Opinión
Mariano y las braguetas
Por Anibal Malvar
Periodista
-Actualizado a
Escuchando a Mariano Rajoy esta semana, en su debate sobre el estado de buena esperanza de la ex nación, recordé un viejo relato que publiqué en mi primer libro cuando tenía 26 años. O sea, que es una mierda, pero también va de sueños, tiempo y promesas. También va de mentiras. Igualito que lo de Mariano. Se titula La modistilla de las braguetas. Y dice así:
Era fea como un salmón y gastaba gafas gruesas de concha verde como todas las modistillas de los cuentos sin hadas y sin enanos.
Vestía un feo traje oscuro, obstinado en no descubrir nunca del todo sus inelegantes formas, escondiéndolas desde la barbilla hasta el tobillo de sus calcetines negros cortos que cada día cambiaba de pie por razones de higiene, como todas las modistillas de los cuentos sin hadas ni enanos.
Tenía una vieja caneca fea de la que bebía un coñá pestilente, y en la que por decoro colocaba, cuando alguna visita venía a romper su paz pensionista, una flor, y la flor disfrutaba a horrores y se moría pronto. Sabedora de que esto la distanciaba para siempre de las modistillas de los cuentos con hadas y enanos, acariciaba ese trocito de alegría limonera que solo pueden disfrutar los malditos.
La modistilla de las braguetas confeccionaba pantalones para hombres gordos y flacos que nunca llegaban a decidirse entre el gris oscuro y el gris claro. Pero qué poco importaba aquello. Lo que de verdad hace de un pantalón un pantalón, nada tiene que ver con el color, ni con la forma, ni con la calidad de la tela, ni con la confección, ni con la carga. Es, y cuánta ignorancia habrá siempre sobre este asunto, la bragueta.
"La bragueta es el espíritu santo del pantalón", decía siempre con voz nasal y nasal arrullo a sus clientes, que veían unos pececitos de plata complaciente saltando de entre las perlas perdidas de la mujer a sus bigotes con infantiles ilusiones de mudanza.
Pero en cuanto caminaban un par de metros por el cuarto de costura probándose los pantalones, los hombres descubrían la gran verdad de aquel aserto.
Las cremalleras de aquella modista eran raíles de tren en un viaje alucinante hacia las regiones seminales de la primera especie, y los hombres padecían casi telúricas erecciones, traídos y llevados al antojo de esa máquina del deicidio originario, y poniendo en peligro de extinción la virtud dudosamente voluntaria de la creadora del monstruo alimentado.
Y los clientes se sentían más que nunca avergonzados de aquel bulto para el cual, puede que por inocencia, la modista no había diseñado camuflaje alguno.
Era tal le hechura de aquellos pantalones que, aun colgados, sugerían continencias.
Llegó la modistilla a tal culminación de su arte que una noche, al comprobar el buen funcionamiento de una cremallera, amaneció una polla, como un sol, de una bragueta.
FIN DE LA CITA, Mariano.
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