Opinión
La ocupación de Gaza y el cónclave

Por Pablo Castaño
Periodista y profesor de Ciencia Política en la UAB
El cónclave que comienza este miércoles para elegir al próximo papa y el anuncio del gobierno de Benjamin Netanyahu de ocupar Gaza compiten estos días por las portadas de los periódicos. Las dos noticias están más relacionadas de lo que parece a simple vista. El papa Francisco fue un obstáculo moral a la política de muerte simbolizada por el genocidio palestino; esta semana los cardenales decidirán si el Vaticano mantiene este papel o se rinde.
La influencia política de la Iglesia católica ha quedado patente en numerosos escenarios. Por ejemplo, la Conferencia Episcopal española actuó como una fuerza reaccionaria a principios de siglo, cuando los obispos sacaron a la calle cientos de miles de personas contra el derecho al aborto o el matrimonio igualitario (un entusiasmo movilizador que no mostraron ante la oleada de desahucios y los recortes sociales que siguieron a la crisis de 2008, obviando la doctrina social de la Iglesia).
Bajo el papado de Francisco, el Vaticano jugó un papel político muy distinto, prueba de la flexibilidad que ha permitido a la Iglesia católica pervivir durante dos milenios. Jorge Bergoglio se opuso a las políticas antinmigración (calificándolas de “pecado grave”), criticó el “capitalismo salvaje” e incluso culpó a las élites económicas de la crisis climática, un análisis tan sólido como poco frecuente en el debate público.
El papa argentino también fue una voz en defensa de la paz, no con la retórica vacía tan frecuente en la Iglesia, sino con posicionamientos claros: llamó por su nombre al genocidio cometido por Israel en Gaza mientras Europa callaba o directamente apoyaba el exterminio, recibió a familias palestinas en el Vaticano y estuvo en contacto diario con una parroquia de Gaza hasta el final de su vida, en una muestra inequívoca de apoyo al pueblo palestino.
“Son solo gestos”, dirán algunos. Y es cierto; un líder religioso actúa básicamente a través de los gestos y los símbolos. Pero si estos no fueran importantes en política, Bergoglio no habría recibido la oleada de ataques que le dedicó la ultraderecha, dentro y fuera de la Iglesia. Los cardenales tradicionalistas le consideraban un “hereje”, Javier Milei le dijo “zurdo asqueroso”, Éric Zemmour le acusó de querer que “la Europa cristiana se convierta en tierra islámica” y Santiago Abascal le llamaba “ciudadano Bergoglio”.
Ellos entendieron muy bien que tener en contra al papa era un problema. La demencial decisión de Donald Trump de publicar una imagen suya disfrazado de pontífice es difícil de explicar en términos racionales, pero evidencia que la ultraderecha es muy consciente de la importancia política del cónclave. No solo ellos: más de un político conservador o socialdemócrata estará encantado si el próximo papa guarda silencio sobre las políticas migratorias europeas o baja el volumen acerca del genocidio en Gaza.
Con sus votos en la Capilla Sixtina, los cardenales estarán decidiendo si el Vaticano sigue siendo un freno moral ante la ley del más fuerte o si se une al silencio cómplice de tantos otros, como la Iglesia católica ya ha hecho en muchas ocasiones.
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