Opinión
Cómo miran los españoles a China

Por Pedro Barragán
Economista y asesor de la Fundación Cátedra China
-Actualizado a
En los últimos años, China ha pasado de ser una desconocida a convertirse en un foco de atención en España. Ese interés es real y se percibe en las conversaciones y en las noticias y opiniones de prensa.
Se percibe también en la asistencia a conferencias, en la venta de libros sobre el tema y, sobre todo, en el tipo de preguntas que el público formula en estas conferencias. En el caso de las presentaciones que voy haciendo estos meses de mi libro sobre China está participando una audiencia diversa y más numerosa de lo habitual, atraída principalmente por descubrir cómo el libro explica el desarrollo económico tan espectacular que el país ha logrado en tan poco tiempo y de qué forma el socialismo ha aventajado al capitalismo a la hora de resolver los problemas de la sociedad.
Las preguntas no se centran tanto en debates ideológicos como en hechos tangibles. ¿Cómo ha sido posible que una economía que hace apenas cuatro décadas tenía un peso reducido en el comercio internacional y estaba sumida en la pobreza, sea hoy una de las principales potencias globales? ¿Qué papel ha desempeñado el Estado y el socialismo en esa transformación? ¿Cómo se planifica el crecimiento de ciudades que parecen surgir a una velocidad vertiginosa?
La magnitud del crecimiento chino impresiona. Desde finales del siglo XX, el país ha experimentado tasas de expansión económica que no tienen precedentes en la historia por su duración y su alcance. Cientos de millones de personas han salido de la pobreza y se ha formado una amplia clase media urbana con capacidad de consumo, educación superior y movilidad social. Para muchos observadores españoles, acostumbrados a ciclos económicos más inestables y a un crecimiento moderado, la comparación resulta inevitable.
Ese desarrollo no se entiende sin el protagonismo del modelo político y económico liderado por el Partido Comunista. El llamado socialismo con características chinas ha combinado planificación estratégica, apertura selectiva al mercado y una fuerte inversión pública en infraestructuras. Este equilibrio, que desde fuera puede parecer contradictorio, ha permitido coordinar recursos a gran escala y orientar el crecimiento hacia sectores considerados prioritarios.
El resultado más visible de esta transformación se encuentra en sus ciudades.
Shanghái es uno de los símbolos más potentes del nuevo poder económico chino. El distrito financiero de Pudong, con sus rascacielos futuristas y su intensa actividad bursátil, proyecta una imagen de modernidad y confianza. Las infraestructuras de transporte, desde el metro hasta los trenes de alta velocidad, muestran una capacidad de ejecución que despierta admiración.
Shenzhen representa quizá el ejemplo más impactante. En poco tiempo ha pasado de ser una pequeña localidad de poco más de 300.000 habitantes a convertirse, con sus más de 17 millones de habitantes actuales, en uno de los mayores polos tecnológicos del mundo. Hoy alberga empresas innovadoras, centros de investigación y una intensa actividad industrial de alto valor añadido. Lo que en España se debate durante años en términos de planes estratégicos, allí se ha ejecutado a gran escala en un tiempo récord. Esta rapidez alimenta el interés y también la reflexión.
El desarrollo urbano no es solo una cuestión estética. Detrás de las ciudades hay una apuesta sistemática por la infraestructura como motor económico. Autopistas, puertos, aeropuertos y redes ferroviarias conectan regiones enteras y reducen los costes logísticos. El tren de alta velocidad, por ejemplo, ha tejido una red que une las grandes ciudades en pocas horas, facilitando la movilidad laboral y el intercambio comercial. 50.000 km de alta velocidad que contrastan con los 10.000 km de alta velocidad que totalizan el resto de países del mundo juntos. Para el público español, donde las infraestructuras están rodeadas de debate político y limitaciones presupuestarias, la escala china resulta impactante.
Otro elemento que despierta especial atención es la planificación a largo plazo. Los planes quinquenales, instrumentos clásicos del socialismo, siguen siendo la herramienta central para fijar los objetivos económicos y sociales y sirven para orientar inversiones masivas en sectores estratégicos como la energía renovable, la inteligencia artificial o la industria avanzada. Esa capacidad de definir prioridades y movilizar recursos de forma coordinada es, sin duda, una de las claves del éxito.
En las presentaciones del libro, muchas preguntas se refieren a los logros sociales que han acompañado al crecimiento. Porque no se trata solo de estadísticas o de porcentajes del PIB. La expansión del acceso a la educación, con el 59% de los jóvenes matriculándose en la universidad, el refuerzo y modernización de los servicios sanitarios, con unos ratios de salud y una esperanza de vida que sobrepasa a la de EE. UU. desde hace ya unos años, y una urbanización planificada a gran escala, son hechos que han cambiado de forma tangible la vida de cientos de millones de personas en apenas una generación. Y, sin ninguna duda, esta transformación ha constituido el mayor proceso de mejora social de la historia reciente de la humanidad. Un avance que ha sido posible gracias a la organización socialista del país.
Este punto despierta un interés particular en España. Mientras en Europa asistimos a un deterioro del Estado del bienestar y a un recorte de las prestaciones sociales, China ofrece un panorama distinto, el de un Estado fuerte que impulsa y dirige el desarrollo, con la reducción masiva de la pobreza, la modernización industrial y la satisfacción de los derechos sociales como prioridades centrales. Las necesidades sociales se abordan como derechos humanos y no como elementos financieros. La vivienda, por ejemplo, es para vivir y no para especular y el 70% de los jóvenes chinos son propietarios de su vivienda, mientras en España tan solo el 30% de los jóvenes de menos de 35 años acceden a la propiedad de la vivienda y se encuentran ante unos precios y alquileres totalmente abusivos que les impiden su emancipación.
A este debate se suma otro aspecto que genera también una creciente atención como es el esfuerzo por reducir la contaminación y liderar la transición energética mundial. Tras unos años iniciales de crecimiento acelerado con elevados costes ambientales, China ha desplegado un plan sistemático para garantizar la calidad del aire en las ciudades, cerrar industrias contaminantes y apostar por las energías renovables a gran escala. Hoy es el principal inversor mundial en energía solar y eólica, y ha convertido la movilidad eléctrica y las energías limpias en sectores estratégicos.
La tecnología es otro escaparate del éxito económico chino. En los vídeos ampliamente compartidos a través de las redes sociales se observan pagos móviles generalizados, ciudades iluminadas por sistemas inteligentes, logística automatizada y plataformas digitales integradas en la vida diaria. Avances espectaculares en inteligencia artificial (IA) que además se realizan en código abierto para su aplicación a nivel internacional, frente a los desarrollos cerrados de la IA norteamericana. Estos avances los percibe el público español como una innovación global que sitúa a China en la vanguardia tecnológica.
En este sentido, mi experiencia sobre la afluencia y las preguntas del público en los actos sobre China revela una toma de conciencia de los cambios que se están produciendo en el mundo. El desarrollo espectacular de sus ciudades, la rapidez en la ejecución de los proyectos y los logros sociales del socialismo chino, difundidos a través de imágenes, estadísticas y testimonios, despierta preguntas y un deseo creciente de información.

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