Opinión
Mira quién escracha ahora
Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
En Madrid se nos está yendo un poco la mano con los carnavales. A falta de chirigotas gaditanas y de macizas brasileñas son las autoridades quienes dan significado a esta fiesta ancestral echándose a la calle y vistiéndose de desharrapados. Primero fue el PP madrileño, que se ha revelado al fin como el verdadero partido antisistema, con la sede husmeada de arriba y abajo, y la presidenta Aguirre eligiendo el día de San Valentín para vestirse de doña Cuaresma. A Espe le dan un poco igual las fechas, el caso es disfrazarse. Años atrás ya se había puesto la careta de mendiga cuando aseguró que no le llegaba el sueldo a fin de mes; la del coronel Kilgore cuando se estampó en un helicóptero; la de Rambo cuando viajó a Bali en pleno ataque yihadista; y la de Mad Max a todo gas por la Gran Vía atropellando motocicletas.
En esta transvaloración de los valores tan nietzscheana y tan carnavalesca, la policía municipal ha asaltado la calle como los perroflautas y yayoflautas del 15-M, con la diferencia de que ahora son los instrumentistas de la revolución quienes desayunan en el ayuntamiento a base de alianzas, y los municipales quienes se dedican a perseguir a parcantazos a un yayoflauta. Javier Barbero, delegado de Salud, Seguridad y Emergencias se ha tomado muy mal esta algarada que, aunque nunca atentó contra su salud ni contra su seguridad, sí que por un momento tomó visos de emergencia. Le salió una protesta bastante tradicional ("¿Dónde está la policía cuándo se la necesita?"), una protesta muy poco yayoflauta.
No era para menos. Los testigos aseguran que había unos trescientos manifestantes, una cifra mítica que los emparenta con los míticos trescientos guerreros espartanos de Leónidas que se sacrificaron en las Termópilas. No obstante, la gramática del carnaval también le dio la vuelta a eso porque en este caso los trescientos valientes acosaron y abuchearon a un solo hombre indefenso, y zarandearon su coche en lugar de zarandear al ejército persa. También, en un auténtico alarde de coraje, agredieron a una periodista, le quitaron el móvil de las manos y se lo lanzaron como arma arrojadiza a otra. Tenían que demostrar de algún modo que como antidisturbios no tienen precio.
Los efectivos de la Policía Nacional no intervinieron porque debieron entender que se trataba de reivindicaciones laborales legítimas o bien de una amigable conversación entre funcionarios de distinto rango que se les había salido del despacho. El escrache resultó una perfecta demostración de afinidad ideológica y camaradería entre dos cuerpos de seguridad que son, más que nada, cuerpos. Porque eso de que la policía está para ayudar a los ciudadanos y hacer respetar el orden y la ley hay que matizarlo mucho, según reza esa frase popular: "Depende cuál". Los nacionales se encontraron con el problema ontológico de identificarse a sí mismos, igual que en aquella gloriosa ocasión en que la emprendieron a hostias contra el pueblo y un elemento incrustado entre el populacho precisó: "¡Que soy compañero, coño!". Por lo demás, llegan a venir trescientos polis más y en vez de un escrache montan un golpe de ayuntamiento.
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