Opinión
Mediocridad aceptable

Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
No te fiabas demasiado del dentista, pero de crío o cría ibas con la total certeza, aunque el miedo te royera los pulmones, de que como mucho te podía hacer una pequeña heridita en la lengua o un cortecito en la encía o quizá un empaste más doloroso de la cuenta, pero nunca, aun notando tus fobias infantiles espumarajeando tras la piel flaca de tu nuca – esta semana también estoy asqueroso, freudiano y algo mentiroso, aunque las tres cosas signifiquen lo mismo – , creías que te fuera a hacer una raja en el paladar por la que te desangraras enterito; te pasaba también lo mismo con tu padre, estoy seguro de que lo recuerdas, cuando conducía su Opel Calibra con una mano en el volante y la otra en un cigarro negro mientras tú, bien recto en los asientos sin cinturón de atrás, recorrías con el dedo índice el Campsa Carreteras 1998 sin atreverte a decirle que os estabais metiendo en una comarcal sin cambio de sentido en diez kilómetros que acababa en Cabornera, provincia de León: es cierto que ibais rumbo a Cádiz, pero con aquel adulto con aliento a humo negro habías firmado un pacto de seguridad que te permitía sentir miedo por alguna movida secundaria y sin demasiada importancia – si es que no tiene importancia acabar a casi mil kilómetros del destino previsto –, pero no por la principal. Habíais firmado un pacto de mínimos, una especie de marcador con el que permitir cierta mediocridad aceptable como perderos en una carretera tersa de la Submeseta Norte, pero no volcar y morir abrazados y calcinados cual familia edípica – otra vez Freud, ahora ya sí que paro –.
Este contrato social, el de la mediocridad aceptable, es el que viene rigiendo los últimos años de los que tengo memoria, aunque seguro que son muchos más, las democracias europeas y sus correspondientes Estados del Bienestar: los votantes conocían de sobra sus límites y contradicciones, sus posibles y sus utopías, pero tenían claro que en todos los casos, como si el futuro estuviese garantizado y tras la madrugada hubiera siempre bisutería que colgar de sus dedos, habría una serie de mínimos impepinables que nadie cuestionaría; hemos vivido siempre con un puñado de certezas, hablo de esa casa pequeña con balcón o incluso de que la sierra estuviera nevada todos los meses de enero, que se han ido derrumbando los últimos años por culpa del capitalismo o del desarrollismo o el cambio climático o lo que coño sea que nos esté destrozando la fe.
Ahora, con los políticos normales titubeando y sin atreverse a garantizar lo ínfimo que teníamos asignado por derecho en el contrato de la mediocridad aceptable, la normalidad democrática se derrumba y salen nuevas voces que, aun mintiendo como perros, aseguran ser totalmente capaces y tener planes definidísimos para asegurar estos mínimos: el éxito de la extrema derecha europea, podemos verlo tras las todavía calientes elecciones en Alemania, reside en que promete certezas. No titubea, no duda, no matiza; no deja nada a la influencia ajena.
Sus votantes entienden perfectamente que son mediocres, falsos y de carne y hueso, pero se agarran a las certezas que regalan en una época donde ya casi nadie da de eso.
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