Opinión
Nuda propiedad

Periodista
Los libros de psicología práctica suelen mencionar el experimento. A finales de los sesenta, en la Bing Nursery School de Stanford, el psicólogo Walter Mischel sometió a un grupo de preescolares a la prueba del malvavisco. Los niños se enfrentaban a una decisión endemoniada: tenían que elegir entre zamparse de inmediato una golosina o esperar quince minutos y recibir una segunda golosina. Algunos se metían el dulce en la boca sin atender a más razones. Otros aguardaban la recompensa con el bocado irresistible delante de sus narices, se cubrían los ojos para no verlo, canturreaban, se desesperaban y muy a menudo terminaban sucumbiendo a la tentación.
Mischel observó la evolución de los participantes y llegó a un descubrimiento revelador. Resulta que los chicos más templados, los que habían demostrado un mayor dominio de sí mismos, cosecharon con el tiempo un mejor rendimiento académico y un mayor éxito social. Por supuesto, el desarrollo desigual de las criaturas estaba mediado por sus condiciones materiales, pero la literatura de autoayuda no es amiga de los matices ni de las soluciones colectivas. Es el esfuerzo particular lo que te llevará al triunfo. Levántate a las cinco de la mañana. Cambia tu mindset. Imposible es solo una opinión.
La cultura antigua es rica en admoniciones sobre los peligros de la gratificación inmediata, desde el relato de Adán y su fruta fatídica hasta las correrías marinas de Ulises, que se hizo atar al mástil de su barco para no claudicar ante los cantos de sirena. En el Cármides de Platón, Sócrates examinaba la virtud de la templanza. Epicteto llamaba a hacer una pausa reflexiva antes de obedecer al impulso y Marco Aurelio reprobaba a aquellos que se dejaban arrastrar por los bajos apetitos. Al fin y al cabo, el ser humano se distingue de los animales por su capacidad de interponer la razón frente a la llamada de los instintos.
El neoliberalismo ha recodificado esa tradición filosófica en términos de responsabilidad individual. En 2013, cuando los jóvenes de medio mundo protestaban contra los estragos de la crisis, Joel Stein publicó en la portada de Time un controvertido retrato de las nuevas generaciones. Los millennials, dice la pieza, son vagos, narcisistas y ajenos a la causa pública. Es verdad que Stein añadía un contrapunto positivo a su caricatura, pero el mensaje denigratorio ya había calado. El mito dice que el millennial es de naturaleza hedonista y busca el placer inmediato sin querer asumir las consecuencias.
Un contrarrelato más afinado nos dirá que los millennials, igual que las generaciones sucesivas, viven instalados en un estado de crisis permanente, desconocen la estabilidad laboral y no están en condiciones de imaginar un porvenir. Al otro lado de la moneda aparece la moda reaccionaria de culpar a los boomers y alentar el odio intergeneracional para enmascarar los conflictos de clase. En cualquier caso, se ha vuelto cada vez más fatigoso imaginar un futuro que no sea un horizonte de guerras, crisis energética, precariedad y catástrofe climática. Si solo nos queda el presente, es improbable que demoremos la gratificación.
Esta semana hemos aprendido que también los especuladores sufren problemas de autocontrol. En el portal de Idealista, una inmobiliaria ofrecía una coqueta vivienda en nuda propiedad en Leganés por el apetecible precio de 95.000 euros. Los residentes —llamémoslos “usufructuarios”— padecen severos problemas de salud que podrían “influir positivamente en tu inversión”. Se trata de una ganga suculenta, pues un piso de esas características casi triplica el precio en la zona. Solo hay que esperar a que los usufructuarios —llamémoslos “incómodos moribundos”— estiren oportunamente la pata.
Aunque la polémica ha acelerado la retirada del anuncio, una visita rápida por Idealista nos permite descubrir muchos más reclamos del mismo género. En Jerez de la Frontera, por ejemplo, se vende un piso habitado por “hombre de 82 años y mujer de 81” con derecho al inmueble “hasta el fallecimiento”. En Alcorcón, la usufructuaria —llamémosla “gerontokupa”— de un espléndido piso de tres habitaciones tiene 94 años. El nuevo propietario puede esperar a que la biología obre su milagro o también puede contratar a una empresa de desokupación para que acelere los trámites con un susto, un resbalón, que parezca un accidente.
Quien no se compra diez o doce pisos es porque no quiere. O peor aún, porque prefiere gastarse el parné en su cafelito mañanero con tostada de aguacate. Tengo un buen amigo de vocación inversora que se ha apuntado a la moda del ayuno intermitente. Los cálculos son claros: si sigue escatimando calorías durante los próximos 98 años, ahorrará lo suficiente para comprarse un tugurio sin ventanas en Villaconejos del Cuerno Quemado. Antes de que puedas pagarlo, le digo, aparecerás como “usufructuario” en un anuncio de Idealista y un fondo buitre contratará a unos machacas para que te caigas por las escaleras. “Hedonista”, me dice mientras mira con ojos de envidia mi café.
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