Opinión
Por qué necesitamos la filosofía para sobrevivir como especie

Hoy 20 de noviembre se celebra, como todos los terceros jueves de noviembre, el Día Mundial de la Filosofía. Aprovechemos entonces la oportunidad para recordar qué es la filosofía en su faceta más básica.
Alain Badiou comienza La verdadera vida con la provocativa afirmación de que, a partir de Sócrates, la función de la filosofía es corromper a la juventud, apartar a los jóvenes del orden ideológico y político predominante. Dicha "corrupción" es especialmente necesaria hoy en día, en nuestro Occidente liberal permisivo, en el que, mayoritariamente, los ciudadanos no son conscientes siquiera de que el establishment los está controlando precisamente cuando parecen ser libres: la falta de libertad más peligrosa es aquella que experimentamos como libertad, o, como dijo Goethe hace dos siglos: "nadie está más desesperadamente esclavizado que el que se cree libre sin serlo". ¿Es realmente libre el libertario que trabaja para destruir la gruesa red social de costumbres que le permite prosperar?
La revolución socrática tiene dos elementos distintivos. En primer lugar, supone una reacción a la crisis general de la vida social griega; una crisis personificada, para Sócrates, por la popularidad generalizada de los sofistas, creadores de vacíos trucos retóricos y promulgadores de la decadencia experimentada por la tradición de la polis. En segundo lugar, lo que Sócrates opone a esta decadencia no es un simple retorno al pasado glorioso, sino una autorreflexión radical. Su procedimiento básico es la repetición infinita de la fórmula: ¿qué quieres decir exactamente con… la virtud, la verdad, el bien, y nociones básicas similares? Hoy en día necesitamos plantearnos las mismas cuestiones: ¿qué queremos decir con términos como igualdad, libertad, derechos humanos, ciudadanía, solidaridad, emancipación y otros similares que usamos para legitimar nuestras decisiones? Pensar hace que, cuando nos enfrentemos a la crisis ecológica, no nos centremos solo en salvar la naturaleza, sino que nos preguntemos también qué significa hoy la naturaleza. Con el avance de la IA, no basta con preguntar si las máquinas son capaces de pensar, deberíamos también preguntar qué significa realmente el pensamiento humano. Y en esto deberíamos seguir a Descartes: su afirmación de que Dios podría haber decidido que 1+1 no fuesen 2 no supone una regresión al oscurantismo, sino el comienzo de la ciencia moderna, que se da cuenta de la contingencia presente incluso en nuestras verdades más evidentes.
Observemos un ejemplo sencillo pero extremo de qué significa ese pensamiento. El 12 de junio de 2025, el Vuelo 171 de Air India, que se dirigía del aeropuerto de Ahmedabad, en India, al aeropuerto de Gatwick en Londres, se estrelló 32 segundos después del despegue. Fallecieron los 12 tripulantes y 229 de los 230 pasajeros. Al caer dejó también otras 19 personas muertas y 67 heridas que se encontraban en tierra. Cuando la aeronave alcanzaba la velocidad máxima de 180 nudos (330 km/h) registrada en el vuelo, 3 segundos después del despegue, los dos mandos de control del combustible se movieron secuencialmente de activado, run, a interrumpido, cutoff, con un segundo de diferencia. Ambos motores se apagaron de inmediato, y dejaron de impulsar a la aeronave. La investigación condujo a una conclusión aterradora: la causa de la catástrofe no fue personal (error del piloto) ni mecánica, sino puramente digital. Por algún error de comunicación entre las diferentes partes de su maquinaria digital, el sistema que regula el avión fue informado simultáneamente de que estaba todavía en tierra y de que estaba ya en vuelo; enfrentado a esa información contradictoria, el sistema digital "jugó a lo seguro" como lo haríamos nosotros ante una máquina que funciona mal: no sabiendo qué pasaba, decidió pararla. No es, por lo tanto, que el sistema digital creyese que el avión estaba todavía en tierra: no sabía si estaba en tierra o en el aire, y lo desactivó. También impidió la intervención de los pilotos, porque pensó que uno de ellos podía accionar accidentalmente el interruptor del combustible… En resumen, la catástrofe estuvo causada por las propias medidas preventivas establecidas para evitarla. Lo que el sistema digital no pudo hacer fue tomar una simple decisión que hasta un mal piloto podría haber tomado: ves que el avión está en el aire, de modo que cambias el interruptor del combustible a la posición de run.
En este caso deberíamos oponer al cuestionamiento socrático la "rectificación de nombres" confuciana. El análisis efectuado por Confucio acerca de la falta de conexión entre las cosas y sus nombres fundamenta la necesidad de superar esta carencia: "Si el lenguaje no es correcto, lo que se dice no es lo que se quiere decir; si lo que se dice no es lo que se quiere decir, lo que debe hacerse queda sin hacer; si esto permanece sin hacer, la moral y el arte se deteriorarán; si la justicia se extravía, la gente se sumirá en una confusión desvalida. Por lo tanto, no debe haber arbitrariedad en lo que se dice". En claro contraste con esta actitud, la tradición socrática es plenamente consciente de que pensar significa en realidad pensar en un lenguaje contra el lenguaje para, de este modo, destruir la ideología inscrita en nuestro lenguaje.
Ya Demócrito, el atomista presocrático, recurrió a un maravilloso neologismo: den. Los griegos antiguos tenían dos palabras que significaban nada, meden y ouden, que hacen referencia a dos tipos de negación: ouden es una negación factual, algo que no es pero podría haber sido; meden es, por el contrario, algo que en principio no puede ser. De meden llegamos a den, no simplemente negando la negación presente en meden, sino desplazándola o, mejor dicho, complementándola con una sustracción. Es decir, no llegamos a den quitando todo el prefijo negativo, sino solo las dos primeras letras: meden es med’hen, la negación de hen (uno): no-uno. Demócrito llega a den quitando solo el me y creando así una palabra totalmente artificial, den. Den no es, por lo tanto, un no-ente sin el "no"; no es un ente, sino un "oente", un algo, pero todavía dentro del ámbito de la nada, como un muerto viviente ontológico, una espectral nada-con-apariencia-de-algo. O, como expresó Lacan: "¿Nada, quizá? No… quizá nada, pero no nada". Wisman lo dijo concisamente: "el ser es un estado privativo del no-ser", es decir, el ser se convierte en oente al sustraerle algo al no-ente.
Esta es la forma de pensar en el lenguaje contra el lenguaje. Resulta crucial observar cómo, en contra el impulso wittgensteiniano tardío hacia el lenguaje ordinario, hacia el lenguaje como parte de un mundo de la vida, el materialismo comienza incumpliendo las reglas del lenguaje ordinario, pensando en contra del lenguaje. Hoy en día, el verdadero sofista antiplatónico es, por supuesto, Donald Trump. En la primera página de su República, Platón describe maravillosamente cómo tratan los populistas trumpistas (representados aquí por Polemarco) a sus oponentes (representados aquí por Sócrates, el narrador):
«Polemarco me dijo: "Percibo, Sócrates, que tú y tu compañero os dirigís ya a la ciudad". "No andas muy descaminado", le dije". "¿Pero veis –me contestó– cuántos somos?" "Por supuesto", "¿Y sois más fuertes que todos estos? Porque si no, tendréis que quedaros donde estáis" "¿No cabría la alternativa –le dije– de que logremos convenceros de que nos dejéis pasar?" "¿Pero podréis convencernos, si nos negamos a escucharos?", dijo él. "Por supuesto que no", respondió Glaucón. "Entonces podéis estar seguros de que no os vamos a escuchar"».
La actitud de simplemente no escuchar a tu oponente (si eres más fuerte que él) la hallamos una y otra vez en la gran política, e incluso en la filosofía, hoy en día. Una de las críticas habituales a Hegel es que la noción de progreso dialéctico presupone el impulso de seguir pensando, para extraer todas las consecuencias de un pensamiento o una actitud específicos: por ejemplo, si eres ascético, pensar acerca del ascetismo te hará comprender que es una actitud egoísta: estás completamente centrado en ti mismo, intentando con desesperación borrar todos los restos de placer y disfrute… Pero Hegel lo sabe: ya al comienzo de su Lógica, que analiza el orden lógico de las categorías de pensamiento puras sin presuposiciones empíricas, observa que la Lógica se basa, no obstante, en un (en definitiva contingente) acto de voluntad, una decisión voluntaria de pensar. Un individuo ascético puede decir simplemente: "Vale, soy realmente un egoísta, pero no me importa. Me niego a pensar qué implica mi ascetismo, acepto sin más que esto es lo que soy".
Esta negativa a escuchar y/o pensar no es solo una gran decisión primordial; tiene lugar continuamente en nuestra vida. Quienes apoyan a Israel simplemente pasan por alto todos los argumentos obvios de que está llevando a cabo un genocidio, los tachan sin más de mentiras antisemitas. Yo me enfrento también, una y otra vez, a una negativa similar a pensar: cuando recientemente enumeré los argumentos para sostener que nos encontramos en una crisis medioambiental, la respuesta que obtuve fue una variación de "puedes estar seguro de que no vamos a escuchar", y la explicación breve era que la lucha contra el calentamiento planetario era una campaña motivada por razones ocultas (destruir la prosperidad de Occidente). En este sentido, Trump declaró, en el discurso pronunciado ante la Asamblea General de Naciones Unidas el 23 de septiembre de 2025, que el cambio climático es "la mayor estafa jamás perpetrada en el mundo". Esta actitud se basa en una noción precisa de justicia articulada dos páginas después por Trasímaco, cuando dice: «Proclamo que la justicia no es más que el interés del más fuerte», para explicar a continuación lo siguiente:
«Las diferentes formas de gobierno hacen leyes democráticas, aristocráticas o tiránicas teniendo en cuenta sus diferentes intereses; y estas leyes, hechas por ellos para sus propios intereses, son la justicia que imponen a sus súbditos, y a quien las incumple lo acusan de transgredir la ley y de ser un injusto. En todos los Estados hay el mismo principio de justicia, que es el interés del gobierno; y como se supone que el gobierno debe tener el poder, la única conclusión razonable es que, en todas partes, la justicia tiene un principio, que es el interés del más fuerte».
¿Acaso no es esto, de nuevo, política al más puro estilo trumpiano? ¿No es la justicia que Trump impone en Oriente Próximo y en Ucrania…? Y en esto no es el único. El 3 de julio de 2025, el ministro de Exteriores chino, Wang Yi, reconoció ante el máximo representante diplomático de la Unión Europea que Pekín no puede aceptar que Rusia pierda la guerra contra Ucrania, porque esto permitiría a Estados Unidos dirigir toda su atención contra China. Un funcionario informado acerca de las conversaciones afirmaba, contradiciendo la posición pública de neutralidad de Pekín en el conflicto, que los comentarios privados de Wang sugerían que Pekín tal vez prefiera una guerra prolongada en Ucrania, que impida a Estados Unidos centrarse en su rivalidad con China. Las ilusiones acerca de China –la idea de que, pese a todas sus características problemáticas, desea la paz y la cooperación mundial, y que incluso se rige por cierta noción de justicia– se vienen irrevocablemente abajo: China ha dejado claro que desea la continuación de la prolongada y devastadora guerra que destruye todo un país porque la paz puede perjudicar a sus intereses económicos. Manifestar en público un deseo tan brutal es algo que cualquiera esperaría más bien de Trump.
Una conclusión que podemos sacar de esto es que, hoy en día, necesitamos la filosofía más que nunca. La necesitamos para sobrevivir como humanos. Por ingenuo que pueda parecer, no podemos sobrevivir sin cierta noción de justicia que trascienda a las consideraciones pragmáticas de supervivencia. Y necesitamos reflexionar acerca de qué puede significar el término justicia hoy en día.
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