Opinión
Las llaves
Por Silvia Cosio
Licenciada en Filosofía y creadora del podcast 'Punto Ciego'
Aún conservo las llaves de la casa de mi abuela Lenita. Después de todos estos años. Durante mucho tiempo las guardé en mi propio llavero, junto a las de mi casa, a pesar de que sabía que nunca más iban a abrir la puerta para la que fueron diseñadas. Luego entré en razón y las coloqué dentro de una caja de madera junto a su monedero plateado, que todavía tiene los céntimos con los que jugaba al bingo de la parroquia. Es extraño el apego que les tengo a esas llaves a pesar de que sé que ya no sirven para nada. Y a pesar de que ni siquiera pertenecían a la casa en la que pasé mi primer año de vida. Donde se encontraba mi cuna y la ropita que me habían tejido y cosido mis dos abuelas, mi madre y mi tía. Donde lloré por las noches sin dejar pegar ojo a nadie. Donde aprendí a balbucear, me salieron los dientes y comencé a andar y a corretear. Hasta que un día mis padres recibieron otras llaves: las que abrían su nuevo hogar, un piso luminoso y amplio en un edificio moderno situado en una zona en plena expansión. El lugar perfecto para familias jóvenes con hijos pequeños, situado frente a un parque enorme y muy cerca de la playa, un mundo nuevo que, un par de años antes, cuando mis padres compraron su piso sobre plano, no era más que un humedal.
En contraste, el piso en el que vivían mis abuelos era diminuto, y todavía tenía la cocina de carbón -en el sótano del edificio se encontraba la carbonera y, a la entrada, unas madreñas que compartían todas las vecinas, necesarias para no mancharse las zapatillas con la hulla-, y estaba enclavado en medio de un barrio obrero de aceras estrechas donde los niños y las niñas jugaban al balón y a la comba en mitad de la carretera mientras vigilaban que no pasaran coches. Un pisito de renta antigua en el que mis abuelos habían criado a mi padre y que fue mi primer hogar. Un piso pequeño decorado con muebles de madera y cuadros de láminas de Degas y escenas de caza y un crucifijo enorme que resultó perfecto para que mi hermana y yo pudiéramos jugar a que éramos cazadoras de vampiros. Un piso humilde abarrotado de fotos y que mi abuela se esforzaba en mantener limpio y ordenado. Una tarea imposible, pues siempre se encontraba con juguetes, libretas de colorear y tebeos desparramados por doquier. Un piso que no era ni bonito, ni lujoso, ni luminoso, y cuya renta pagaban mis abuelos puntualmente -y con mucho sacrificio-. Un piso que era su hogar.
Hasta que un día los propietarios decidieron que ya era hora de sacarle más partido y para ello necesitaban echar a mis abuelos. Lo hicieron sin policías, sin violencia física y sin hacer ruido. A la casa de mis abuelos no acudieron agentes armados. Nadie reventó la puerta, ni tampoco tuvieron que sacarlos a la fuerza. Cuando mis abuelos salieron por última vez de su casa no se encontraron con voluntarios que habían ido a poner su cuerpo, su tiempo y sus valores para defender su derecho a permanecer en su hogar. Pues de aquella no teníamos palabras -y por ello tampoco mucha conciencia- de las violencias sistémicas que nos obligaban a padecer, ni las de género, ni las coloniales ni las del capital.
Mis abuelos se fueron de su casa discretamente después de recibir en el buzón una orden judicial: la dueña del piso alegaba que uno de sus hijos necesitaba la casa. Y como todo el mundo sabe que el sueño húmedo de los pijos de mi ciudad es vivir en un piso minúsculo con cocina de carbón en un barrio obrero, el juez firmó la orden y, de forma silenciosa y limpia, mis abuelos se quedaron sin hogar.
Ni el cáncer que acababan de diagnosticar a mi abuelo, ni la precariedad económica, ni el arraigo, ni la edad, ni el haber pagado puntualmente la renta sin retrasarse un solo día sirvieron de nada. Mis abuelos entregaron las llaves de su hogar, se despidieron de sus vecinos y de todo lo que conocían y se tuvieron que ir a vivir a otra casa, a otro barrio. Poco después el cáncer nos arrebató a mi abuelo Benigno. Pero no solo el cáncer. Algo se rompió dentro de él el día que tuvo que dejar su pequeño piso, la casa donde había amado a mi abuela, criado a su hijo y montado la cuna de su primera nieta. El niño que había perdido la guerra, un hermano -enterrado en alguna cuneta olvidada-, sobrevivido al hambre, al franquismo, a las largas jornadas laborales en la fábrica y a la militancia sindical clandestina, fue derrotado cuando le obligaron a entregar las llaves de su casa.
Sobra decir que aquel hijo, o hija, que tan desesperadamente necesitaba el piso diminuto de mis abuelos, nunca puso un pie en él y, al poco de echar a mis abuelos de su casa, el pisito se vendió. Quince años más tarde estábamos vaciando la casa de mi abuela -que nunca llegó a ser su hogar- cuando la propietaria del piso llamó para meternos prisa. Quería saber si íbamos a tardar mucho. Hacía solo un par de días que la habíamos enterrado y la dueña, a pesar de haber cobrado el mes, nos pedía que lo dejáramos vacío lo antes posible porque había que pintarlo. Ya había encontrado un nuevo inquilino. No había animadversión en su voz, tampoco simpatía. Para ella todo esto no eran más que negocios.
En España nos ha costado mucho entender el lío gordo que nos hemos montado con la vivienda. Porque si bien es un problema que compartimos con casi todas las ciudades, villas y pueblos del mundo, lo cierto es que hay cuestiones particulares que nos han cegado y que han imposibilitado llevar a cabo políticas de vivienda no solo valientes, sino también eficaces y justas que podrían haber evitado la situación insostenible en la que nos encontramos en estos momentos. Porque en España poseemos una mentalidad católica que nos obliga a ser propietarios de una vivienda, no por una cuestión solo de estatus social, sino como la manifestación pública de una moralidad superior. Porque ser propietario es la manera con la que demostramos que sabemos ser sacrificados. Que somos, por tanto, dignos, esforzados, sumisos, confiables y decentes ciudadanos. Gente fiable. Gente de bien.
Los que vivimos de alquiler -da igual que sea por elección personal o porque no quede más remedio- ya estamos acostumbrados a soportar la mirada y el comentario condescendiente, la admonición repetitiva con la que se nos regaña por estar tirando nuestro dinero. Que nos juzga porque nos negamos a ser sacrificados, porque, cuando se afronta la vida desde una perspectiva teológica y no política, esta se convierte en un camino tortuoso que debemos completar cargando con una corona de espinas clavadas en la frente. Un viaje de renuncias, penas y sacrificios constantes. Los mismos sacrificios que nos dice Feijóo que tendremos que hacer si él gana las elecciones -no lo hará, como tampoco gobernará- y que, como el pago de las deudas, solo se nos pedirán a los de abajo, nunca a las élites, a los millonarios, a los colegas, a los narcos o a los rentistas.
Vivir de alquiler en España te convierte pues en alguien sospechoso. En una suerte de aprendiz de hedonista que prefiere pasar tres días en Londres y tomar un café en la cafetería junto a la oficina cada mañana, a pagar una hipoteca al banco durante más de treinta años. Y por eso mismo vivir de alquiler ha de entenderse y vivirse como una forma de castigo. Y si a esto le sumamos la mentalidad neoliberal del sálvese quien pueda que considera que todo en la vida es una oportunidad de negocio -para unos pocos-, porque ya no hay nada que no se pueda explotar, monetizar y rentabilizar, y a esta cuenta le añadimos también las distintas burbujas inmobiliarias -con sus sucesivos estallidos posteriores- que arrastramos a nuestras espaldas, junto con una gestión del suelo caciquil por parte de la mayoría de los gestores públicos -esos sobrecillos en B-, más la uberización del turismo, nos hallamos ante la tormenta perfecta. Una que está lista para descargar sobre nuestras cabezas y arrasar con el contrato social pero, sobre todo, con nuestras vidas. Como lo hizo con mi abuela Lenita, mi abuelo Benigno o Maricarmen.
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