Opinión
La neofascistización de nuestras sociedades

Por Albert Noguera
Jurista y politólogo
-Actualizado a
La agresión imperialista contra Venezuela ha dado una vuelta de tuerca más a una transformación que viene desarrollándose desde hace ya algunas décadas, la de la autocratización neofascista de nuestras sociedades. La noción de autocratización se refiere a un proceso inverso a la democratización y puede adoptar múltiples formas, entre ellas, la tecnocratización, la securitización, la judicialización de la política, etc. No obstante, la forma dominante en nuestro tiempo es la neofascistización, entendida como la normalización social cotidiana de la excepción, la suspensión del Estado de derecho y de los derechos fundamentales. Pero ¿cómo se produce este proceso y a través de qué estructuras jurídicas se articula?
La autocratización neofascista opera en dos niveles interrelacionados, pero muy distintos en su forma de manifestarse. El primero, superficial, es el más visible y reconocible. Se encarna en líderes, partidos y decisiones políticas identificables, y en un uso concentrado y voluntarista del Derecho fácilmente perceptible por la ciudadanía. El segundo nivel, más profundo y estructural, no se presenta de forma espectacular ni inmediata. Actúa de manera difusa, a través de una normatividad fragmentada y aparentemente técnica que rara vez se percibe como autoritaria, pero que va transformando progresivamente las relaciones sociales y prácticas cotidianas. Aunque este nivel permanece en gran medida invisible, su efecto acumulativo es decisivo. Ambos planos se retroalimentan y actúan simultáneamente, consolidando de forma gradual un proceso de fascistización de nuestras sociedades.
El primer nivel se manifiesta a través de líderes, partidos y gobiernos de extrema derecha identificables que, al acceder al poder, impulsan una reconfiguración autoritaria del orden jurídico mediante un uso voluntarista del Derecho. La ley pasa a identificarse con la voluntad del gobernante, entendida como un mandato coercitivo que no respeta los derechos humanos ni las garantías constitucionales. La transformación autoritaria aparece así como el resultado de decisiones políticas conscientes, emanadas de centros de poder reconocibles y con efectos regresivos directos sobre los derechos y libertades.
Un ejemplo paradigmático es el modelo de detenciones masivas y reclusión inhumana implementado por Nayib Bukele en El Salvador. Esta política no surgió al margen del Derecho, sino mediante su reconfiguración autoritaria a través de la renovación prolongada del estado de excepción, reformas del Derecho penal y procesal, la captura institucional del poder judicial y el vaciamiento sistemático de las garantías del Estado de derecho, transformando medidas excepcionales y temporales en un régimen jurídico permanente.
Otro caso destacado es el retorno, con Trump, a un modelo de imperialismo de dominación violenta directa en la política exterior estadounidense. Aunque el imperialismo económico nunca desapareció, en las últimas décadas predominó su imposición mediante mecanismos aparentemente neutrales, como el comercio desigual o la disciplina de la deuda de los organismos internacionales. Hoy se vuelven a imponer formas directas de coerción y violencia con el Derecho usado como instrumento de poder. La intervención en Venezuela y el secuestro del presidente Nicolás Maduro para trasladarlo ilegalmente a jurisdicción estadounidense, bajo cargos falsos, violando la soberanía, el derecho internacional y el interno norteamericano, ejemplifican esta lógica de utilización instrumental del Derecho como técnica de poder imperial.
El segundo nivel de la autocratización neofascista es más profundo y menos visible. No se expresa tanto en líderes autoritarios o decisiones políticas espectaculares, sino en los cambios estructurales del funcionamiento del capitalismo actual. En las últimas décadas, el sistema económico ha dejado de organizarse principalmente en torno a la producción de bienes y al trabajo industrial. Donde antes los distintos momentos del capital (financiero, productivo y comercial) estaban acoplados y subordinados a la producción material, en la actualidad operan de manera cada vez más autónoma y fragmentada, generando múltiples sectores o circuitos de Capital paralelos de extracción de beneficios.
Hoy, grandes volúmenes de capital ya no necesitan pasar por la producción clásica para generar ganancias. Sectores como la especulación financiera, las plataformas digitales que controlan y comercializan datos de consumo y hábitos de la población, la gestión privada de infraestructuras estratégicas, la economía de la vigilancia, las empresas de seguridad y militarización urbana, las corporaciones que gestionan las fronteras y los flujos migratorios, las compañías que administran cárceles u ofrecen mercenarios y servicios de guerra bajo contrato estatal, etc. llevan a cabo procesos propios de valorización, muchas veces desconectadas de la economía productiva tradicional.
Para funcionar, y a diferencia del capitalismo industrial clásico que se apoyaba en un Derecho general y universal, estos nuevos circuitos autonomizados de valorización requieren de normas jurídicas específicas que suspenden derechos, amplían el control y normalizan la excepción. Dispositivos normativos que habilitan formas legales de vigilancia masiva, controles faciales, mercantilización de la intimidad, detenciones administrativas sin delito, restricciones a la movilidad, militarización del espacio urbano, detenciones prolongadas, deportaciones rápidas o regímenes de seguridad permanentes, seguimiento geolocalizado de los trabajadores en movimiento a tiempo real, etc. Estas prácticas no aparecen como dictaduras clásicas, sino como regulaciones técnicas, fragmentadas y especializadas funcionales a estos nuevos sectores que condensan extracción de valor, violencia organizada y suspensión de derechos y garantías. Sin embargo, su efecto conjunto es una reorganización autoritaria de las prácticas sociales y la vida cotidiana, creando las condiciones materiales del proceso de neofascistización que hoy se expande de manera difusa en nuestras sociedades.
En consecuencia, la interacción y retroalimentación entre el nivel superficial o visible y el nivel profundo estructural difuso, configura un proceso general de autocratización neofascista en nuestras sociedades que, si no confrontamos mediante la lucha y la resistencia, tendrá consecuencias devastadoras para nuestras condiciones de vida en los próximos años.
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