Opinión
Me gusta ser una zorra

Por Leonor Cervantes
Graduada en Filosofía y Ciencias Políticas. Cofundadora de Filosofía en Los Bares
No me acuerdo de cómo se llamaba el chico con el que perdí la virginidad. Sin embargo, recuerdo con nitidez de las dos bolas húmedas y de color verde fosforito que enmarcaban el piercing de su lengua. En el barrio todos lo llamaban por su mote. Así que yo, que para él era una más del barrio, tampoco usaba su nombre de pila. Por supuesto que lo tendría, y seguro que me lo dijo alguna vez, pero de no practicarlo lo olvidé. Le escogí por eso, porque me daba curiosidad saber qué se sentía cuando alguien con un objeto metálico en el centro de la boca te practicaba sexo oral. Por eso y porque todas mis amigas ya lo habían hecho con alguien. De la virginidad, que es un concepto que alberga más poder que realidad, me deshice de la forma más frívola posible. Como quien se cansa de acumular tickets desgastados en su bolso y un martes cualquiera los tira todos, a la vez, en la primera papelera que encuentra al salir de la oficina.
El sexo con el chaval del piercing en la lengua resultó ser malo y él, peor. Me trató mal, especialmente dentro de la cama. Lo nuestro fue breve e incómodo. Corté con él de la noche a la mañana, sin darle explicaciones a nadie, a él tampoco. Me daba vergüenza. El dramatismo no duró mucho más. En mi recién estrenada vida sexual los roles se invirtieron pronto, y entonces fueron ellos, los chicos, los que perdieron su virginidad conmigo. Este cambio, lejos de hacerme sentir pudor, me inflaba de orgullo como se hincha la panza de una zorra al engullir una libre. En esos encuentros me sentía la médium que les acompañaba en ese ritual de paso. Yo era Caronte y les llevaba en mi barca. De alguna forma, mi experiencia era mi piercing en la lengua.
Como buena hechicera, supe rápido que mis conjuros debían ser clandestinos. Eso lo había aprendido hace años, cuando en sexto de primaria una niña escribió LEO PUTA en la pared de mi colegio. Había descubierto mi contraseña de Tuenti y con ello mi amplia agenda de pretendientes. En este caso, más de uno ya era multitud. Afortunadamente duró poco el silencio, conocí a otras brujas y, sobre todo, encontré el feminismo. Sin embargo, últimamente siento que esas pintadas pueden reaparecer en cualquier momento.
Reels, tiktoks, conversaciones, tertulias en formato podcast, artículos de opinión. Me he topado con esta idea en todos los formatos. Por lo que se ve, ahora la nueva iluminación revestida de feminismo es decir que a las mujeres el sexo esporádico no nos sale rentable. La cosa funciona así: no nos trae cuentas el sexo casual heterosexual porque en estos encuentros nosotras rara vez llegamos al orgasmo, mientras que ellos suelen gozárselo lo más grande. Eso si tenemos suerte, porque por ser aventureras de más incluso podemos llevarnos un sustito, y vernos envueltas en un sexo violento que nos haga pasar un mal rato. De verdad, qué necesidad, mejor quedarnos en casa. No seamos tontas, para una cita nosotras nos depilamos, nos compramos lencería, nos echamos litros de cremas dulzonas, ¿y con qué nos topamos a cambio? Con un notas con unos calzoncillos roídos que no encuentra el clítoris. Desde luego, es un intercambio del todo injusto. Por eso lo recomendable es que nos dejemos de tanta exploración y promiscuidad. No por nada, lo dicen por nuestro bien; para que tengamos un sexo más satisfactorio. Ese sexo que, casualmente, coincide con el que nos proporciona una pareja. Alguien con quien tenemos confianza y se preocupa por nuestro placer, alguien con quien podemos ser nosotras mismas. Me quedo seca, ni la Sección Femenina lo hubiera hecho tan bien.
Me esperaría este discurso en representantes de la derecha, en curas y en podcasts de la manosfera en los que se habla de hipergamia y bodycount. No en boca de feministas. Me da la sensación de que, por fin, hemos aprendido que está mal llamar guarra a una mujer por lo que hace con su vida sexual. Pero que, en realidad, sigue sin gustarnos que haga lo que quiera con ella. Más aún si esto supone alejarse del modelo tradicional de conducta, también de familia. No nos hace gracia que una mujer lleve minifalda y tampoco que su comportamiento sexual no sea ejemplo de castidad. Lo que pasa es ahora somos más finas para castigarla: le echamos en cara que es una desubicada sedienta de validación masculina o una ingenua que no se ha dado cuenta, aún, de cómo le conviene follar para pasárselo bien.
Juzgar si nos conviene el sexo esporádico en base a la probabilidad que tenemos de llegar al orgasmo es algo que no me vi venir. Desde el feminismo llevamos décadas intentando deconstruir la idea de lo que es follar, alejándolo del coitocentrismo y defendiendo que el sexo es algo que va más allá de la penetración. ¿Cómo es posible que ahora reduzcamos su significado al orgasmo? Pues nada, ya un nuevo ídolo. Hemos cambiado el pene por la corrida, pero seguimos con un tótem. Por no hablar de lo cansino que es follar con un tío que se toma como un reto personal conseguir que tú te corras. Si pudiera enmarcaría tu orgasmo, imitando las cabezas de ciervo que cuelgan en las paredes de los mesones. Francamente, no creo que este pique tenga mucho que ver con poner el placer femenino en el centro.
Pero, además, ¿a mí qué me importa si me voy a correr o no en un primer polvo? Una cosa es pretender follar con alguien que me preste atención y otra exigirle excelencia a cada encuentro sexual. Afortunadamente no necesito vivir todo al máximo. Y ni siquiera un orgasmo es sinónimo de plenitud sexual. El sexo más lacónico de mi vida lo he mantenido con parejas con las que llevaba años y con las que me corría siempre. Sí, en pareja he llegado al orgasmo, pero también me he aburrido como una ostra. Porque ya nos lo sabíamos, porque ese sexo era una coreografía en la que estaban claros los pasos a seguir para llegar al clímax. Y no había más objetivo que ese. Este ritual y alargar el brazo para sacar del cajón de la mesilla de noche un satisfyer no se diferencian demasiado, y ninguno es especialmente apasionante. Más allá de esto, me niego a introducir también la terminología económica en este cajón de mi cotidianidad. Ya lo hicimos con el amor y los resultados fueron nefastos, ahora nos pasamos el día gestionando relaciones de pareja y amistad. Concebir prácticas sexuales como rentables o deficitarias en relación a la optimización del placer es lo que hace que se me baje todo.
Siempre que escucho canciones de reggaetón explícitas pienso en la presión que deben sentir eso/as artistas cuando se acuestan con alguien. Si yo fuera su pareja tendría las expectativas por las nubes. Pues c’est fini, ahora hay un nivel superior de bravuconería sexual, la bancada feminista que está convencida de que en el sexo casual los tíos siempre se corren y ellas se quedan a dos velas. Por un lado, miedo me dan las consecuencias de entender el sexo como un intercambio en el que siempre hay que quedar empate. Por otro, debo ser yo la única imbécil que se ha comido tanto gatillazos como pollas. A ver si con esto vamos a estar haciendo un rebranding de los valores más rancios y esencialistas del sistema sexo-género: Los hombres son animales vigorosos que siempre tienen ganas de follar y las mujeres ángeles frágiles que sólo disfrutan del sexo tutelado y con caricias. Y las que se desvían de esta línea, son pérfidas sirenas de las que más vale desconfiar. El pecado original del Génesis pero ahora formato reel.
Por si fuera poco, de estos discursos me rechina, también, su tono. Es incrédulo y profético, como el de un niño cuando descubre un truco en un espectáculo de magia. Han visto la realidad: a nadie en su sano juicio le gusta hacer toda la performance que supone seducir. Posturas inverosímiles en la cama y horas de maquillaje delante del espejo. Ya está, paremos rotativas, podéis respirar tranquilas, lo sabemos, solo una tipa verdaderamente majara y alienada haría todo esto. Desgraciadamente, la vida es compleja. Como explica Noemí López Trujillo, no se puede reducir la feminidad a una herramienta de subordinación patriarcal. A algunas sí que nos gusta ser un pavo real y llevar el cortejo a su máximo nivel de travestismo.
El problema es que para ser sexy haya que ser delgada o dejarse miles de euros en una industria que se forra haciendo que todas tengamos la misma cara, pero querer sentirse como una potra galopando por una playa no me parece peligro. Es un anhelo más que válido y divertido. Es más, probablemente nos iría mejor si los hombres también reconocieran la vulnerabilidad que hay en querer gustar e hicieran algo bonito con eso. Algo mejor que meterse con la chica que les atrae en el patio del colegio y que ningunear sus logros cuando crecen y ya no son tan niños, pero siguen sin ser capaces de reconocer en voz alta que les encantaría ser elegidos por ella. Y ya puestos podrían aparecer en una cita con algo mejor que un chándal y colonia Nenuco comprada por su madre, pero poco a poco.
Me preocupa a quién le estamos haciendo la cama con tantos artículos sobre heteropesimismo y celibato femenino voluntario, y cuánto van a tardar en ponérsenos en contra. Si establecemos que lo inteligente es alejarse de los hombres, ¿cómo apoyaremos a las mujeres que denuncian sus abusos? Porque este contexto alcàsseriano sólo invita a culparlas por su deseo y por no quedarse quietecitas en casa. Ellas se lo han buscado, aquí todas las que nos respetamos a nosotras mismas sabemos que el sexo esporádico trae problemas. Y en la otra orilla, ¿cómo cuestionaremos las dinámicas de poder que se dan en la pareja? Si la hemos pintado como el paraíso para la seguridad sexual de las mujeres, aunque sabemos de sobra que la gran parte de las agresiones sexuales se dan en su seno.
Lamentablemente para los niveles de erotismo de este país y afortunadamente para la calidad de nuestras encías, no he vuelto a conocer a nadie con un piercing en la lengua. Fue un complemento sexy que se perdió, como los tatuajes tribales en las lumbares. Pero si esta misma noche en una fiesta me topara con un chaval con ese pendiente, volvería a encontrarle a él más atractivo que al resto de la discoteca. Y si él quisiera, le besaría sin hacerle muchas preguntas, como hice cuando tenía dieciséis años. Esto es un éxito social. Porque en mi caso, la luz sigue pasando por la vidriera de mi recuerdo. No fue culpa mía, no tendría que haber sido más precavida y, si volviera a suceder, me creerían y me auparían. No quiero vivir en "la casa de Bernarda Alba", donde nunca sucede nada malo y precisamente por eso, tampoco nada bueno. Este es el feminismo en el que yo creo. Un mundo en el que la única explicación que necesita una mujer para dar un beso es tener ganas de saborear una boca.
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