Opinión
A Miguel Bosé le duele España

Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
Entre los candidatos al papel de Tadzio -el muchacho de quien se enamora desesperadamente el compositor Gustav von Aschenbach en La muerte en Venecia-, Miguel Bosé, que contaba por aquel entonces 16 años, tenía muchas posibilidades. Aparte de ser espléndidamente guapo, Bosé era ahijado de Luchino Visconti, pero su padre, el torero Luis Miguel Dominguín, le prohibió participar en la película. Al final el papel recayó en un muchacho sueco, Björn Andrésen, quien de la noche a la mañana se convirtió en un icono gay que acabaría lamentando su fama prematura y efímera. El director italiano jamás volvió a llamarlo ni a ayudarlo y toda su vida quedó marcada por el rol de Tadzio. Pese al adagietto de Mahler y a la maravillosa novela de Thomas Mann, de haber elegido a Bosé en lugar de a Andrésen, Visconti habría acabado rodando La gripe en Venecia.
Es probable que ese temprano revés haya condicionado la posterior carrera de Bosé, un privilegiado niño de papá que disfrutó de un ambiente familiar único, con visitas de Hemingway y Picasso, estudios de danza en Londres con Lindsay Kemp y en Nueva York con Alvin Ailey y Martha Graham, para compaginar una incipiente carrera de actor en caída libre con la de cantante engolado e ídolo juvenil de jovencitas. Sin embargo, el verdadero talento de Bosé, que se mantuvo latente durante décadas, era el de descubrir conspiraciones secretas: un magufo de proporciones cósmicas que en 2020, durante lo peor de la pandemia del covid, alertaba del plan de dominación mundial de Bill Gates y los millonarios de Davos a través de unos microchips implantados en las vacunas.
Tras la confabulación de las vacunas, llegó el negacionismo del cambio climático, cuando Bosé aprovechó la catástrofe de la DANA en Valencia para arremeter contra los políticos que destruyen presas y embalses, y practican la ingeniería atmosférica mediante los chemtrails, las estelas químicas que supuestamente sueltan los aviones en vuelo para manipular a las masas, controlar el clima, rociarnos con enfermedades mortales y alisarnos el peinado. Con su perspicacia habitual y la ayuda de especialistas en sandeces esotéricas, Iker Jiménez dedicó varios programas a intentar aclarar este misterio: la facilidad con que se está forrando a manos llenas explicando cómo nos fumigan desde el cielo y nos implantan robots miniaturizados en la sangre.
Lo que no se explica es cómo (en Horizonte, en La nave del misterio o en cualquier otro de sus paquebotes audiovisuales) Iker Jiménez no coloca a Miguel Bosé en una sección fija con el fin de que se explaye a gusto contra las vacunas, contra el cambio climático, contra el sanchismo y contra lo primero que se le ocurra. Incluso podría hacerlo cantando, para hacer más daño. A la postre, todo se reduce a la dictadura liberticida que padecemos, una lacra que Bosé ha expuesto casi cada vez que le ponen un micrófono delante y que él compara con la tolerancia de la que disfrutábamos en los años setenta, cuando él tenía la ventaja de vivir dentro de un armario y los demás españoles la libertad suprema de callarnos.
En su última metamorfosis, Bosé ha mutado en analista político para pedir la inmediata dimisión de Pedro Sánchez, de Óscar Puente y del Gobierno en bloque tras el terrible accidente ferroviario de Adamuz. Lo ha pedido en primera personal de plural, en nombre de todos los españoles y de todos los migueles que en el mundo han sido y serán: el actor fracasado, el cantante sin voz, el todólogo experto en nada y el niño de papá. Igual que a Unamuno, a Bosé le duele España, aunque le duele más bien lejos, en el extranjero, que es donde cotiza desde que se descubrieron sus tremendos pufos con Hacienda. Ahora está pensando irse a vivir a Andorra, ese pequeño paraíso tan repleto de youtubers y patriotas millonarios que apenas hay sitio para otro expatriado económico más. Al borde de los setenta, sin dejar de rodar cuesta abajo, Bosé vuelve a parecerse peligrosamente a Björn Andrésen, quien en Midsommar, su última aparición en la gran pantalla, se lanzaba desde lo alto de un acantilado para estrellarse contra una piedra.
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