Opinión
Métete tu dios donde te quepa

Por David Torres
Escritor
La sorpresa no es que los predicadores evangélicos hayan asaltado el metro para sembrar migrañas mediante la palabra de Dios: la sorpresa es que no lo hubieran hecho hace décadas. Desde siempre, los vagones de metro han sido un espacio idóneo para la proliferación de todo tipo de plagas -cantautores, raperos, acordeonistas, guitarristas, sordos que escuchan partidos de fútbol a todo volumen, señoras que explican recetas a voces por el móvil-, de modo que los predicadores ya estaban tardando en intentar colocarnos también sus mierdas. No incluyo entre las plagas a los mendigos y vendedores ambulantes que intentan ganarse la vida a salto de estación porque entiendo que molestan estrictamente lo mínimo y cada cual se gana la vida como puede. Nunca se sabe cómo puede acabar uno, sobre todo cuando uno empezó cobrando recibos puerta a puerta y vendiendo enciclopedias a domicilio.
Entre los músicos ambulantes a veces aparece un auténtico virtuoso, muy superior a cualquiera de los borregos y mostrencos que inundan las ondas de radio; lo que pasa es que cuando voy en metro, suelo ir leyendo y el ruido me estorba, por hermoso que sea. No me extraña que aquel experimento sociológico que hicieron en el metro de Nueva York, con un violinista genial tocando de forma anónima, sin anuncios previos y en hora punta, fracasara estrepitosamente. El violinista era Joshua Bell, el violín era un Stradivarius, el repertorio era impresionante -¡la Chacona en re menor de Bach!- y la interpretación para caer de rodillas, pero sólo unos cuantos curiosos se pararon un momento a escuchar, sobre todo niños que acababan siendo arrastrados por sus padres. No era el momento ni el lugar, y entre el ruido del gentío, la indiferencia general y las prisas, la gente no hacía ni puto caso. Bruce Springsteen se puso a tocar una vez con unos músicos callejeros en la Plaza de España, en Roma, y apenas juntó a quince personas.
En cuanto a los mendigos hay diversas modalidades, desde los que te parten el corazón con sus desgracias a los que te parten el pecho de la risa. Una vez me encontré con uno que empezó su perorata agarrado al pasamanos del vagón con una obertura impresionante: “Soy un refugiado palestino…”. La gente se echó a reír a carcajadas al oírle hablar con un acento gallego que tiraba de espaldas. No obstante, lo extraño hubiese sido que empezase a pedir limosna con acento caribeño, ya que no se sabe de muchos refugiados venezolanos que hayan bajado alguna vez al metro. Ellos son más de ir en Mercedes y Lamborghini. Eso no lo vio venir la ultraderecha: que la teoría del Gran Reemplazo iba a cumplirse cuando los barrios más pijos de la capital se transformaran en la Little Caracas.
Con tanto viaje de ida y vuelta al otro lado del charco, Ayuso no sólo se está americanizando por momentos, sino que está haciendo de Madrid una sucursal de Miami. Este año vamos a celebrar el Cuatro de Julio en sintonía con Washington y más adelante también nos servirán en bandeja el pavo de Acción de Gracias, aunque visto el resultado de su gira por México, más bien será una pava. Aparte del fútbol americano, la importación masiva de hamburguesas y el inglés del Oso Yogui de nuestra presidenta, ahora tenemos también los predicadores evangélicos para ir dando la nota. Se trata de ir calentando el ambiente para la visita del Papa, otro rojeras recalcitrante que no se entera de que el cristianismo es cosa de ricos y de que matar niños está muy bien, siempre que no sean judíos.
Una semana antes del aterrizaje del Sumo Pontífice está prevista la visita de Franklin Graham -niño de papá y predicador por vía genética-, en un acto multitudinario programado en el pabellón de Vistalegre. Graham, quien aseguró hace poco que Dios está con Trump en la guerra contra Irán, viene anunciando un mensaje de amor clavadito al de Ayuso: de amor al dinero. Yo estoy esperando que Graham explique además si Epstein era el Juan el Bautista de nuestra época o el mesías que quería que los niños se acercasen a él. A este ritmo, entre las tradiciones del folklore americano acabaremos por importar también la libertad de portar armas de fuego. Va a ser la hostia de entretenido, sobre todo en el metro, cuando uno de estos papagayos empiece a dar la brasa.
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