Opinión
Madrid paralímpico
Por David Torres
Escritor
Seguramente habrá un montón de buenas razones para que Madrid sea capital olímpica en 2020, pero ahora mismo no se me ocurre ninguna. Más bien observo una ciudad en quiebra técnica, descojonada hasta las trancas, endeudada hasta las cejas por varias generaciones, y concluyo que lo que le falta ya para terminar de hundirla en la zozobra es el gasto acojonante de unos juegos. Aunque, bien pensado, la mejor razón para que Madrid consiguiera el sueño olímpico en 2020 es que así dejara de una puta vez de presentarse para el 2024, el 2028, el 2032 y lo que te rondaré, morena. Quizá sea la única forma de cortar en seco este puñetero delirio de grandeza que nos ha hecho presentarnos no sé si tres o cuatro (yo ya he perdido la cuenta de las veces) con todo el despilfarro, el cachondeo, el bochorno y la estupidez que eso supone. Nos hemos presentado por encima de nuestras posibilidades.
Lo de Madrid con los juegos olímpicos es como lo de Borges con el Nobel, salvando todas las distancias y con muchos menos motivos. Si Madrid pierde otra vez la candidatura olímpica en Buenos Aires (posibilidad que no me quita, de verdad, ni un gramo de sueño), va a convertirse en la eterna aspirante al título, la ciudad maldita por los aros. Nos imaginamos dentro de medio siglo a Gallardón calvo y desmemoriado, rondando de comité en comité; a Gasol en tacatá, para que no se le doblen las rodillas; a Rafa Nadal en silla de ruedas; a Casillas con sus nietos de la mano de Sara Carbonero. Borges decía que había ingresado involuntariamente al panteón de los dioses escandinavos porque el hecho de no concederle el premio Nobel se había convertido en una tradición sueca. Al final se murió sin él y eso devaluó el galardón literario hasta el extremo de que hace poco estuvieron a punto de dárselo a Obama. “¿Pero no le dimos el de la Paz?” preguntó un académico. “Sí” respondió otro, “y con menos méritos”.
No sucedería lo mismo con Madrid, cuyo prestigio puede seguir creciendo y creciendo a lo largo de las décadas, inasequible al fracaso, obsesionada en presentarse una y otra vez al examen olímpico del mismo modo que aquel pueblecito galés empeñado en aparecer en los mapas con una montaña en lugar de con una colina. La alcaldesa heredera ha acudido a Buenos Aires subida a los hombros de Gasol, a ver si así adquiere estatura olímpica. En Buenos Aires tendrán que elegir como futura sede olímpica entre la capital mundial de la radiactividad y la capital mundial de la corrupción. He ahí un slogan que los madrileños podrían esgrimir con orgullo: dópate lo que quieras, que aquí nadie te va a quitar luego la medalla. Estás en el país de Mariano, de Cospedal y de Bárcenas. Pero si regresan otra vez a casa con las orejas gachas, recuerden el lema olímpico: lo importante no es ganar sino participar.
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