Opinión
Marte: ¿La Nueva Frontera o la gran estafa espacial de Musk y Bezos?

Por Bruno Estrada
Economista
-Actualizado a
En medio de la vorágine neoimperialista desatada por Trump en estas navidades ha habido un importante nombramiento que ha pasado casi desapercibido, el de Jared Isaacman como nuevo director de la NASA.
Isaacman era la persona que Elon Musk había propuesto a Trump ya hace un año, pero las diferencias surgidas entre ambos dejaron el nombramiento congelado durante meses. Un reciente acercamiento entre ambos ha permitido su reciente nombramiento. El nuevo director de la NASA es la persona que va a hacer posible los rentables sueños marcianos de Musk y Bezos, Isaacman no solo es un ferviente partidario de los planes de los magnates tecnológicos de llevar astronautas a Marte antes de 2030, también coincide plenamente con ellos en un objetivo mucho más importante: impulsar "New Space", la transformación radical de la industria espacial para lograr la plena integración en él del sector privado.
De hecho, uno de sus primeros anuncios ha sido la próxima sustitución de los enormes cohetes SLS de Boeing, cuyos vuelos estaban planificados hasta 2033, por los cohetes New Green de la empresa Blue Origin, propiedad de Bezos. La sustitución se producirá tras la misión Artemise III que a finales de este año, o a principios de 2027, volverá a llevar astronautas a la Luna, el primer alunizaje humano desde 1972. Solo el programa Artemise, que pretende establecer una presencia humana estable en la Luna, tiene un presupuesto de más de 90.000 millones $. También ha anunciado que el cohete Starship de la empresa SpaceX, propiedad de Musk, será el encargado de hacer realidad el Proyecto Olympus de la NASA, el viaje de humanos a Marte. Unas magníficas oportunidades de negocio para ambos. Conviene recordar que el primer paso de este ambicioso programa se producirá esta primavera, aunque el lanzamiento ha sufrido varios retrasos, cuando la misión Artemise II sobrevuele la Luna llevando a cuatro astronautas.
Estamos hablando, por tanto, de una segunda carrera espacial, similar a la que se vivió en los años sesenta y setenta, pero ahora el principal competidor es China, entre cuyos planes está enviar misiones tripuladas a la Luna en 2030, y a Marte a partir del 2040. Por eso merece la pena echar un vistazo al pasado, en 1962 John F. Kennedy dio un apasionado discurso en la Universidad Rice de Houston sobre la exploración espacial en el que comparaba el espacio con un "nuevo océano" que había que surcar para mejorar el bienestar de la Humanidad, incluidos los Estados Unidos por supuesto: "Zarpamos en este nuevo mar porque hay nuevos conocimientos que adquirir, nuevos derechos que ganar, los cuales se deben adquirir y usar para el progreso de todas las personas". Es indudable que la carrera espacial lunar de los sesenta estaba impulsada por la competencia tecnológica y militar con la URSS, en un momento álgido de la Guerra Fria, pero en las políticas de Nueva Frontera de JFK había mucho más. El historiador Robert D. Marcus nos recuerda que Kennedy asumió su mandato para levantar los ojos de Estados Unidos hacia las estrellas, pero también con la gran ambición de erradicar la pobreza.
Aunque es cierto que el concepto de Nueva Frontera nos remite a una retórica del Far West, había mucho más en las ambiciosas políticas de JFK. Había una firme apuesta por profundas reformas sociales y económicas, en esos años en EE.UU. se aprobaron importantes leyes contra la pobreza, incluyendo aumentos en las prestaciones de la Seguridad Social y en el salario mínimo, se ampliaron los beneficios de desempleo, se construyeron muchos nuevos hospitales. También se transfirieron abundantes fondos a las ciudades para mejorar la vivienda y el transporte público, leyes sobre de control de la contaminación en los ríos, para aumentar los ingresos de los agricultores, etc...
Sin embargo, más de seis décadas después nos encontramos que los propósitos que están detrás de esta nueva carrera espacial son muy diferentes, en las políticas de Trump no hay ningún atisbo de una Nueva Frontera social. Al revés, contemplan importantes reducciones de impuestos para los más ricos y fuertes recortes del gasto social, que pueden convertir el ya reducido Estado del Bienestar estadounidense en un desierto, no se sabe si lunar o marciano.
Esta alianza entre Trump y estos nuevos "señores del espacio" no tiene como finalidad resolver ninguno de los graves problemas que tiene la Humanidad, aunque se sustente en vacías retóricas sobre los peligros que acechan a la vida en la Tierra, y en la supuesta necesidad de buscar un nuevo asentamiento planetario a nuestra especie. "Toda la vida en la Tierra será destruida por el Sol" dijo Elon Musk en un reciente alegato a favor de construir una base autosostenible en Marte. Es una afirmación cierta, aunque se le olvidó decir que los científicos estiman que se producirá dentro de unos mil millones de años.
Porque lo que realmente está detrás de esa conjunción de intereses son las inmensas oportunidades de negocio que ofrecen a Bezos y Musk los grandiosos presupuestos públicos de la NASA que se van a destinar a llevar humanos a Marte. Itaca, el poema de Kavafis, nos enseñaba que lo importante en la vida es el viaje, y no la meta final. En este caso, parece lo importante no es la epopeya marciana en sí misma, tarea titánica a la vez que improductiva e inútil, sino que el gran negocio es la financiación del viaje espacial.
En este sentido, conviene no olvidar que principal hallazgo de la ciencia espacial es la plena confirmación de que vivimos en una diminuta y frágil Tierra-Oasis, repleta de vida asombrosa y compleja, pero rodeada de una naturaleza completamente desolada e inhóspita que se extiende por muchos billones de kilómetros en todas las direcciones, incluyendo la Luna y Marte. Los científicos saben que Marte es un planeta extremadamente hostil para la vida humana, con un clima gélido, la temperatura media es de -65ºC llegando mínimas de -135º C, y con una atmósfera tan delgada que permite una alta penetración de radiación UV y cósmica, lo que hace imposible vivir en su superficie sin sistemas de respiración artificial.
También hay que poner en evidencia el contexto de privatización del espacio en el que tiene lugar esta nueva era de exploración, y apropiación, espacial. En 2022 el Instituto Adam Smith publicó un informe en el que afirmaba que la Luna debería ser privatizada para ayudar a eliminar la pobreza en la Tierra. Según ese absurdo informe, la Luna debería dividirse en parcelas y asignarse a varios países para que las alquilen a empresas, lo que impulsaría el turismo espacial, la exploración y nuevos descubrimientos. Afortunadamente el Tratado del Espacio Exterior de las Naciones Unidas en 1967 prohíbe que el espacio pase a ser propiedad de países, individuos o empresas, también su militarización, incluida la instalación de bases militares.
Pero hasta cierto punto esta visión ultraliberal del espacio ya ha empezado a tomar visos de realidad. En 2020 la NASA, al final del anterior mandato de Trump, impulsó los Acuerdos Artemisa al margen de la ONU. Estos acuerdos, que ya han sido firmados por 56 países, avalan jurídicamente los permisos que la NASA ha concedido para que varias empresas privadas extraigan recursos minerales de la Luna, fundamentalmente regolitos de su superficie, y luego se los vendan a la propia agencia. Los acuerdos Artemisa intentan consolidar una interpretación torticera del principio de "no apropiación" del art. II del Tratado del Espacio que dice literalmente: "El espacio ultraterrestre, incluida la Luna y otros cuerpos celestes, no podrá ser objeto de apropiación nacional por reivindicación de soberanía, uso u ocupación, ni de ninguna otra manera". Según esta interpretación el principio de "no apropiación" del Tratado Espacial de 1967 solo sería de aplicación al conjunto de los cuerpos celestes, y no a sus recursos naturales en concreto, cuya explotación estaría avalada por la libertad de exploración y utilización del espacio. Günther Anders ya nos advirtió, hace más de 50 años, que la misión de la ciencia moderna en un mundo capitalista ya no es "revelar el secreto", sino descubrir los tesoros secretos para que algunos se puedan apropiar de ellos.
Esto podría parecer un ejercicio de ciencia-ficción jurídico-política para un remoto futuro. Pero otro de los primeros actos de Isaacman, en el escaso mes que lleva al frente de la NASA, ha sido la firma de un convenio de cooperación tecnológica con el Departamento de Energía estadounidense para instalar de un pequeño reactor nuclear de fisión de 100kW ¡¡En la Luna antes de 2030!! Una central nuclear para suministrar electricidad de forma continua y fiable a futuras bases y misiones científicas. En 2018 la NASA ya probó con éxito en el desierto de Nevada el Kilopower, un minireactor nuclear de 10kW.
Sería muy lamentable que la Humanidad se embarcase en una nueva carrera espacial-militar debido a la confluencia de intereses entre Trump y aprendices de brujo como Musk y Bezos. Entre la voluntad imperial del presidente de EE.UU. -en cuya Estrategia de Seguridad Nacional se establece el objetivo de lograr un "dominio espacial" mediante una "Fuerza Espacial" equipada de costosas armas de alta tecnología- y el infinito afán de lucro de esos magnates tecno-siderales que tan solo ansían los ingentes beneficios que pueden obtener a través de sus empresas espaciales, aunque los enmascaren detrás de visiones mesiánico-extraterrestres. Por último, no hay que olvidar que la codicia de esos magnates podría incitar el estallido de conflicto militar-espacial, y que muchas de las tecnologías y herramientas espaciales que se están desarrollando son de doble uso. Es decir, que fácilmente podrían convertirse en armas letales con consecuencias catastróficas para la vida en la Tierra.

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