Opinión
El miedo del tirano: Trump y el laboratorio del nuevo Estado policial en EEUU

La historia demuestra que el fascismo surge cuando las élites económicas, acorraladas por crisis estructurales y movimientos emancipatorios, recurren al terror institucionalizado para preservar sus privilegios. Mussolini, Hitler y Franco encarnaron esa lógica: la violencia como bisturí para extirpar el “cáncer” de la movilización popular.
Pero el siglo XXI introduce una mutación: ¿qué ocurre cuando el fascista que ya está en el poder no teme por su clase, sino por su propia piel? Donald Trump encarna esa perversión: un líder protofascista que, ante el riesgo de perder su estatus, sus batallas políticas o su impunidad, desata un autoritarismo de autopreservación. Ya no se trata del miedo burgués al proletariado, sino del terror del déspota frente a la rendición de cuentas.
California: el laboratorio del nuevo Leviatán
Los acontecimientos recientes en Los Ángeles son sintomáticos:
• Redadas masivas de ICE y FBI contra migrantes que son el detonante necesario para la movilización social y popular en solidaridad con la población migrante.
• Despliegue unilateral de 4.700 efectivos militares (Guardia Nacional y marines) para reprimir protestas.
• Narrativa belicista: el spin doctor de Trump, el activista de extrema derecha Stephen Miller, tilda las manifestaciones de “insurrección”; el Pentágono habla de una “invasión terrorista”.
Este operativo no responde a una amenaza real, sino a un guion represivo cuidadosamente orquestado:
“La crisis migratoria es el telón de fondo para ensayar la militarización de la política interna”.
El economista Robert Reich lo describe como un manual autoritario de cinco pasos:
1. Inventar una amenaza (“insurrección migrante”).
2. Militarizar la respuesta (enfrentar a fuerzas federales con autoridades estatales).
3. Suspender garantías legales (detenciones sin debido proceso).
4. Expandir la infraestructura represiva (centros de detención, vigilancia masiva).
5. Normalizar la ley marcial mediante “emergencias nacionales” selectivas.
Anatomía de un golpe técnico
Trump no actúa solo por ideología, lo hace también por instinto de supervivencia:
• Ha colocado leales en el Pentágono (incluidos exjueces militares ultraconservadores).
• Resucita leyes del siglo XVIII —como la Insurrection Act— para legitimar intervenciones ilegítimas.
• Prepara el terreno para 2026: suspender elecciones en estados clave mediante “emergencias” fabricadas.
Esta es la esencia del nuevo fascismo:
“Ya no se movilizan camisas pardas, sino algoritmos de vigilancia, noticias falsas virales y marines en barrios latinos”.
Como señala el periodista Xavier Mas de Xaxàs, el conflicto con California no es un desacuerdo burocrático, sino una batalla constituyente. Mientras el gobernador Gavin Newsom invoca la Décima Enmienda para defender la autonomía estatal, la Casa Blanca dinamita el federalismo para construir un superpoder ejecutivo centralizado.
La desesperación del depredador acorralado
El fascismo clásico buscaba preservar el sistema; el fascismo del presente busca destruirlo para no caer con él. Su lógica es existencial: miedo a perder la impunidad → demolición de contrapesos → Estado policial como escudo personal.
Trump encarna esta deriva:
• No teme a la izquierda: teme a los fiscales, a los jueces, a la celda 234 de una prisión federal.
• Su violencia es reactiva: cuanto más cerca está la justicia, más brutal es su respuesta.
Resistir al monstruo del siglo XXI
Frente a esta maquinaria autoritaria, la resistencia exige:
1. Desenmascarar la narrativa bélica: denunciar la invención de enemigos como táctica dictatorial.
2. Defender y profundizar una democracia popular y participativa.
3. Movilizar al 3,5% crítico: como demuestran Chenoweth y Stephan, ese porcentaje activo de la población basta para derribar tiranías.
4. Exigir responsabilidad penal: en EEUU, como en España, sin cárcel para los grandes prevaricadores, la impunidad seguirá alimentando al monstruo.
El fascismo como síntoma terminal
Lo que se perfila no es solo una regresión democrática, sino un autoritarismo posmoderno, donde el Estado se convierte en instrumento de venganza personal.
Como un animal herido, el fascista del siglo XXI es más peligroso cuando siente el aliento de la justicia en su nuca.
La advertencia histórica es clara:
“Cuando un líder teme más a la cárcel que a la ruina democrática, su lógica ya no es gobernar, sino incendiar el sistema para cubrir sus huellas”.
La batalla de California es solo el prólogo. El verdadero combate es entre dos concepciones de humanidad: quienes ven a los migrantes como invasores y quienes los reconocen como seres humanos. En esa grieta se juega el alma de Estados Unidos.

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