Opinión
La muerte como estrategia política

Escritora y doctora en estudios culturales
-Actualizado a
El pasado fin de semana acudí con mi madre y mi tía a visitar la tumba de mis abuelos. Comenzaba a anochecer sobre un camposanto que alterna hileras de cipreses con olivares y las flores que depositan los seres queridos (a veces, plantadas en maceteros: para que sobrevivan mucho tiempo), y esa experiencia comunitaria en torno a mis ancestros, pero también junto a las vecinas que subían a abrillantar otros nichos con paños y agua jabonosa, me transmitió un apego profundo a la vida, así como cierta esperanza. Celebrábamos unos huesos amados, unas trayectorias que –en muchos casos– habían superado con creces la edad octogenaria, en un país cuyo bienestar ha logrado en las últimas décadas longevidades extremas y vejeces dignas. Al día siguiente de mi visita, las ciudades de Sevilla y Valencia nos ofrecían imágenes distintas, contrarias en su intencionalidad a la mía del cementerio, pero relacionadas igualmente con la semántica de la muerte: decenas de miles de personas protestaban por la gestión nefasta de dos comunidades autónomas; la de Andalucía, en cuanto a los cribados del cáncer de mama, y la de la dana en la región del Turia. Frente al primoroso duelo capaz de crear vínculos, la queja colectiva por lo que jamás debió ocurrir, los fallecimientos relacionados con el desmantelamiento de la sanidad pública, o con la negligencia frente a las inundaciones.
En la distancia que media desde los huesos honrados con cariño y la práctica deliberada de la necropolítica habita un paradigma de gobierno. En otras palabras: una puede reivindicar con calma la ritualización de los suyos caídos en la paz de las leyes naturales, pero cuando esos féretros se convierten en señales de un fin prematuro, ya no caben el dolor pausado por la pérdida ni el sosiego; más bien, todo ello se transforma en rabia, la que nace de comprobar que la ineptitud cercena biografías precozmente, y en la maraña burocrática de la articulación del Estado –con sus competencias transferidas a las autonomías–, la responsabilidad se diluye hasta terminar en impunidad. Desde el comienzo de mi edad adulta, he comprobado cómo esa tendencia se acentuaba, primero con la crisis de 2009, a pesar de los años caracterizados por las manifestaciones constantes y ubicuas, hasta ahora. He visto cómo aquella frase famosa de Donald Trump, según la cual podría disparar a gente en la Quinta Avenida (de Nueva York) y no perder votos, se volvía gigante y traducida a nuestra geografía gracias a una alienación social que impide penalizar con el sufragio a quien ejecute tales agravios. Y estoy empezando a creer que salir a la calle masivamente, si bien resulta inspirador y ayuda a tejer el tapiz de la ciudadanía, no surte los efectos de antaño, pues la desinformación desteje, al menos parcialmente, la fuerza necesaria para que dimitan los presuntos criminales.
Ése es, precisamente, el paradigma del que hablo: el del incumplimiento de los derechos humanos, el del trote electoralista a base de negar la evidencia y fabricar bulos favorables que luego el algoritmo y la ignorancia se encarguen de viralizar, el de asumir de manera acrítica la mentira de los medios y, quizá sin saberlo, favorecer tu sufrimiento temprano, tu deceso o el de tu gente. Ingenuamente, a veces me gustaría interpelar a la moral de ciertos altos cargos, pero, a sabiendas de que tal cosa resultará inefectiva, le lanzo el mensaje a esas personas que han entendido perfectamente el vaivén de la historia hacia un neoliberalismo homicida; a quienes atestiguan el uso de la muerte como estrategia política –el paso del buen gobierno, la biopolítica de Foucault, a los impulsos cinerarios de los que hablaba Achille Mbembe–; asimismo, a los indiferentes que no votan porque "todos son iguales" o el desencanto los disuade, o no creen en el sistema, pero acuden a un hospital público cuando enferman o esperan que los bomberos los rescaten de un incendio. Despertar del pasaje tenebroso que atravesamos pasa por las protestas, pero también por una pedagogía cotidiana que mutile la carga deletérea de los universos digitales. Pasa por el asociacionismo, las reuniones de trabajo, el ejercicio de la libertad de expresión, y la comprensión de las realidades comunicativas, políticas y militares internacionales; pasa por intentar no caer en la abulia del vencimiento.
Cuando mis abuelos eran pequeños, los antibióticos casi no se conseguían. La mortalidad infantil y la materna eran tan altas que eso configuraba una percepción de la vida desde su fugacidad y designio divino, no desde los derechos. La medicina, lujo de pago para unos cuantos, apenas goteaba en algunas vías de caridad hacia las clases populares. Aunque en algunos aspectos mejoramos mucho, hoy contamos con una situación de salud pública precaria agravada por la emergencia ecológica, que nos trae lluvias torrenciales, fuegos virulentos, sequías duraderas, y también la posibilidad aumentada de epidemias, sustancias tóxicas omnipresentes y altísimos niveles de contaminación. Es decir, la administración necropolítica de nuestros cuerpos se ve acentuada por unas circunstancias climáticas inauditas, y siento que todas las energías ciudadanas son necesarias para detener este desastre multiplicado o, muy pronto, las inscripciones en las lápidas destacarán por su juventud, y quizá ya nadie venga a limpiarlas en estas fechas tan señaladas, porque el día de Todos los Santos, de los Muertos, se habrá consolidado como normalidad.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.