Opinión
Luis y Mariano o los infortunios de la 'caja B'

Por David Torres
Escritor
Es muy triste asistir al desencuentro entre dos amigos íntimos -Rajoy y Bárcenas, Luis y Mariano-, que parecían uña y carne, cara y cruz, pelo y caspa, pero que al final se separan como si lo suyo fuese una película francesa. Lo compartían todo -conocidos, partido, ideología, afán de lucro, lugar de trabajo, sobres petados de dinero negro, contabilidad de la señorita Pepis, mensajes telefónicos- hasta que un buen día la amistad se acaba. Lo sé porque, con más de medio siglo a las espaldas, ya llevo unos cuantos cadáveres a cuestas, cadáveres de gente viva, quiero decir, pero que en mi cabeza han pasado al mundo de los zombis. "La mujer que amé se ha convertido en fantasma" escribe Arreola en mi microrrelato favorito de todos los tiempos. "Yo soy el lugar de las apariciones".
El lugar de las apariciones de Mariano Rajoy es la boca de Luis Bárcenas y por eso sus declaraciones ante la Audiencia Nacional poseen todos los armónicos del rencor y todos los ingredientes de una historia de amor inmortal que se ha ido a hacer gárgaras. No hay más que oírle hablar con esa vocecilla meliflua para detectar el tono del amigo traicionado, del amante herido en lo más íntimo, como si Orfeo hubiese bajado a los infiernos a rescatar a Eurídice y la hubiese descubierto jugando al tú la llevas con Caronte. Lo de Rajoy y Bárcenas es un romance a la vieja usanza, una tragedia a lo Romeo y Julieta, pero con gatillazo de por medio.
Tampoco es que esté muy claro quién sería Romeo y quién Julieta, teniendo en cuenta que en esta reedición de la pelea entre Capuletos y Montescos andan también liados Jorge Fernández Díaz, María Dolores de Cospedal, Javier Arenas, Rosalía Iglesias, el comisario Villarejo, 44 millones de euros, varios empresarios anónimos, un juez mitológico y hasta un cura con una pistola. Que el cura, en realidad, fuese un tipo disfrazado de cura con un revólver viejuno, demuestra hasta qué punto esta historia podría dar juego no tanto en una película sino en una comedia del Siglo de Oro o un drama de honor calderoniano. Luis y Mariano o los infortunios de la caja B suena a título de una de las obras perdidas de Lope de Vega, pero también a un guion desechado para una colaboración entre Pajares y Esteso, uno de ésos que se escribían en tres días, se rodaban en cuatro y podían aguantar en cartelera doce años.
Aparte de los empresarios que no aparecen por ningún lado y del juez jubilado que actúa como un deus ex machina, quitando protagonistas del banquillo para no enredarlo todo con torpes acusaciones de asesinato, hay otro elemento cómico irresistible en la trama. La comicidad consiste en que nadie, ningún policía, ningún magistrado, quiera saber quién andará detrás de las misteriosas iniciales M. R., igual que en esos teatrillos de guiñol en el que una de las marionetas, tocada con gafas y barba, aparece con un palo detrás de otra marioneta que está muy atareada contando billetes. ¿Quién será el Asturiano? ¿Quién será el Barbas? Toda la chiquillería advierte a gritos del peligro, pero allí nadie se entera de nada. La gracia está en que el tesorero se lleve encima una lluvia de palos más unos cuantos años de cárcel, y que M. R. siga tan campante, silbando y leyendo el Marca.
También hay un elemento dramático, sin embargo, y es que Luis tenga que exponer ahora todos esos recuerdos vergonzosos de sus amistades peligrosas con luz y taquígrafos. Está a punto de recitar ante el tribunal el celebérrimo poema 20 de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada: Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Hay versos que le van al pelo, por ejemplo: Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Por ejemplo: Es tan corto el amor y es tan largo el olvido. Tan largo que ya verán como el jueves Mariano lo ha olvidado todo o no se acuerda de nada. Pero tranquilos, que Neruda ya advirtió que la novia de los veinte poemas era como el burro de Platero y yo: todas las novias que tuvo de estudiante y todos los burros que había en el pueblo de Juan Ramón Jiménez. No se hagan mala sangre, que esto no es más que una comedia con novias de quita y pon y burros incapaces de descifrar dos iniciales.
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