Opinión
En Madrid no existe la corrupción
Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
El sueño yuppie desde hace décadas es reformular aquello de "Madrid, villa y corte" para que lo segundo pueda existir sin necesidad de lo primero. Un Madrid solo cortesano, ¿os imagináis? Sin villa que crezca turbia desde sus arrabales del sur, sin ciudades dormitorio que colapsen las autovías, sin vida irrentable en los agrietados edificios; solo corte, solo una ciudad atestada de rascacielos y consejerías generales – todo vendible, todo revalorizable – donde lo segundo esté al meticuloso servicio de lo primero. Y el plan ya está en marcha, ¿eh?, solo hay que saber interpretar las señales y mirar hacia aquellos sitios donde la vida se trastorna; lo dicen los trajeaditos aspiracionales de Deloitte, que desde sus torres en la Castellana tuitean – buscadlos, están ahí – que hay que derrumbar Cuatro Caminos y Tetuán porque su arquitectura desordenada es incompatible con la idea cristalina de gran capital europea; lo aplican los servicios de limpieza de la ciudad, que a partir de ahora tirarán los enseres personales de las personas sin hogar sin siquiera avisarlos: todo vale para cumplir con el sueño de convertir Madrid en la madriguera hueca de trajeados y farloperos con acento albaceteño o maracucho.
El siguiente paso, también en marcha desde que hay registros, es habituar la corrupción hasta convertirla en parte indivisible del modelo de gestión, logrando así que sea un engranaje más de la ciudad. De hecho, no es una locura aventurar que en Madrid ya no queda corrupción, a ojos dialécticos; aquí todo es una normalizada y poco punible transferencia de dinero público, del que genera la estrangulada villa, a los mofletes como de ardilla de la corte. Fijaos en el caso FP, que desvelaron los amigos de elDiario y está ahora mismo en instrucción: presuntamente, se habrían troceado decenas de contratos públicos para que constructores de la cuerda, quizá útiles o quizá directamente parte de la corte, se llevaran, sin pasar por la engorrosa fiscalización de un concurso, interesantísimas tajaditas de carnoso dinero público para construir varios centros de formación profesional en nuestra región. El asunto es tan escabroso que, en su momento, allá por la primera legislatura de Ayuso, el por entonces titular de la Consejería de Educación, Emilio Viciana, decidió abrir una investigación interna que salpicó a otros pesos pesados del ayusismo, lo que acabó con el consejero bien purgadito por hurgar donde no le llamaban.
El modelo de gestión pueril que nos venden como público-privado, aunque no sea más que el continuo latrocinio de la caja pública por tres cuatreros que se consideran empresarios tras haber heredado el listín de contactos del despachito familiar en Chamberí, es un constante goteo de riquezas de la villa a la corte, del pueblo a los engominados, mediante contratos menores y conciertos innecesarios que la mayoría de madrileños aceptan solo porque mirar al suelo y ver el color gris oscuro del terreno en el que se mueven los podría en una posición bastante incómoda; pero tampoco parece interesar a muchos periodistas que se embravuconaron con las joyas zarinas del turbio de la ceja, pero callan como chupópteros cuando en la comunidad en la que residen se teje una normalidad de transferencias opacas y relaciones extrañísimas. Se colgarán luego la medallita de que su presi favorita tiene un gobierno libre de corruptos, claro: cuando la corrupción deja de ser excepcional, deja de ser también corrupción para convertirse en un sistema.
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