Opinión
La 'Nolalización' de la fantasía

Por Carla Berrocal
Uno de los encargos más tentadores y peligrosos para una autora, es la reinterpretación de un clásico. Tentador, porque supone una interpretación personal a una obra ya reconocida; y peligroso, porque es muy fácil caer en tópicos. En estos días de pereza estival, me he propuesto hacer algo que a nadie le importa: revisitar algunas adaptaciones de La Odisea y compararlas. Mi conclusión es tan radical como sencilla: Christopher Nolan es una de las peores cosas que le ha pasado a la fantasía.
Al contrario de la versión de 2026, nadie puede ver el Ulises (1954) de Camerini y Bava, sin quedarse fascinado por el vestuario. Diseñado por Madame Grès, los trajes de Kirk Douglas y Silvana Mangano son coloridos, con influencias de la cultura minoica y gusto grecorromano. Extravagantes y únicos. Émile Krebs, la creadora bajo el alias de Madame Grès, comenzó su trayectoria como escultora, pero en seguida pasó al diseño de moda. Vistió a celebridades como Marlene Dietrich o Greta Garbo y consiguió trabajar en algunas producciones de cine y teatro. Así llegó su talento a Ulises, donde realizó una confección de formas sencillas, exquisitas, en el que destacan la abundancia de color y la riqueza de texturas. A día de hoy pueden resultar excesivos, incluso podrían rozar lo kitsch, pero no importa. Atrapan como un canto de sirena.
La película fue un éxito comercial que cautivó al público presentando un Ulises tenaz, viril, astuto y aventurero que, en manos de Kirk Douglas, aseguró a Paramount el triunfo en taquilla. La coproducción italo-estadounidense acertó también en todas las decisiones técnicas: vestuario, fotografía, efectos especiales… ofreciendo un film épico que la adapta dignamente porque la entiende en su totalidad: desde la parte más aventurera hasta su dimensión psicológica. Otro acierto del film fue utilizar a la misma actriz, Silvana Mangano, para Penélope y Circe. Así, Ulises se debate entre la llamada a la aventura y la vuelta a casa, pero es el mismo rostro el que le ofrece las dos cosas. Una elección interpretativa inteligente que aportó mayores matices al conflicto de su protagonista.
En 1968, el Club del Libro Francés le encargó al dibujante Pichard y al guionista Lob una adaptación del poema clásico de Homero. La idea era hacer un cómic didáctico, pero la dupla se inclinó, como ya venía haciendo en otros trabajos, por una versión más picantona. El Club del Libro viendo la deriva que tomó el proyecto, lo canceló. Sin embargo, Pichard y Lob lo continuaron, publicándolo por entregas en la revista italiana Linus en 1969. Poco después, apareció en el magazine francés Charlie y terminó Phènix. En 1975, la editorial Dargaud lo recopiló en dos tomos.
El dibujo de Pichard, con unas composiciones de páginas barrocas, mujeres voluptuosas y formas lisérgicas muy propias de los 70, convirtieron el poema épico en un libro vanguardista. Una de las mejores elecciones fue la de dibujar a los dioses como superhéroes futuristas: Zeus es un Dios de aspecto hippie y mirada seductora que viste un jersey con una Z gigante en el pecho; Atenea porta un excéntrico casco metálico y una armadura mínima que apenas le cubre los pezones; y el monte Olimpo es una nave espacial donde los dioses contemplan en una pantalla el destino de los hombres. Si bien la versión de Pichard y Lob es conservadora en relación al texto, en lo que se refiere a las decisiones de diseño son todo lo contrario, dándole un soplo de aire fresco a la representación del clásico.
El retorno (2024) de Uberto Pasolini es, también, de mis adaptaciones favoritas. Protagonizada por un Ralph Fiennes que parece esculpido por los dioses, su director se centra en el regreso a casa de Ulises. Desde su llegada inconsciente a las costas de Ítaca, hasta la recuperación del trono y con ello, de su esposa Penélope —interpretada por Juliette Binoche—. Una historia cocinada a fuego lento, con un final terrorífico que invita a reflexionar sobre los horrores de la guerra, la violencia y los roles de género.
Sin embargo, en La Odisea de Christopher Nolan aunque es disfrutable en sus escenas de acción, sobreestimula su exceso de cámara al hombro. El montaje está plagado de flashbacks que rompen el ritmo del montaje y entorpecen el desarrollo de la historia. Se nota que al director le gusta la épica, pero parece que se avergüenza de admitirlo. Intenta compensarlo con diálogos grandilocuentes y forzados, pero falla. En cuanto al Odiseo de Matt Damon, el personaje navega por la historia sin conflicto alguno. No es humano, no es perspicaz, no sufre, no odia, ni escupe y apenas sangra. Los años pasan sin que nos sintamos conectados a su desgracia. Bueno, tal vez en los cinco minutos del final. Todo en el film es neutro, incluso la fotografía. Su gama cromática es cenicienta, llena de grises, ocres y marrones. Un efecto que repite el director en todas sus películas. Y no, no hay que confundirlo con su estilo: es una pobreza formal de un director sin recursos. Es la supremacía del ego frente a la necesidad narrativa.
La fantasía debería ser artificial, exagerada y llena de color, pero renunciamos a ella porque en estos tiempos prima la representación del realismo. Hemos Nolanizado el cine: dejamos de lado los excesos de la ficción para volverla más naturalista, abandonando en el camino su magia. Ocurrió lo mismo con la arquitectura: los edificios cebra fagocitan la belleza única de cada ciudad para volverlas todas homogéneas y frías. Echo de menos apuestas divergentes como Las Zapatillas Rojas (1948), Piel de Asno (1970), Perceval el Galés (1978), Drácula (1992), The Fall (2006), The green knight (2021) o cualquier película de la Hammer. Lamentablemente, Nolan ha conseguido colarse en el iris del gran público. Su influencia en la industria es el edificio cebra del celuloide. Si dejamos que su mirada se instale en el gran público —ya lo está haciendo—, nos ocurrirá lo mismo que a Polifemo: nos quedaremos tuertos.

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