Opinión
Morrissey, el faro de los inadaptados que no se apaga

Por Enrique Aparicio
Periodista cultural y escritor
Una camisa amarilla, amarillísima, envolvía a un señor que no había visto nunca y que cantaba ante miles de personas en un festival. Yo tenía 15 años y por supuesto no entendía ni papa de lo que decía en inglés aquel cantante, pero su presencia magnética y sus gestos, al estilo de un Raphael testosterónico, bastaron para capturarme. Pasó bastante tiempo hasta que pude comprender las letras de Morrissey, pero su críptico mensaje llegó clarísimo a mis oídos adolescentes.
Desde aquel concierto del FIB de 2006 retransmitido por La 2 –ay, esa época en la que la música aún importaba en televisión, más allá de recopilatorios de archivo– y hasta el miércoles pasado, cuando fui una cabecita más de las miles que coreaban las canciones de Steven Patrick Morrissey en Madrid, el influjo del cantante de Manchester ha sido para mí y para tantos tan crucial como incómodo en ocasiones. El vocalista es como ese amigo de juventud al que nunca podremos no querer, por más que nos descoloque con alguna de sus estrambóticas salidas.
Fui uno de esos adolescentes dolidos por su propia pubertad, que se escudaron en un abandono de la normalidad como si sentirse incomprendido a los veinte años tuviera algún mérito. Por supuesto, Morrissey se convirtió muy pronto en mi patrón, porque alguien que escribió los versos "si eres tan gracioso, / ¿por qué estás solo está noche? / Porque esta es como cualquier otra noche, / por eso estás solo", se convierte automáticamente en el faro moral de quienes creen que nadie estará nunca a la altura de su rareza.
No creo que ningún otro letrista haya capturado con tanta puntería como el mancuniano esa angustia existencial de la primera juventud. Sus canciones son perfectas para tumbarte en tu habitación y sentirte el ser más solitario del planeta; de esas que uno no puede entender que no estén escritas especialmente para ti. Otro ejemplo: "hay una discoteca a la que podrías ir, / quizás conozcas a alguien que te quiera de verdad. / Así que vas, y te quedas ahí de pie tú solo, / y después te marchas solo, / y llegas a casa, y lloras y te quieres morir".
Los pocos datos que sabíamos sobre la propia vida de Morrissey, al menos hasta su Autobiografía publicada en 2013, alentaban esa existencia desencantada del mundo y de los demás. Se declaraba célibe, decía que prefería tomar el té a intimar con una persona, y llegó a firmar un tema titulado algo así como "inquerible" (Unloveable). Todo esto mientras era un ser adorado por medio mundo, y gran sex-symbol para millones de hombres y mujeres, lo cual solo aumentaba su leyenda.
Pero los años fueron pasando, sus fans fuimos madurando, y en los últimos tiempos hemos tenido que encajar declaraciones racistas, un pin de un partido de extrema derecha británico y, cómo no, sus míticas cancelaciones (me pillaron la del año pasado en Madrid y la de Valencia, igual de catatónico que como se declaró el cantante). Seguir siendo fan de Morrissey ha supuesto medir continuamente ese equilibrio tan delicado entre obra y creador, y aunque sus canciones son para muchos de nosotros indistinguibles de nuestra propia existencia, el de Manchester ciertamente no nos lo ha puesto fácil.
Pero poco importa todo eso cuando se apagan las luces y aparece la persona que mejor ha iluminado los rincones de nuestra soledad, durante la adolescencia o más allá de ella. Por más que sus seguidores nos hayamos considerado solo personas a medias, nada más humano que conectar con alguien que nos lleva indicando un camino posible por la vida durante décadas, aunque hayamos aprendido que muchas veces era mejor no hacerle caso.
Que durante sus conciertos se proyecten imágenes Oscar Wilde, Pier Paolo Pasolini o James Baldwin me ha hecho entender mejor su posición ante el mundo, ahora que sé mucho más que ese chaval de 15 años hipnotizado por una camisa amarilla. Morrissey se quiere unir a la estirpe de genios (homosexuales) incomprendidos y perseguidos de la historia, y ha hecho méritos para añadirse a tan admirable pléyade de creadores. La duda es si quienes encarcelaron a Wilde, asesinaron a Pasolini y obligaron al exilio de Baldwin se encuentran hoy delante o detrás de aquel pin, y de las opiniones del "apolítico" cantante.
Más allá de su deriva ideológica –conjunto de palabras que cada vez hay que usar con más y más ídolos–, el resplandor de aquel chaval de Manchester que vivió obsesionado con las estrellas del pop hasta que él mismo se convirtió en una, sigue haciendo brillar a una de las luminarias más particulares de la cultura mundial del último medio siglo. Y, aunque nuestras noches ya no estén marcadas por el vacío de la pubertad, es muy reconfortante que haya luces que nunca se apaguen, aunque ya no las usemos para guiarnos.


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