Opinión
La manosfera y la autoridad para definir a las mujeres

Por Bea Merchán
Socióloga
Llevo semanas buceando en la manosfera. Vídeo tras vídeo, podcast tras podcast, me encuentro con una escena que se repite con una insistencia casi obsesiva: hombres explicando qué es una mujer de alto valor, qué atributos la convierten en una pareja deseable, qué comportamientos revelan una feminidad adecuada y cuáles la alejan de aquello que supuestamente debería aspirar a ser.
Las categorías cambian poco. Una mujer de alto valor suele describirse como femenina, receptiva, emocionalmente contenida, orientada al cuidado, poco conflictiva, sexualmente selectiva, físicamente atractiva y, sobre todo, capaz de validar determinadas expectativas masculinas. En paralelo, aparecen las figuras negativas: la mujer masculina, la mujer dañada, la mujer traumada, la feminista, la mujer independiente que ha desarrollado una relación excesiva con su autonomía o aquella que, según estos discursos, ha olvidado cuál es su lugar en las relaciones entre hombres y mujeres.
En los últimos años, además, muchos de estos espacios han incorporado una nueva dinámica: invitar a mujeres que saben que no comparten sus postulados para convertirlas en objeto de evaluación pública. Con frecuencia, la discusión deja de girar en torno a las ideas que estas mujeres defienden y pasa a centrarse en quiénes son, qué traumas arrastran, qué errores cometen o qué aspectos de sí mismas deberían corregir. El argumento cede terreno al diagnóstico.
Lo interesante de este fenómeno no reside únicamente en el contenido de estos discursos, sino en la posición desde la que se enuncian. ¿Por qué tantos hombres parecen sentirse autorizados para definir qué es una mujer correcta? ¿De dónde procede esa autoridad? ¿Y por qué la necesidad de ejercerla aparece hoy con tanta intensidad?
Durante siglos, el poder patriarcal no consistió únicamente en la capacidad de controlar la vida de las mujeres, sino también en la capacidad de definirla. Nombrar qué era una buena mujer y qué era una mala mujer. Determinar qué conductas eran deseables y cuáles desviadas. Establecer qué formas de feminidad merecían reconocimiento social y cuáles debían ser corregidas.
El feminismo cuestionó precisamente ese privilegio epistemológico. No solo disputó derechos, espacios de representación o acceso a recursos materiales. También erosionó la legitimidad de una posición histórica desde la que los hombres habían actuado como intérpretes autorizados de la experiencia femenina. La pregunta dejó de ser qué pensaban los hombres sobre las mujeres para convertirse en qué tenían que decir las mujeres sobre sí mismas.
Sin embargo, las relaciones de poder rara vez desaparecen por completo. Con frecuencia mutan, se desplazan o adoptan nuevas formas de legitimación. Y quizá una de las transformaciones más significativas de la reacción antifeminista contemporánea consista precisamente en el intento de reconstruir esa autoridad perdida.
La popularidad de la manosfera puede leerse en este sentido. Más allá de sus diferencias internas, muchos de estos espacios comparten una característica fundamental: la producción constante de discursos destinados a clasificar, evaluar y jerarquizar a las mujeres. La cuestión central ya no es únicamente qué derechos deberían tener o qué papel deberían ocupar en la sociedad, sino quién posee la capacidad legítima para definir qué constituye una feminidad correcta.
Resulta significativo que buena parte de estos contenidos giren alrededor de categorías normativas como "mujer de alto valor", "mujer tradicional", "mujer masculina" o "mujer apta para una relación". No se trata simplemente de descripciones. Son categorías prescriptivas que delimitan modelos de comportamiento y establecen mecanismos de reconocimiento y sanción social.
En este punto resulta especialmente útil la noción de masculinidad hegemónica desarrollada por Raewyn Connell. La autora sostiene que la hegemonía masculina no describe la realidad de los hombres concretos, sino que funciona como un ideal regulador que organiza las relaciones de género y legitima determinadas posiciones de autoridad. Lo relevante aquí no es únicamente quién ocupa el poder, sino quién aparece socialmente autorizado para interpretar la realidad.
Desde esta perspectiva, la proliferación de discursos masculinos dedicados a explicar qué son las mujeres, qué desean, qué necesitan o qué deberían corregir de sí mismas puede entenderse como algo más que una simple moda digital. Constituye un intento de reocupar una posición de autoridad interpretativa cuya legitimidad ha sido crecientemente cuestionada por el feminismo.
La filósofa Kate Manne ha señalado que la misoginia opera menos como una ideología de odio que como un mecanismo de disciplinamiento. Su función principal no sería producir subordinación, sino gestionarla cuando esta deja de ser aceptada voluntariamente. Por ello, las mujeres que desafían determinadas expectativas de género suelen convertirse en objeto de corrección, ridiculización o sospecha.
Es precisamente ahí donde muchos discursos de la manosfera encuentran su principal función política. El desacuerdo femenino deja de aparecer como una discrepancia legítima y pasa a interpretarse como síntoma de un problema individual. La mujer ya no sostiene una posición política o intelectual distinta; está resentida, confundida, dañada, traumatizada o incapaz de comprender aquello que se le intenta explicar.
La filósofa Miranda Fricker permite profundizar aún más en esta cuestión a través de su concepto de injusticia epistémica. Fricker sostiene que determinados grupos sociales ven sistemáticamente cuestionada su credibilidad como productores de conocimiento. Lo relevante no es únicamente que sus argumentos sean discutidos, sino que su capacidad misma para interpretar su propia experiencia aparece degradada. En este sentido, muchos discursos de la manosfera no se limitan a discrepar de las mujeres. Les niegan autoridad para explicar quiénes son, qué desean o qué significado tiene aquello que viven. La mujer deja de ser considerada una fuente legítima de conocimiento sobre sí misma y pasa a convertirse en objeto de interpretación por parte de otros.
Esta cuestión ocupa un lugar central dentro de la epistemología feminista. Autoras como Donna Haraway o Sandra Harding llevan décadas cuestionando la ficción de una mirada neutral y universal desde la que algunos sujetos aparecen autorizados para interpretar la realidad del resto. Sus trabajos muestran que el conocimiento nunca se produce desde ningún lugar, sino desde posiciones sociales concretas atravesadas por relaciones de poder. La cuestión, por tanto, no es únicamente qué se dice sobre las mujeres, sino quién obtiene reconocimiento social para decirlo y bajo qué condiciones ese discurso adquiere legitimidad.
Quizá por eso resulte insuficiente interpretar la manosfera únicamente como una reacción contra determinados avances feministas. Lo que parece estar en disputa no son exclusivamente derechos concretos, sino algo más profundo: la autoridad epistemológica para definir qué es una mujer.
La manosfera no intenta únicamente establecer cómo deberían comportarse las mujeres. Aspira también a recuperar la posición desde la que esa definición puede emitirse y ser reconocida como legítima. No se trata solo de prescribir conductas, sino de reinstaurar una autoridad interpretativa que el feminismo ha cuestionado durante décadas.
Y quizá ahí resida una de las claves de la intensidad de esta reacción. Porque cuando una forma de poder pierde la capacidad de nombrar, clasificar y definir a la otredad, también pierde una parte fundamental de su capacidad para gobernarla.

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