Opinión
Los números que no cuentan para el Servicio Andaluz de Salud

Cuando un ser humano se convierte en un número, en una estadística, podemos decir que el sistema ha fracasado totalmente. Yo soy una cifra más, aquella que engrosa la larga lista de espera que afecta a los pacientes del Servicio Andaluz de Salud. Para ellos soy uno más, pero para mí los números significan mucho. Ocho fueron los años que tardaron en diagnosticarme mi enfermedad aunque aquí tengo menos que objetar porque padezco una denominada “rara”. Cinco son los meses en que me ha atacado con más virulencia que nunca y ha condicionado toda mi existencia. Veinte semanas sufriendo un dolor inhumano, que me hace chillar, llorar, rabiar, con unas úlceras abiertas en las manos que me hace ser una persona dependiente sin poder hacer actividades tan simples como atarme las zapatillas, alzar una persiana, abrir la cerradura o una botella, y con heridas en los pies que son agujas al caminar. Tres mil setencientas horas encerrado en casa, sin ninguna vida social. Y en esta situación, cuatro meses esperando una cita en una especialidad (mi enfermedad es vascular pero afecta a varios campos), aferrándome a esa fecha por si allí encontrara un alivio, para encontrarme con que nadie había informado de mi caso y decirme que nada pueden hacer por mí. Tres meses esperando cita con la Unidad del Dolor y aún no tengo ni fecha mientras que ya hay momentos que el dolor es tan agudo que grito que me corten la mano. Veinticuatro horas que tiene un día que para mí parecen cuarenta y ocho porque apenas duermo un par de horas y en la cama es donde más sufro.
Artículo 22 Estatuto de autonomía para Andalucía.
Se garantiza el derecho constitucional previsto en el artículo 43 de la Constitución Española a la protección de la salud mediante un sistema sanitario público de carácter universal”.
Esos son mis números. Los de los políticos que nos gobiernan son otros. Ahora son porcentajes de encuestas, probabilidades de voto, suma de escaños, porque de aquí a mes y medio habrá elecciones. Y seguramente tengan la desvergüenza de mandarme propaganda electoral y apelarán a que Andalucía está a la vanguardia, que es un motor de la economía. Ellos con la sonrisa en el rostro. Y yo comiéndome mis lágrimas.
He visto en los recientes días de Semana Santa al presidente de la Junta en distintas procesiones siempre rodeado de cámaras y aplaudido, también en mi pueblo natal, donde fue aclamado como si fuera una suerte de mesías, vitoreado como se hace con los costaleros cuando sacan el paso, con esa singular capacidad que tiene para estar en el lugar más oportuno en el que recabar el apoyo de quienes parecen contentarse con su sonrisa de yerno amable. Y yo, ingenuo de mí, pienso que si en realidad se conmemorara la vida y muerte de un personaje llamado Jesús, más le valdría estar recorriendo los hospitales andaluces, tomando nota de las necesidades que hay y apoyando tanto a pacientes como al personal sanitario. O yendo a múltiples hogares para conocer la cruda realidad de las miles de personas que esperan una asistencia domiciliaria que nunca llega.
Decía Albert Camus que “la enfermedad es el tirano más temible”. Yo diría que hay uno peor: el que permite que los que tenemos la desgracia de padecerla nos sintamos solos, desamparados e impotentes. Justo el mayor fracaso de unas instituciones que, Constitución mediante, habrían de responder de manera efectiva al adjetivo “social” que hoy cotiza a la baja en el mercadeo de las privatizaciones y del consiguiente deterioro de lo público. La mayor amenaza, por cierto, para los más precarios y vulnerables, esos que, me temo, no forman parte prioritaria de la propaganda electoral con que nos bombardearán en un mes de primavera electoral en este Sur donde la indolencia parece convertirnos en merecedores de las más insostenibles políticas públicas en materias tan centrales como la educación o la sanidad. Ese Sur en el que yo, enfermo, dolorido, desesperado, me preguntaré una vez más si merece la pena acudir a las urnas para confirmar que este mundo, sobre todo, este mundo neoliberal, no hace sino confirmar la terrible sentencia de Lampedusa que nos condena a la parálisis de la nostalgia y a la impotencia de quien sufre el sueño de la igualdad como ficción en la que sigue habiendo vencedores y vencidos. Siendo consciente más que nunca, en mis propias carnes, encarnada la dignidad en mi dolor sin nombre, que no hay bienestar posible sin unas instituciones atravesadas por la ética del cuidado y sostenidas, financiera y humanamente, por unas políticas públicas que pongan lo común en el centro y que nunca olviden la centralidad de nuestros cuerpos frágiles y vulnerables en unas tribunas donde, con demasiada frecuencia, las voces que escuchamos vibran anestesiadas por las cifras “macro” y se olvidan de los números pequeños, solo aparentemente pequeños, que condicionan las vidas de la ciudadanía. Los números de nuestra dignidad.
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