Opinión
Malditas viudas brujas

Por Andrea Momoitio
Periodista y escritora
En 1525, en Auritz/Burguete, se ordenó la quema de cuatro mujeres y de un hombre. Estaban acusadas de brujería. La venganza contra quienes habían osado perturbar la "felicidad de los cristianos" se extendió por los valles de Roncal, Salazar, Aezkoa y Luzaide. Más de 200 personas fueron investigadas, detenidas e interrogadas; y alrededor de 50 murieron quemadas en la hoguera. Suena impactante y, de alguna manera, exótico: la hoguera. Wow.
Acaban de cumplirse 500 años y, ahora, Leire San Martín Marcos ha publicado La caza de brujas en Pamplona. Sala de tormento, procesión infame y hoguera (Katakrak). San Martín explica en su libro cómo se disciplinaba en la Edad Moderna a las mujeres que rompían los patrones sociales. Pretende "dar un lugar en la memoria de la ciudad a todas las mujeres expuestas a la tortura, la violencia y el asesinato siglos atrás". Detrás de la acusación de brujería, "se escondían una serie de intereses económicos y políticos, al tiempo que señalaban la conducta de las mujeres que amenazaban el nuevo orden que se estaba instalando en la sociedad en el siglo XVI".
El libro me ha recordado otro, que tengo subrayado desde hace años: Ni casadas ni sepultadas. Las viudas: una historia de resistencia, de Amaia Nausia Pimoulier (Txalaparta). Abordan realidades distintas, pero, en realidad, hablan de lo mismo: del miedo que generan las mujeres que no encajan en los moldes.
Entrevisté a Nausia hace años, fascinada por su libro, por las historias de resistencia que rescataba mientras demostraba que las viudas son, desde el siglo XVI, una figura que causa pavor. Me contaba que, a partir de las catas que había podido hacer en el archivo, hasta un 30%, casi 40% de las mujeres acusadas de brujería, eran viudas: "Si pensamos en el estereotipo que ha llegado hasta en la actualidad de las brujas, esa bruja vieja, fea, que vive en el bosque, sola, que hace pócimas en el bosque… se parece bastante al de las viudas. Las viudas aúnan varios factores peligrosos. Son mujeres solas, sin un hombre a su lado, con experiencia sexual, muchas de ellas con acceso a recursos económicos, viejas" Leire San Martín Marcos mira en la misma dirección: "La viudedad era el momento de sus vidas en el que más libertad tenían. Y eso no estaba muy bien encajado en la sociedad. Ya no estaban bajo la autoridad masculina, y se consideraban muy peligrosas, eso preocupaba mucho. En las acusaciones se ve cómo se utiliza el tema de la brujería como una herramienta dentro de la casa para quitarse a esas mujeres de en medio y poder coger el patrimonio de los hijos o los descendientes".
Enviudar, para la mayoría, era pobreza, vulnerabilidad, precariedad, pero algunas mujeres encontraban márgenes de autonomía. No libertad plena, pero sí margen para administrar bienes, mantener negocios, pleitear y tomar algunas decisiones. En un sistema obsesionado con el control del cuerpo femenino, las viudas generaban sospecha.
Las brujas no eran otra cosa que mujeres que no encajaban en el modelo de feminidad que se estaba construyendo: la que evitaba la maternidad, la que practicaba su sexualidad fuera del matrimonio, la que sobrevivía sola, la que tenía carácter, la que tenía recursos o aspiraba a tenerlos, las que se habían quedado viudas. Pero, cuidado, San Martín advierte: "Hemos romantizado el tema de las brujas, y al sistema le conviene". El imaginario de la bruja —misteriosa, poderosa, casi mágica— tapa la realidad histórica: mujeres reales, con conflictos cotidianos, con disputas familiares, con sus propias vidas.
En Europa, se calcula que más de 400.000 personas pasaron por procesos judiciales por brujería. La mayoría eran mujeres y cerca del 25% acabaron ejecutadas. Aquello no fue solo persecución religiosa, sino una operación coordinada de los poderes civiles y eclesiásticos para disciplinar a las mujeres en pleno tránsito hacia el capitalismo. Además, las acusaciones de brujería viajaron y se utilizaron también como herramienta de control sobre poblaciones indígenas y personas esclavizadas en territorios como Brasil, Colombia o Perú. Desde el proyecto Memoria de las Brujas, que impulsa distintas campañas por la memoria de las mujeres perseguidas por brujería, insisten en recordarnos que lo que conocemos como la caza de brujas no fue un episodio aislado ni exclusivamente europeo, sino un fenómeno global ligado a procesos de dominación política, religiosa y económica.
A pesar de su magnitud, este episodio histórico ha sido durante mucho tiempo minimizado. Antes del desarrollo de la historiografía feminista, apenas había investigaciones accesibles fuera de círculos académicos muy reducidos y el asesinato de miles de mujeres no parecía tener gran relevancia histórica. A esta invisibilización se suma otro fenómeno: la banalización. Cuando la figura de la bruja se convierte en leyenda, en disfraz, en folklore o en juego, la bruja —la campesina, la artesana, la mujer pobre, la mujer esclavizada torturada y asesinada— desaparece del relato colectivo: "Este hecho –la banalización– ha significado la usurpación de una historia que nos habría ayudado a comprender el origen de nuestra subordinación social y la realidad de la sociedad en la que vivimos".
Tenemos una nueva herramienta para tratar de evitar esa banalización: el libro de Leire San Martín Marcos, que es una advertencia. Cuando las mujeres nos salimos del guión, el sistema sigue buscando formas —más sutiles, más limpias, igual de eficaces— de devolvernos a nuestro sitio.
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