Opinión
Nunca pudo ser su corazón
Por David Torres
Escritor
Ha muerto Manuel Fernández Cuesta. La noticia me la dio Juan Carlos Escudier en un correo que me gangrenó el teléfono móvil. Iba paseando de camino al café, repasando los mensajes, cuando leí las palabras de Escudier, levanté la cabeza y miré la orilla del mar, el juego milenario de las olas y el sol. De repente, a pesar de las sombrillas, las toallas, los bañistas, los niños, vi el mar más solitario y desnudo que nunca. Vi el mar que es el morir. Le escribí a Guillermo Aguirre, de Hotel Kafka, para confirmar la noticia y me respondió que allí no se lo podían creer, que lo habían encontrado muerto en su cama aquella misma mañana, que poco antes de irse había hablado con alguien y Manolo se había despedido con una sonrisa, como siempre. Absurdamente le pregunté a Guillermo si sabía cómo había sido y me dijo que casi seguro algo del corazón. De inmediato me acordé del final de la biografía de Sam Peckinpah escrita por Garner Simmons, cuando el biógrafo especula que Peckinpah pudo morir de cualquier cosa excepto de un ataque cardíaco: "Porque de todas las cosas que en la vida le fallaron, nunca pudo ser su corazón".
Supongo que a Manolo le habría gustado que se acordaran de él con el epitafio de Peckinpah, una frase sacada de una biografía, un libro de no ficción mejor que con una elegía, un poema o una novela. En un mundo y una profesión superpoblada de amigos de ficción y de editores ficticios, Manolo era ante todo un editor de no ficción, un amigo de no ficción. Era un amigo de verdad, un hombre sin dobleces ni engaños, con una cara de niño grande, un alma demasiado grande y un corazón demasiado grande. Me lo encontraba de vez en cuando por Hotel Kafka, que es como una guardería para adultos, en el despacho de Eduardo Vilas, que es otro niño grande, compartiendo un whisky y una de esas sonrisas felices e inmensas suyas que se iban contagiando a toda la concurrencia. Un día me dio un puñado de habanos, le agradecí el regalo y me prometió que me traería una caja en uno de sus viajes a Cuba. Casi siempre me despedía con la misma frase, un recordatorio amable de algún asunto que teníamos pendiente: "Un día tenemos que hablar, David".
Al final un día hablamos, nos citamos en la cafetería de un hotel, cerca de la Gran Vía, y me reveló el secreto que guardaba detrás de su sonrisa. Quería que le escribiera un libro, un libro de no ficción, por supuesto, un gran reportaje al estilo americano, aunque apenas habría dinero para los gastos. Hablamos de Steinbeck, le comenté un vago proyecto que planeaba sobre las minas y las fábricas de explosivos de Río Tinto y de pronto Manolo, con su entusiasmo tranquilo, me animó a escribirlo, empezó a empujarme allí mismo como si el libro ya estuviera hecho, como si no hubiera todavía que viajar a Huelva, entrevistar a un montón de gente, regresar, sentarse y colocar una palabra tras otra. Le dije que primero tenía que acabar una novela con la que andaba liado y él levantó una mano y sonrió: "Tenemos tiempo, David. Todo el tiempo del mundo".
Nunca pude escribirle ese libro a Manolo. Nunca me trajo la caja de habanos de Cuba. Nunca reanudamos la conversación de aquella mañana soleada y perfecta, teñida con la luz de los naranjales californianos y el polvo de las minas de Huelva. La vida está hecha de esas promesas que no podremos cumplir. La muerte es ese adverbio: nunca. Nunca pudo ser su corazón.
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