Opinión
Al mar hay que quitárselo

Por David Torres
Escritor
Muchos peatones empiezan a darle vueltas a lo de la acampada en Sol, si sirve para algo o si va a servir para algo. A algunos les produce urticaria contemplar ese pequeño laberinto azul de lonas, pancartas y tiendas de campaña, esa ciudad portátil que ha brotado en el centro de la gran ciudad como un recuerdo del pasado, un orzuelo del extrarradio o de la sierra: un campo base pululando de alpinistas aficionados, dispuestos a pasar frío y calamidades, a asaltar un ochomil invisible. Otros se preguntan qué hacen todos esos jóvenes ingenuos sentados, de pie, callados, charlando sin parar; si estarán pensando en derribar el sistema capitalista o en arreglar únicamente la crisis del alquiler, si quieren cambiar el mundo de arriba abajo o apretar nada más que unos cuantos tornillos flojos. Cuando todos sabemos que la realidad no se puede cambiar y que, como decía Leibniz, vivimos en el mejor de los mundos posibles.
Es una matraca que se ha repetido innumerables veces a lo largo de la historia (estate quieta, Maricarmen, que no hay nada que hacer) y que la historia misma se ha encargado de rebatir otras tantas: la revolución de los plebeyos en Roma, la revuelta de Espartaco, la rebelión de los Turbantes Amarillos en China, las revueltas campesinas del siglo XIV en Inglaterra, la Jacquerie en Francia, la rebelión de los Zanj en Irak, las revueltas Ikko-Ikki en Japón, la revolución francesa, la rusa, la mexicana. Siempre se trata de lo mismo: un montón de siervos, de esclavos, de gente a la que se le van hinchando las narices ante tanta injusticia y tanto papo, y que acaban por montar una acampada, unas veces con hachas, otras con guillotinas, otras simplemente cruzándose de brazos.
Esas movidas no empezaron de la nada y porque sí, por generación espontánea, sino que fueron fraguándose despacio, desde el pensamiento a la acción, del sueño a la realidad, del mismo modo que la mesa, la cama, el ordenador, el motor de combustión, los contratos de alquiler o las tiendas de campaña. Cuando le preguntaron en qué consistía exactamente el realismo mágico, García Márquez respondió: "Recuerden que la mayoría de las cosas de este mundo, desde las cucharas a los trasplantes de corazón, estuvieron en la imaginación antes que en la realidad". La imaginación, en efecto, es el motor que mueve el mundo, la semilla que precede a cualquier cambio tecnológico, social, artístico o económico antes de la verdadera lucha, aunque mucha gente se empeñe en ignorarlo y sigan pensando que la jornada laboral de ocho horas, la seguridad social, las vacaciones pagadas, la prohibición del trabajo infantil y el derecho al voto de las mujeres, son frutos que cayeron solos del árbol capitalista.
A lo largo de mi vida -en buena parte gracias a mi trabajo-, he podido conocer en persona a unos cuantos novelistas, poetas, músicos, políticos, aventureros, empresarios, actores, cineastas, científicos y gente de esa a la que se llama importante. Los dos que más me han impresionado, con diferencia, son Stanislaw Lem y Reinhold Messner: uno de los mayores escritores del pasado siglo y el mayor alpinista viviente. Messner no solo es el primer hombre que tocó con sus manos las catorce cúspides de la Tierra sino que, junto a Peter Habeler, llegó a la cima del Everest sin oxígeno adicional, un desafío que parecía fuera del alcance humano y que, según todos los médicos que consultó, iba a costarle la vida o daños cerebrales irreversibles. Sin embargo, Messner siempre se ha movido en esa frontera tenebrosa que va más allá de los límites, justo entre el sueño y la realidad, entre lo que no se puede hacer y lo que se debe hacer, como guiado por aquel verso de Píndaro: "Oh, alma mía, no aspires a la vida inmortal, pero agota el campo de lo posible".
En cuanto a Lem, entre todos los libros que había leído de él, le pedí que me firmara Retorno de las estrellas, una novela maravillosa donde unos astronautas regresan de una expedición a una galaxia lejana y descubren que, debido a la dilatación temporal, ha pasado más de un siglo en la Tierra. Todos sus amigos y familiares están muertos y los viajes espaciales ya no interesan a nadie desde que un científico, Starck, ha probado matemáticamente que no hay posibilidad alguna de encontrar vida en otros planetas. "¿Qué había en los polos?", le pregunta Thurber. "Los hombres que los conquistaron sabían muy bien que allí no había nada. ¿Y en la Luna? ¿Qué buscaba el grupo de Ross en el cráter de Eratóstenes? ¿Brillantes? (…) El Everest fue más necesario para Irvine y Mallory que el aire mismo". Si cambiar el mundo es imposible, como dicen tantos que critican la acampada en Sol, bueno, habrá que comprobarlo. No conozco mejor enseña para los revolucionarios, los científicos, los músicos y los poetas que esta frase del gran alpinista Alfred Mummery: "Cuando todo indica que por un sitio no se puede pasar, hay que pasar. Se trata precisamente de eso".
El único proyecto de reportaje serio que pretendí hacer una vez y no me dejaron -en un periódico de cuyo nombre no quiero acordarme- fue el de escribir una serie de retratos de vagabundos. Creía y creo sinceramente que esos náufragos de la sociedad pueden enseñarnos lecciones que están muy lejos del conocimiento adquirido a través del éxito. Del mismo modo, sospecho que los chavales acampados en Sol, aparte de soñar con lo imposible, deben de estar descubriendo unas cuantas cosas, aunque solo sea la experiencia de la cooperación, de ayudarse unos a otros. Nada más y nada menos. Acampar en Sol, acampar en el sol: parece un verso de Góngora.
En cuanto a la lucha que viene después del sueño, una vez le oí a mi padre, que en paz descanse, una frase para esculpirla en mármol. Era ya un anciano y le estaban entrevistando en la lonja de Motril mientras la cámara mostraba las cajas relucientes de pescados como joyas. Entonces el periodista le metió la alcachofa bajo la nariz y empezó a decir: "Estos regalos que el mar nos da…". Mi padre, que había sido pescador muchos años, que sabía muy bien de las fatigas y horrores de la pesca, le cortó en seco: "Pero ¿qué dice usted? ¿Qué dice usted de dar? ¡Al mar hay que quitárselo!".

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