Opinión
Mala vida, buena muerte

Por Enrique Aparicio
Periodista cultural y escritor
La muerte protagoniza las noticias todos los días, pero casi siempre de una manera lejana y abstracta. Muertes cuantificables, asépticas. Resulta sencillo esquivar tanta tragedia desde nuestro sobrecargado día a día; ni siquiera cuando la fatalidad nos cae al lado, como en Adamuz, da la sensación de que nos permitamos dedicarle demasiado de nuestro tiempo colectivo. Pero cuando la persona que ya no está más entre nosotros se pone frente a una cámara justo antes de abandonar la existencia, la muerte se hace tangible y nos mira a los ojos.
Estos días, la historia de Noelia Castillo y su interminable periplo hasta ejercer el derecho a la eutanasia ha revuelto el país entero. En el mercado, en la oficina y en cualquier bar las conversaciones sobre el tema han sido omnipresentes. La estupefacción ante su dramática historia se ha mezclado con las mentiras que los de siempre han estado generando para intentar llevarse la cuestión a su terreno, y con los mensajes de esas figuras públicas con complejo de salvadores que aprovechan a la mínima para insistir con lo buenas personas que son.
Pero rebasada la maleza informativa y superado el morbo con el que la cámara se ha recreado en las últimas declaraciones de Castillo, el espejo que sus enormes ojos han colocado ante nosotros nos ha confrontado con una verdad desnuda: existen vidas tan insoportables que el misterio de la muerte resulta una liberación. Y la garantía que el Estado debe proporcionar de una gestión digna de ese final no se limita al conjunto de palabras de una ley, sino que es un proceso que debe ser amparado y respetado aunque nos despierte una cierta desazón.
Los largos meses de espera a los que ha sido sometida la joven, condenada a extender su sufrimiento mientras se acumulaban las decisiones judiciales azuzadas por algunos miembro de su familia –con la complicidad de Abogados Cristianos–, han dibujado el ejemplo más claro de hasta qué punto esa cacareada libertad de la que tantos hacen gala solo computa cuando va en una dirección que no molesta. Mientras el avance legislativo que supone el derecho a la eutanasia se sigue, la voluntad, el bienestar y la dignidad de quien desea ejercerlo queda en suspenso.
Docenas de medios y cientos de iluminados nos han querido explicar que Castillo estaba equivocada, que en realidad no quería morir. Que su estado psicológico se interponía en una decisión consciente sobre su deseo de acabar con su existencia, y que con la ayuda necesaria acabaría siendo feliz. En una torsión impresionante de su propuesta moral, hemos contemplado cómo quienes están detrás de los recortes en sanidad –también en salud mental– abogaban por prácticamente obligar a esta mujer adulta a curarse y a darles la razón.
Reconozco que, al contemplar su rostro durante en televisión, los avales médicos unánimes y la claridad meridiana con la que ella ha expresado su voluntad hasta el último momento se mezclan con la natural inclinación por esperar que exista otra solución. Por el deseo innato de sostener la mano de otra persona y transmitir algo de esperanza. Pero precisamente la ley existe para que la voluble relación entre los seres humanos tenga un marco lo más imparcial posible, y para que los derechos no sean una cuestión de la consideración ajena.
No sé hasta qué punto podemos considerar que a Noelia Castillo se le ha concedido la eutanasia, en su sentido semántico de buena (eu-) muerte (tánatos). El debate judicial y moral en torno a su historia, que la ha condenado a extender una mala vida de dolor y sufrimiento, nos ha mostrado los límites reales de una ley que mucha gente no entiende ni respeta. Y sí, ojalá nadie se viera en la penosa posición de estirar una existencia insoportable; pero la vida no funciona como queremos, y la ley no debe ajustarse a un mundo ideal, sino a este. Este en el que a veces la muerte nos mira a los ojos, y le debemos el respeto de no apartar la mirada.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.