Opinión
Contra los milagros

Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
Los milagros solo suceden cuando los hombres fallan. Lo explica muy bien Laurence Sterne en su Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy, cuando el homónimo protagonista se topa con su tío Toby y lo descubre cacharreando con unos objetos considerados devocionales y milagrosos en busca de un cambio de rumbo para la desestructurada familia británica; una serie de aparatejos que Toby solo saca cuando no hay ninguna otra solución y gracias a los que el joven Tristram, observador y narrador cínico de la aventura, llega a la conclusión de que los milagros solo se imploran cuando la cosa ya está jodida, deduciendo además que la tarea del humano debe ser prepararse frente a las vacas flacas para no recurrir jamás a la intervención divina. Dicen que a Dios solo se le reza desde la cuerda floja y puede que sea verdad; la tarea de los humanos debe ser entonces anticiparse al desastre para nunca delegar en las manos de quien no es visible, cubrir todos los flancos posibles para no tener que implorar a la acción milagrosa cuando por nuestra dejadez vital o política ya sea demasiado tarde para hacer nada.
Con esta reflexión en la cabeza, leo estos días angustiado por el dolor los titulares sobre el desastroso terremoto que han sufrido nuestros hermanos venezolanos, quienes han perdido la sangre, a la hora de escribir estas líneas, de 1450 de los suyos. Leo con muchísimo terror cada noticia porque, pasados ya unos días, la palabra "milagro" ha aterrizado como un águila fantasmagórica sobre las cuatro columnas de las portadas de los periódicos; es ya un milagro cuando aparece una familia a la que se daba por muerta, es un milagro cuando un bombero escucha un llanto bajo una montaña de cascotes, es un milagro cuando se entrevista a gente que salió azarosamente de La Guaira: los humanos hemos perdido la capacidad de controlar el desastre y ahora todo está en manos de un azar al que algunos llamamos Dios.
Sin embargo, hubo un momento antes del terremoto en el que se pudo hacer algo, igual que lo hubo antes de la Dana de Valencia o de los incendios que cada año se comen el paisaje ibérico; los humanos, que somos muy despiertos cuando queremos, podemos usar nuestra temerosa conciencia para prevenirnos y evitar que un acontecimiento natural nos destroce, o al menos paliarlo. No quiero leer la palabra milagro ni una sola vez más en los periódicos; no quiero que un incendio devastador se apague gracias a una lluvia implorada y oportuna que humedezca el campo, sino a que los sistemas de prevención forestales estaban preparados y han funcionado; no quiero que a otra mujer víctima de cáncer de mama le detecten milagrosamente un bulto en el pecho, sino que se lo encuentren porque los protocolos estaban perfectamente engrasados con financiación y disposición política; no quiero que en la siguiente riada haya supervivientes milagrosos, sino que un equipo de rescatistas bien entrenado esté listo y prevenido ante el cambio climático que ya se viene. Nuestra tarea es aprender de estas tragedias para dotarnos de unos recursos suficientes que nos permitan depender un poco menos de los milagros; porque está bien que la gente crea en ellos, pero también necesitamos que tengan fe en que las cosas terrenales funcionen algunas veces. Porque si no, mirad lo que pasa con los cínicos y descreídos. Sin embargo, parece que nuestros gobernantes nos dan por perdidos y prefieren dejarlo todo en las manos providenciales.
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