ANÁLISIS
La obsesión de Israel con Líbano

Por Leila Nachawati
Doctora en comunicación y conflicto, profesora en el departamento de Comunicación de la Universidad Carlos III. Autora de 'Cuando la revolución termine'.
"Por tercera vez en mi relativamente corta vida, Israel ha invadido mi país", se lamenta el investigador libanés Ayman Makarem en su canal de Youtube, Politically Depressed, en el que analiza la relación histórica entre Israel y Líbano. Una relación que no se reduce a ataques puntuales o defensivos, sino que está en el origen mismo del proyecto sionista.
La cobertura de los ataques israelíes suele centrarse en los grandes estallidos, en el caso de Líbano en las invasiones de 1982 y 2006. La primera, que se justificó bajo el pretexto de expulsar a la Organización de la Liberación Palestina, derivó en una ocupación militar que se prolongó durante casi veinte años. La segunda, tras 34 días en los que se decía querer acabar con Hezbolá, terminó con buena parte de la infraestructura civil del país destruida y con el grupo reforzado. Aquel episodio fue vivido, de hecho, como una victoria histórica por gran parte de Líbano y de la región, exhausta tras décadas de fracasos de las potencias árabes ante el ejército israelí.
Sin embargo, la presencia de Israel en Líbano va mucho más allá y se entrelaza con el origen colonial de ambos Estados. Para comprender esta trama y lo que está (lo que siempre ha estado) en juego, conviene fijarse en una figura clave de la historia del sionismo: Moshe Dayan.
"Haremos imposible la vida en el sur del Líbano"
Este político y militar israelí, nacido en 1915 en uno de los primeros asentamientos establecidos en la Palestina histórica (entonces bajo administración otomana), formó parte de todos los grandes hitos de la historia bélica y de ocupación del Estado israelí. Perteneció a la Haganá, fuerza paramilitar sionista responsable de sembrar el terror contra civiles palestinos y contra las autoridades británicas que facilitaron su proyecto, ocupó cargos de liderazgo en el ejército y el gobierno, y facilitó la expulsión de cientos de miles de palestinos durante la Nakba de 1948.
Sus declaraciones sobre la creación de Israel, su naturaleza y sus objetivos de expansión regional son fundamentales para entender la deriva actual. Entre sus frases más destacadas está la que remite a la naturaleza del Estado: "Israel es un ejército convertido en un Estado", o la relativa al mito de que Palestina estaba vacía de población cuando comenzó la inmigración judía masiva:
"Llegamos a este país, que ya estaba poblado de árabes, y estamos estableciendo un Estado judío aquí. Pueblos judíos en lugar de pueblos árabes, cuyos nombres no conocéis, y no os culpo porque ya no existen en los mapas (...) No hay un solo lugar construido en este país que no tuviese previamente una población árabe".
La fijación de Dayan con el vecino del norte quedó clara desde sus inicios. Ya en 1955, siendo jefe del Estado Mayor, propuso un plan para intervenir Líbano: financiar a un oficial libanés que se declaraba salvador de la población cristiana, lograr que el ejército israelí entrara en el país para apoyarlo y crear entonces un régimen afín que le permitiera anexionarse todo el territorio desde el río Litani hacia el sur. Ese plan no se materializó de inmediato, pero sentó las bases de la doctrina militar israelí. En 1974 Dayan resumió su estrategia en una frase: "Haremos imposible la vida en el sur de Líbano".
Ese objetivo histórico de "hacer la vida imposible" se ha llevado a cabo de distintas maneras a lo largo de las últimas décadas, dejando graves secuelas en el tejido del país. Como señala la investigadora y cineasta hispano-libanesa Laila Hotait Salas en su obra Siempre nos quedará Beirut, la constante vulnerabilidad ante Israel ha marcado profundamente la vida de la población. Se vive “un intento constante de preservar la cotidianidad y los afectos frente a una violencia que siempre se cuela por las grietas”, señala Hotait en conversación con Público.
Sobre esta convivencia con la amenaza israelí trata también su último trabajo, la pieza de vídeo y performance We are all survivors, realizada junto a su hermana, la videoartista Nadia Hotait Salas. Presentada en La Casa Encendida de Madrid y exhibida actualmente en el Museo Nacional de las Culturas del Mundo de la Ciudad de México y en el Museo Regional de Querétaro, la obra ahonda en los ciclos de destrucción a los que es sometida la población civil libanesa, especialmente en el sur y en la periferia de Beirut, partiendo de una experiencia íntima: las conversaciones de WhatsApp de las creadoras con sus primos atrapados bajo bombardeos israelíes.
"Salam. This morning, the Ceasefire was declared. We are all survivors, Alhamdulellah. Only material damages", se lee en uno de esos mensajes. Poco después, el 6 de marzo de 2026, otra de las primas de las cineastas, Nidal, fue asesinada en un bombardeo junto a su marido durante un supuesto período de alto al fuego.
El diseño colonial de la región
Esta fijación con el río Litani y la soberanía libanesa no nació de la nada. Para comprender por qué Líbano es tan vulnerable a estas ambiciones, Makarem recomienda mirar al origen colonial de ambos Estados. Tanto Líbano como Israel nacieron del desmembramiento del Imperio Otomano, como fruto de los acuerdos secretos de Sykes-Picot de 1916, en los que Francia y Gran Bretaña se repartieron la región.
Mientras Gran Bretaña sentaba las bases para facilitar un hogar europeo judío en Palestina mediante la Declaración de Balfour, Francia creaba lo que hoy conocemos como Líbano, fragmentando la región hasta entonces conocida como Bilad al-Sham (el Levante o la Gran Siria) y estableciendo un Estado bajo el control de las élites cristianas maronitas, aliadas de Francia. Expandió los límites del histórico Monte Líbano, anexionó ciudades costeras, la región de Akkar y el valle de la Bekaa. Se apropió tierras agrícolas, se aseguró la salida a puertos estratégicos y el control de recursos básicos para la población, como el agua del río Litani.
Pero además del diseño geográfico y la apropiación de sus recursos, lo que ha supuesto que Líbano sea un Estado frágil, dividido y fácil de manipular es la forma en que se organizó su sistema político. Mientras el proyecto sionista se consolidaba como un Estado etnonacionalista, militarizado y expansionista, Líbano se construyó sobre la base del sectarismo político. En 1943, las élites locales firmaron el Pacto Nacional, que repartió los altos cargos del país por cuotas religiosas: el presidente debía ser cristiano maronita y concentrar el verdadero poder ejecutivo, el primer ministro debía ser musulmán sunita, y la presidencia del Parlamento (un cargo prácticamente simbólico) la ocuparía un chiíta. El resto de puestos de la administración también se dividió siguiendo esta misma lógica, asegurando el dominio de los maronitas.
Insiste Makarem, remitiendo al intelectual marxista libanés Mehdi Amel, que este sistema "no surgió de forma natural simplemente porque en el país convivieran distintas religiones, sino que fue un mecanismo político deliberado". Una postura compartida por el historiador libanés Fawwaz Traboulsi, que señala cómo el sectarismo permitió a las élites locales convertirse en intermediarios privilegiados entre las potencias coloniales y la población autóctona. "Nada más débil frente a las ambiciones externas que un Estado fragmentado desde dentro y sostenido por cuotas religiosas", asegura.
Esa debilidad estructural es, precisamente, lo que facilita la violencia y la desposesión que sufre la población libanesa en el actual clima de impunidad. La superioridad militar de Israel es obvia, pero a esto se suma su capacidad de desestabilizar una situación interna muy frágil.
Desde hace décadas, y en particular en el contexto de la ofensiva iniciada en marzo de 2026, las autoridades israelíes azuzan a unas comunidades frente a otras para debilitar todavía más los equilibrios internos. Las tácticas van desde ofrecer una supuesta protección a los drusos o a los cristianos hasta lanzar amenazas directas a las comunidades cristianas que acojan en sus hogares a personas desplazadas de confesión chiíta. Socavar la solidaridad entre libaneses y explotar la fractura social para asfixiar al país forma parte de esa doctrina de Moshe Dayan que está en el origen de todo.
Leer hoy al Ministro Amirai Chikli afirmar que Líbano "no es un Estado soberano" y que Israel "tiene derecho a reconfigurarlo", o al Ministro Ben Gvir reclamar "que se bombardeen diez edificios en Beirut por cada dron que caiga en Israel" no son reacciones ni agresiones puntuales. Todo estaba en el origen y todo forma parte de dos proyectos coloniales que encajan como un puzzle, diseñados para que uno se expanda por la fuerza y el otro no pueda defenderse.
Frente a ese diseño, Makarem apela a una respuesta colectiva que trascienda lo local y que aspire "a la liberación, no solo a la soberanía. A unificarnos, formando comunidades basadas en una lucha común y tejiendo lazos de solidaridad con el resto del mundo".


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