Opinión
Normalizar la descolonización

Investigador científico, Incipit-CSIC
La Asamblea Nacional de Francia acaba de votar la restitución del patrimonio saqueado en ultramar entre 1815 y 1972. Lo ha hecho con un abrumador consenso: 172 votos a favor, ninguno en contra. La ley permitirá que los objetos que autoridades y particulares franceses robaron en sus colonias y en otros territorios puedan ser devueltos a sus legítimos dueños. No se trata de una devolución masiva y arbitraria: habrá un proceso riguroso de repatriación que atienda las solicitudes que se realicen formalmente.
Es una excelente noticia en los tiempos que corren y es especialmente positiva viniendo de un país que ha tenido enormes problemas en reconocer su legado colonial. Iniciativas similares en Estados Unidos, Canadá, Australia, Alemania e incluso Reino Unido demuestran que la descolonización cultural comienza a formar parte del sentido común de Occidente.
Se pueden realizar muchas críticas a la repatriación de bienes culturales. Se puede decir, por ejemplo, que es una forma de evitar otras restituciones más gravosas, porque el daño que los europeos causaron a los colonizados no se puede medir en unas cuantas obras de arte o tantas piezas arqueológicas. Se puede decir que llega muy tarde. O que Occidente sigue comportándose en muchos sentidos de forma similar a hace un siglo –en la manera en que trata a su población migrante o cómo explota los recursos del Sur Global.
Pero las críticas legítimas no nos deberían impedir ver lo que implica el hecho mismo de la descolonización del patrimonio: una crítica frontal al colonialismo. Es un reconocimiento de que el Imperio ha sido, es y siempre será, un error, una forma de hacer política incompatible con la idea misma de democracia. El propio Sarkozy tuvo que reconocer, aunque fuera a regañadientes, que "el sistema colonial fue profundamente injusto, contrario a los tres conceptos fundacionales de nuestra República: libertad, igualdad, fraternidad". Es una obviedad, pero una obviedad que conviene declarar públicamente.
Que Francia haya apoyado masivamente la repatriación en estos momentos, como digo, es algo especialmente valioso. Porque ocurre cuando la violencia imperial, con Estados Unidos al frente, y la violencia colonial, de la mano de Israel, están volviendo a naturalizar el colonialismo en el mundo. Ocurre cuando los discursos racistas y supremacistas empiezan a normalizarse en los parlamentos, los medios de comunicación y las redes sociales. En España, la presidenta de la Comunidad de Madrid defendía no hace tanto que España fue a civilizar a los indios y a enseñarles que la vida humana es sagrada. Una presidenta perteneciente nada menos que al principal partido conservador –antiguamente autoproclamado de centro-derecha.
Por eso también es importante que la encendida defensa de la restitución el día del voto en la asamblea francesa la haya realizado no un parlamentario de izquierdas, sino Jérémie Patrier-Leitus, un político de centro-derecha, que ha citado las implacables palabras de Víctor Hugo contra el saqueo de China por los franceses –a los que llama literalmente ladrones.
Mientras tanto, en nuestro país el concepto de descolonización produce otro tipo de consenso: el del desprecio. Un desprecio que se encuentra en la derecha y en la izquierda: en la derecha porque considera que constituye una afrenta a nuestro glorioso pasado imperial; en la izquierda porque lo ve como una distracción innecesaria o una moda liberal del norte que no se puede aplicar a nuestro país. La postura de la izquierda no solo es errónea: es un suicidio cultural que pagaremos caro. Mientras otros normalizan la descolonización, nosotros normalizamos lo contrario: situamos nuestro pasado imperial en el espacio de excepción del que se nutren los mitos nacionalistas.
Haríamos bien en no perder de vista que cualquier gesto descolonizador, por inocuo que nos parezca, es una crítica a las políticas imperiales. Y que como tal, su efecto no se produce en el pasado, sino en el presente y en el futuro. Y no se me ocurre ningún futuro más tenebroso que el que vuelve a celebrar las rutas imperiales.
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