Opinión
Llegará el fin del mundo y te pillará trabajando

Escritora y doctora en estudios culturales
Como en la gran película, paso muchos lunes al sol. Subo a la azotea y me recuesto en una silla playera para broncearme solo por un lado, ya que el espacio es pequeño y no cabe una tumbona que me permita darme la vuelta. Estoy morena únicamente por delante, cada vez más, puesto que además de los lunes, paso los martes al sol, los miércoles, y el jueves pasado, al volver de la dentista, me entraron ganas de recostarme de nuevo, esta vez en una terraza, cerveza en mano, y disfrutar insistentemente del astro que me faltaba cuando vivía en tierras frías. “Te he visto tostándote cual lagarta”, me escribió un amigo al observarme desde el autobús, “como una guiri” le faltó decirme. Al menos —pensé en responderle—, el fin del mundo no me va a pillar trabajando, pero finalmente opté por enviarle un corazoncito. A la dentista acudí porque una molestia que tenía en el oído se me ha extendido hacia las cervicales y ahora me cruje toda la cabeza al mínimo movimiento, así que intuí un bruxismo indómito que resultó ser una falsa alarma: mis dientes, fuertes como almenas de un castillo medieval, no necesitan una férula, pero mi identidad de curranta fiel siempre temerosa de la pobreza sí precisa de actividad remunerada en una casa donde apenas entran ingresos. Al menos, me sobra vitamina D —regurgito—. Afirma Curtis Yarvin, uno de los ideólogos del segundo trumpismo, que un Estado debe gobernarse como una start-up, con madera de emprendedor y la mano dura de un CEO equivalente a un monarca. Su teoría, por más descabellada y peligrosa que nos parezca, defenestra la democracia en cualquiera de sus versiones, se cimenta sobre una base platónica y conecta por el reverso con una larga tradición de pensamiento de izquierda. De Rensi a Graeber, pasando por Scheidler y, en menor medida, Weil, un corpus libresco legitimado ha venido advirtiendo del carácter autoritario del trabajo, un lugar donde se vende el cuerpo útil al sistema durante muchas horas y se acepta una serie de jerarquías no elegidas sin rechistar: no existe convocatoria a las urnas para seleccionar al jefe, e incluso los derechos laborales —muy valiosos, por otra parte— lo que hacen es apuntalar esa sumisión al volverla más llevadera. Si hemos sido socializados para transigir con tal régimen a lo largo de la vida, dilucidaría Curtis, llevarlo al extremo no debería ser tan difícil; al fin y al cabo, la masa de la ciudadanía ha moldeado su subjetividad bajo estos parámetros de docilidad. Lo interesante de esta perversión demagoga volcada a la ultraderecha —podrían teorizar una democratización del trabajo y una desalarización de la economía, como lleva reclamando el ecologismo mucho tiempo— es que se asienta sobre una realidad tangible y promete, falsamente, algo que nuestras sociedades son incapaces de proveer: meritocracia.
Hay que tener cuidado con las filosofías más destructivas porque sus silogismos a veces están bien construidos, aunque el resultado de aplicarlos sin duda sería un puñado de escombros. Hay que considerar, además, que cada idea es producto de su geografía y, si bien en Estados Unidos la domesticación empresarial está muy arraigada —y, por eso, me atrevería a asegurar, Trump ha decidido suspender temporalmente los aranceles: el comité “de sabios” le habrá pedido que recule, quizá no estaba siendo un buen CEO—, en España el empleo es, en gran medida, una fantasmagoría cortijera y turistificada, donde posiblemente nunca calen las locuras que alimentan a cuatro magnates de Silicon Valley. Por ahí nos vamos a librar —murmullo, mientras me pido una segunda cerveza al sol que sólo me calcina por una cara, y saboreo una aceituna—, al menos, este año la cosecha olivarera fue excelente.
Argumenta Mark Fisher que ahora “el período de trabajo no alterna con el de ocio, sino con el de desempleo”. Es fascinante colocarse cada tarde este traje ajustado de sol de la infancia bajo la carpa de estos días azules y aglutinar tiempo para escuchar el cuello y el oído castañeando al ritmo de la incertidumbre. Mi madre, que no ha leído a Fisher, ni a Bourdieu, no se lo explica, y se añade a su preocupación que mi hermana, tras buscar hasta debajo de las piedras, también anda lamiendo el polvo del paro, contrario al del ocio. Ambas ansían que el fin del mundo las encuentre desempeñadas al calor de una nómina generadora de una pensión digna y yo, que apenas he cotizado en España, cabeza llena de letras tan poco lucrativas como capaces de otorgarme las claves de la debacle —al menos, sabré los motivos—. Bromeo conmigo misma sobre la posibilidad de que sea la IA quien nos traiga la bebida, se levante temprano para rellenar las neveras, recoja los contenedores de basura y nos deje a los demás los oficios creativos, los cuidados de las personas y la tierra en ciclos no agotadores. No me quemo, mi piel es tan dura como mis dientes, mereceríamos una renta básica universal que descontaminase en planeta y nos liberase de obligaciones fútiles de ésas que anudan los horarios de sueño al aparejo digital por el cual se “ficha” y “desficha”, se regresa a casa abatido para comprobar que tus niños han crecido un palmo desde la última vez que te fijaste. Entre el paro y la (auto)explotación se va fumigando el bienestar.
Dudo si tomarme una tercera cerveza; el jueves al sol se me está yendo de las manos, pero la dentista, mala aprendiz de CEO, no ha consentido cobrarme la consulta, así que pido otro botellín y brindo sola a su salud. Luego fantaseo con la posibilidad de montar una plataforma de afectados por la meritocracia —aunque ya haya escrito dos libros sobre el tema—, un sindicato de poetas filósofas, o un club de bronceado libre en la plaza del pueblo. Al menos, sería más estable que un contrato —trago—.
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