Opinión
El Estado para la muerte

Investigador científico, Incipit-CSIC
La derecha antisistema insiste una y otra vez, que su enemigo es el Estado. En su fantasía distópica, el Estado es un monstruo totalitario que se inmiscuye en la vida íntima de los ciudadanos, pretende controlar sus cuerpos y mentes y les extorsiona exigiendo cantidades desorbitadas de dinero que despilfarra sin ningún sentido. Es necesario acabar con el monstruo reduciéndolo a su mínima expresión, un mini-Estado inofensivo para que la gente pueda disfrutar de sus vidas y sus recursos en plena libertad.
Es mentira, por supuesto.
Que la derecha radical no tiene ningún interés en desmontar el Estado lo demuestra cada día el gobierno de Donald Trump. El Estado, bajo Trump es, si acaso, más intrusivo, las libertades más limitadas. Mientras, ingentes cantidades de dinero público se invierten en perseguir a la gente en el país e iniciar guerras absurdas en el exterior. El presupuesto de la policía de inmigración se ha incrementado de 6.000 a 85.000 millones de dólares. Y el de defensa se duplicará este año hasta alcanzar 1,5 billones.
Curiosa manera de limitar el Estado y recortar gasto
Ya lo he dicho en otras ocasiones: el modelo de la derecha radical no es un Estado reducido, sino un Estado rearticulado -y en muchos sentidos, reforzado. Un Estado que ha abandonado la biopolítica constitutiva de todos los regímenes occidentales desde mediados del siglo XIX para abrazar la necropolítica.
Si la biopolítica buscaba alentar y gestionar la vida (a través de la sanidad, la higiene o la formación de los ciudadanos), a la necropolítica le concierne básicamente la muerte: quién tiene derecho a vivir y quién debe morir, bien por acción directa del Estado, bien por dejación de sus funciones biopolíticas. Por eso mientras recorta los servicios sanitarios y la educación (lo que perjudica a la población más vulnerable), incrementa el gasto militar y policial. En última instancia, como en el despotismo clásico, el Estado ultraderechista invierte prioritariamente en violencia: la que sostiene su existencia y la de las clases privilegiadas a las que sirve.
La derecha radical, pues, miente cuando promete eliminar el Estado. Lo que pretende es justo lo contrario: reforzar su papel represor hasta extremos dictatoriales.
También miente cuando asegura defender la libertad individual frente a la intromisión estatal. También aquí hace exactamente lo contrario de lo que dice.
Lo hemos visto con claridad en el caso de la eutanasia de Noelia Castillo. La ultraderecha (y parte de la derecha tradicional) ha salido en tromba a criticar el derecho último de Noelia a disponer libremente de su vida. También eso es necropolítica: que el Estado decida cuándo y cómo debe uno morir. No se me ocurre intromisión más violenta y obscena en la intimidad de los ciudadanos.
Hasta aquí he hablado de la necropolítica jurídica, por así decir: la que regula las competencias del poder estatal como poder soberano. Pero existe también una necropolítica afectiva que impregna ya nuestra vida cotidiana.
Casi todo cuanto celebra la extrema derecha implica la muerte: el recorte de la ayuda humanitaria, las guerras de agresión, el imperialismo, el genocidio de Gaza, la desaparición de migrantes en el mar, la destrucción de ecosistemas vitales. Es aquí, en la puesta en práctica de las políticas de la muerte, donde se manifiestan de forma más visceral las emociones políticas: el odio y el resentimiento, pero también el entusiasmo y la alegría -esos vídeos de fanáticos israelíes celebrando la destrucción de Palestina.
No es nuevo. El nihilismo necropolítico lleva siendo parte de la ultraderecha desde sus inicios, cuando los Freikorps protonazis hicieron de la calavera su símbolo y los legionarios españoles se declararon novios de la muerte.
Frente a la política de la muerte nos toca defender la vida. Y celebrarla. Como mínimo con tanta pasión como ellos celebran la muerte.
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