escribo, cuatro incendios forestales siguen activos en León, la provincia en la que hace un año se calcinaron el equivalente a toda Andorra, más de 87.000 hectáreas. Sentir arder de nuevo los Picos de Europa, en este caso parte del valle de Sajambre, duele. Respirar el humo denso que cubre el cielo, bajo el que sabes que se asfixian y se achicharran mariposas, abejorros, insectos palo, mariquitas, petirrojos, zorzales, y posiblemente algunos cachorros de zorro, lobo y corzo, también. Y el de hayas centenarias y acebos y robles. De todos los primeros ví a comienzos de julio por las cercanías. A los otros los intuí porque se esconden de los humanos.
Pero no es ese Parque Nacional el único lugar con llamas. En realidad, la gran masa forestal que cubre parte de la Península Ibérica está en riesgo, ya sea en Gerona o en Castellón, en Barcelona o en Jerez de los Caballeros, por señalar los otros fuegos activos mientras se escriben estas líneas. Ahora hay que sumar el drama en Los Gallardos de Almería, al menos 12 personas fallecidas cuando escribo estas líneas.
El ya habitual informe sobre los incendios de WWF, presentado hace unos días, es muy claro: no estamos acostumbrados a convivir con unos incendios que cada vez son más grandes, más difíciles de controlar, más amenazantes para la vida humana. Hemos ido colonizando con nuestras urbanizaciones y chalets espacios que eran pura naturaleza; ahora son puro peligro, y no somos conscientes, ni siquiera somos capaces de preparar vías de escape ni evitar daños en las propiedades. "Las casas en mitad de bosques son ratoneras", señalaba Lourdes Fernández, responsable del área de la ONG. Y la creo. Suelo ir a un refugio en un hayedo fronterizo con Asturias desde hace 30 años. Ahora da miedo: ir en una ola de calor (que ya no es ola sino tsunami interminable), no es escape necesario, sino ‘un jugarse la vida’. Y así lo ven en Cataluña, donde han cerrado sus siete reservas naturales, no solo para evitar negligencias humanas (que ya nos vale…) sino también por si quedan personas atrapadas en caso de un fuego forestal.
Las cifras de WWF son más que números: si antes de media se quemaban 1.500 hectáreas ahora son 4.600. Y los hay que superan las 20.000. Además, son más los calificados como "inapagables", aquellos que ni agentes forestales ni bomberos pueden finiquitar sin riesgo para su vida. En Sajambre las autoridades dijeron que los helicópteros no podían tirar agua sin riesgo de generar desprendimientos. Tras salvar los núcleos con población, las casas, el resto de la naturaleza, aun siendo un Parque Nacional, se considera que el daño es inferior. ¿Es menos dañino perder una cuadra o una casa que se reconstruye en unos meses que un bosque centenario con toda su vida dentro? Llevaba ardiendo ocho días cuando nos enteramos y lo supimos porque amenazaba un pueblo.
Fue un rayo. Cada vez hay más tormentas eléctricas secas debido al cambio climático, como confirma en una investigación la Royal Meteorological Society. En este caso, se dijo que había sido intencionado -incomprensible sin enfermedad mental mediante que esto tenga lugar- y habría sido otro culpable que seguramente nunca será castigado por ello. Pero fue un rayo. Nadie en sus cabales niega que hemos generado un cambio climático (los humanos) que está estresando los bosques y la atmósfera, además de dejar el océano como una infusión. Si a ello le sumas el abandono rural, con la pérdida de huertas que hacían de cortafuegos en torno a los municipios y la desaparición del ganado que limpiaba de matorrales en los montes a falta de otros herbívoros silvestres (cazados porque al parecer dañan cultivos y porque proliferan tras matar a sus depredadores: los lobos), el panorama es desolador.
Ha sido patético escuchar al responsable de la Junta de Castilla y León en incendios, Ángel Sánchez, señalar que no hay dinero para la gestión forestal en invierno, que es lo que recomienda la ciencia: dado que el clima va a peor (y no es ser agorera sino realista), hay que trabajar en el paisaje, adaptarlo a una nueva realidad de la que no podemos escapar y eso no consiste solo en hacer exageradas pistas forestales o poner puntos de agua para apagar las llamas. Se trata, y así lo recoge WWF, de que las autoridades responsables de los territorios -las autonómicas y municipales- hagan primero un mapa en el que se especifique, por comarcas o zonas, dónde están los puntos de más riesgo en los que hay que hacer una gestión adecuada, que será distinta según el lugar.
En unos lugares, explican, se podría negociar con los propietarios la introducción de ganado extensivo o el pago por servicios que ofrecen los ecosistemas a toda la sociedad (también la urbana), de forma que esos ingresos ayuden a gestionar los montes; y hacer quemas prescritas, controladas y planificadas; y recuperar ese cinturón protector en torno a los pueblos y lograr lo que se llama un paisaje "mosaico" donde hoy hay descontrol y muchos más humanos que en el pasado. Y no se trata de intervenir en todos los lugares. Aseguran que con un 1% bastaría, aunque la realidad es que la prevención adecuada no se hace ni en el 0,35% de toda Galicia, una comunidad de gran peligro. "Prevenir cuesta 3.000 euros por hectárea, 500 euros si son cultivos, y extinguir 20.000", recuerda Hernández. Es un coste en el que no entra el valor de lo que todos perdemos en aguas limpias, aire puro, insectos y otros animales que mantienen el equilibrio. Y daba otro dato: de los 700 millones dedicados al año en España a estos desastres, el 80% va a la extinción pura y dura y solo un 12% a prevenir con intervenciones a lo largo del año. ¿Quién puede creer que es suficiente?
En todo caso, hay muchas vías para la financiación: la primera, tomar las decisiones políticas adecuadas entendiendo que evitar catástrofes es prioritario; la segunda, promover ayudas a propietarios forestales y buscar apoyos de empresas que se empeñan en gastar en reforestar y no en invertir en mantener lo que hay; la tercera, investigar más y evitar la impunidad de quienes provocan estas catástrofes.
Y, desde luego, informar. Basta ya de bulos. Basta de sacar a gente que dice que les impiden limpiar los montes por culpa de la Agenda 2030 porque es mentira; es más, la Ley de Montes lo exige. Basta de negar un cambio climático que, indudablemente, intensifica los incendios. Basta de culpar a mafias y tramas porque la inmensa mayoría son por negligencias de personas que no quieren enterarse de la que pueden liar con una colilla, un desbroce a destiempo, una siega fuera de lugar o una barbacoa. "¿Cómo que no puedo hacer una parrillada en mi pueblo, si la he hecho siempre?", señalaba hace días un individuo en un pueblo de Segovia a la secretaria de su Ayuntamiento. Basta de culpar a supuestos negocios de urbanizaciones o energías renovables, porque ni se puede urbanizar un suelo quemado en 30 años (mal negocio) ni para renovables hace falta recalificar una fina. Y basta de que desde las administraciones se dé pábulo a estas falsedades para eximirse de su responsabilidad.
Debo decir que cuando anduve en abril pasado por el valle de Sajambre vi una ladera pelada (segada) en su totalidad que me causó estupefacción por la contundencia de la actuación en un parque nacional y, a la vez, encontré mucha rama seca, mucho árbol caído cerca de pequeños pueblos que siguen a las puertas de densos hayedos. Perder esos espacios de los que tanto dependemos sin saberlo, los que allí habitan y los que ni saben que existen, dibuja un futuro de generaciones que no tendrán en su memoria personal ni un rescoldo de la naturaleza que existió, salvo la grabada digitalmente. Trabajar en prevenir catástrofes no es solo una obligación, es un deber moral ineludible.


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