Opinión
Milei Rock Star wars

Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
Para ilustrar el modo en que un gran escritor desertiza un género en su propio idioma, Juan Benet explicaba que los grandes herederos de Cervantes son ingleses, los de Shakespeare rusos y los de Poe argentinos. A continuación, relamiéndose el bigote, añadía que los herederos de Goethe son alemanes, una abusiva maldad con la que no puedo estar más de acuerdo. Con los argentinos Benet se refería, por supuesto, a Borges y a Cortázar, pero también a una estirpe de cuentistas que se alarga hasta Mariana Enriquez. Lo que no pudo prever Benet de ningún modo es que el bueno de Edgar Allan Poe fuese a profetizar a Milei en algunas de sus más escalofriantes Narraciones extraordinarias. Fortunato disfrazado de bufón y riéndose como un idiota sin comprender que van a emparedarlo vivo. Frederick Usher enamorado de su hermana en un caserón en ruinas. Un mono armado de una navaja barbera.
Sin ser consciente ni responsable -que es como va por la vida-, Javier Milei también le ha hecho la competencia a Poe con dos volúmenes que él cree que son de economía. El último de ellos, La construcción del milagro, lo presentó ante quince mil personas en el Movistar Arena de Buenos Aires, precedido de un concierto más bien desconcertante en el que actuó acompañado de la llamada “banda presidencial”, formada por varios diputados, unos cuantos fans y su biógrafo oficial, Marcelo Duclós, otro destacado autor de literatura fantástica.
En el género del terror -donde le basta con la foto para poner al lector en situación-, Milei propone la descripción de un país resplandeciente, libertario y boyante bajo su mando, una utopía que contrasta con la realidad de una Argentina en quiebra técnica, con un gobierno corrupto hasta la médula y endeudada hasta los calcetines. El terror proviene de la discordia entre lo que Milei atisba en sueños y lo que Milei va dejando a su paso, entre el Israel glorioso que defiende los valores occidentales y el Israel racista y genocida de Netanyahu. Sería asombroso acceder, aunque fuese por un momento, al interior de la cabeza de Milei y ver lo que se cuece en su cráneo. Sin embargo, con asomarnos a su pelambrera ya tenemos bastante.
El concierto consistió en un espanto horrísono y desvergonzado en el que, a guisa de aperitivo, se proyectó un video de un minuto y medio donde aparece Milei en el papel de Luke Skywalker enfrentándose a Cristina Kirchner y a toda la artillería mediática en una parodia de Star Wars: el último Jedi. Aunque el video estaba hecho mediante Inteligencia Artificial, más bien parecía obra de la gilipollez congénita. Después, sin cortarse un pelo, Milei salió a berrear al escenario, destrozando una canción tras otra en una actuación que fue una mierda espeluznante de principio a fin. Podría hacerle los coros a Loquillo sin necesidad de maquillaje, a Alaska sin necesidad de cantar y a José Manuel Soto sin necesidad, aunque hay que reconocer que a Milei se le da mucho mejor la música que la política.
Quien no pudo subir a acompañarlo fue José Luis Espert, su candidato por la provincia de Buenos Aires, quien tuvo que renunciar el domingo tras verse salpicado en un escándalo por corrupción y narcotráfico. Una lástima, porque al menos podían haberlo sacado en el video de Star Wars, haciendo de Chewbacca. Sin embargo, Milei no cede el protagonismo a nadie y, sin esforzarse mucho, también rugió las partes de Chewbacca.
Al parecer, cuando era un muchacho, Milei lideró una banda de rock llamada Everest que sólo duró un par de conciertos, lo que nos parece demasiado. El nombre de la montaña más alta del mundo no era más que un esbozo de unos delirios de grandeza cumplidos en su acceso a la Casa Rosada. Pero a Milei no le basta con ser presidente de Argentina: tiene que ser también una estrella del rock, un jedi invencible, un economista magistral y un león desmelenado. De continuar su imparable trayectoria musical, Ayuso podría contratarlo el año que viene para ofrecernos otro concierto gratuito en Madrid por otro medio millón de euros. Otra cosa no, pero íbamos a reírnos un rato.
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