Opinión
Mirar a la muerte

Escritora y doctora en estudios culturales
Hace unos días, recibí la aciaga noticia de que el padre y la hermana de un amigo muy cercano, el poeta extremeño Daniel Casado, habían fallecido en un accidente de tráfico. A Cayín y a Laura (menciono sus nombres porque la información es pública), de 74 y 48 años respectivamente, yo apenas los conocía; guardaba el grato recuerdo de una cena en común, pero nuestro contacto no sobrepasó aquella noche sentados en la terraza de un bar. Sin embargo, el dolor lograba colárseme por dentro a través del pesar de Daniel, mediante esos extraños mecanismos de trasferencia afectiva que nos vuelven radicalmente humanos: sufrimos con y por los demás, nos dolemos en una suerte de cadena simbiótica, un juego de manos trenzadas, justo lo que torna el vacío de la pérdida soportable en quienes lo sienten directamente. Al menos, no están solos, aunque el consuelo colectivo no sirva para curar ese corte en canal.
Desde el momento en que ocurrió la tragedia, no he parado de pensar en esa familia: cómo haré para expresar mis condolencias sin que las palabras se agarren a la superficialidad de una fórmula lingüística; ¿debería llamar por teléfono o mandar audio? –ya que me era imposible acudir al funeral–; y, sobre todo, de qué manera se asimila lo innombrable, transcurrido repentinamente y, en este caso, por partida doble. Ahora vives y ahora no, basta un segundo para el tránsito: en el fondo, aquel suceso nos devolvía el espejo de nuestra propia vulnerabilidad, a la que nunca queremos mirar a los ojos. Memento mori.
El psicoanálisis ha explicado la muerte desde una negación reiterada: para seguir viviendo, necesitamos obcecarnos en su inexistencia. Nadie da a luz imaginando que su descendencia fallecerá algún día; hasta en mitad de una guerra, las mujeres empujan al bebé como si fuese la única verdad disponible, y es esta falsa certeza la que también actúa con nuestro propio devenir: el fin les llega siempre a los otros. Sólo en la lucidez labrada de los ancianos comienza a despedazarse el dogma de la negación y, cuando esto pasa a edades tempranas, nuestras sociedades suelen correr a diagnosticar alguna patología: los deprimidos, los hipocondríacos… conservan una proximidad con la muerte que se tilda de preocupante; es preciso eliminarla, medicalizarla, aunque responda a la más cruda cordura.
¿Seremos capaces de pensarnos mortales? El dualismo cartesiano terminó de consolidar la separación entre el cuerpo y la mente, y así parece que la sangre espesa, el azúcar o la velocidad no tienen nada que ver con mi voluntad: quiero y afirmo continuar hacia adelante, como si eso fuera suficiente. El problema es que va pasándonos factura la falaz intención de infinitud, cada vez más desbocada en pleno paradigma posthumanista. El duelo apenas ocupa un lugar minúsculo, porque interrumpe la productividad y los sujetos que aún respiran son obligados a desdeñar su propia aflicción: "que te recuperes pronto", se dice; ¿cómo?, ¿si esa oquedad es constituyente? Los cadáveres se entierran rápido para que no percibamos las huellas de su descomposición; el factor salud pública es innegable, pero también la ineptitud social para contemplar lo que ya no es bello, ni activo, ni alegre. Han desaparecido vetustos rituales que dignificaban a los ancestros a través de objetos sagrados, desfiles o cantos fúnebres; la autoridad –que basa su sentido en la hilatura con el pasado– ha sido sustituida por la inmediatez; en general, la flecha del tiempo se ha roto, según argumentaba el sociólogo Richard Sennett, y, entonces, tampoco podemos concebirnos como futuro.
Cayín y Laura me han evocado una disyuntiva histórica que transciende sus tristísimas circunstancias. Mi cuerpo y el tuyo, pequeños suspiros fugaces; nadie quiere mirar, hasta que forzosamente nos arrancan los párpados, y así se articula nuestra no-visión del mundo. Buena parte de Europa acaba de atravesar temibles alertas por calor; en Francia y en Gran Bretaña se han batido récords de temperatura para el mes de mayo. En España, se han producido durante los últimos días más de 60 decesos atribuibles a los termómetros sólo en el norte; escribo desde un Sur que ya ha llegado a 40 grados, el verano precoz que cada vez nos sorprende antes y sólo se aleja en octubre. Creemos, como acostumbra nuestra especie en la era contemporánea, que la boca del abismo jamás se nos aparecerá mostrando sus dientes implacables, y en la opción de ignorar lo inexorable vamos transcurriendo sin tomar medidas. Partícipe de la civilización que construye el camposanto a gran distancia de las viviendas, la evidencia científica reposa detrás de un muro blanco, debajo de una losa, invisible. Pero… memento mori.
He decidido abanicarme esta noche tórrida y cantar por Enrique Morente: "a la hora de la muerte, que no ponérmela a mí delante… que, como la quiero tanto, el corazón a mí se me parte". El flamenco quizá sea de los pocos antídotos posibles contra la ceguera colectiva; ojalá su melodía alcance, entre otros, el corazón de mi amigo y los huesos de su pena.

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