Opinión
Ojalá fueran gigantes

Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
Desearía que fuera un complot, una conspiración, una trama diseñada en las salas de máquinas de los que reparten el poder en este país de abrasados y disonantes; quisiera, en serio, que fuera todo una estrategia pensada en los salones anchos de los capitalistas, del propio capital personificado, o incluso, como juran los mamarrachos cognitivos de Twitter, que fuera todo una obra maestra satánica escrita por El Poder, en mayúsculas, como apellido aunque no sepamos bien de qué nombre, para succionarnos la moral como un mosquito tigre. Lo desearía porque todo sería mucho más fácil y podríamos salir cargados con razones morales y armas blancas, unidos como clase o como hombres o como nación, lo que prefiráis, a desollar a esos gigantes degenerados y satánicos para luego arrastrar sus cabezas por el campo y hacer banderas con el cuero de sus tripas; podríamos coger a esos poderosos y obligarles a tragar ceniza hasta dejar las afueras del Barraco más limpias que el oro de una viuda, pero la realidad es mucho más áspera y, en casos como este, no admite enemigos finales. Qué pena. Los gigantes no existen, como bien aprendió el hidalgo Alonso Quijano en su legendario pasaje del Quijote; son siempre molinos, sencillos molinos que forman parte de un paisaje asperísimo que llamamos realidad, y a la realidad no se le puede atravesar el pecho como al dragón que mató San Jorge.
Llevo unos días hablando con mi amigo Ernesto, la persona de entre mis conocidos que más sabe de paisajes, orografías, bosques, territorios y bichos salvajes, y me cuenta esto que yo trato de literalizar para hacerlo más digerible, para levantar una barrera franca que nos permita hablar con honestidad: que no hay soluciones mágicas, me dice, que no hay un gigante al que decapitar, un gran monstruo de cuya sangre salga la pócima para arreglar el lío. Y eso es todavía peor, porque si algo acojona más que un gigante imbatible es un enemigo invisible; un enemigo escondido en nuestros detalles cotidianos, entre otros pliegues de la realidad que a simple vista no nos parecerían adversarios.
Con esto no quiero decir que haya que eludir responsabilidades ni indultar a quienes bajaron sus brazos y recortaron en prevención, pues yo aplicaría, a título hiperbólico y meramente fantasioso, métodos de castigo, ya que estamos quijotescos, más cercanos a la imaginación barroca que a la pusilanimidad preventiva que autoriza cierta declaración universal a la que el Estado se acoge; lo que quiero decir es que la solución ni es sencilla ni lo va a ser. Que todo lo aprendido, me dice Ernesto, el cambio climático lo ha convertido en papel mojado; que lo que funciona en Asturias puede no funcionar en Cantabria y sí en Almería; que los paisajes ordenados y bien cuidados los barre el fuego con la misma facilidad que los bosques asalvajados, como hemos visto en la aragonesa comarca de las Cinco Villas; que esto no se resuelve con cinco pastorcillos soltando sus cabras para limpiar el monte, porque, para rizar todavía más los pelillos al diablo, ni siquiera hay pastorcillos a los que echar al monte. Que esto es muy difícil, viene a decir Ernesto; que esto es una cuestión de organización territorial, de políticas medioambientales, de proyectos de Estado, de planes económicos; que esto lo es todo y el todo es siempre muy difícil.
Lo único que sabe mi colega que funciona son las ganas, y de eso, me temo, parece que tampoco nos queda; o se sientan nuestros putos políticos en una mesa para hablarse como adultos, trazar un plan como país desde todos sus ángulos y tejer una estrategia que coordine y mime a nuestros infradotados recursos de prevención y extinción, o nos vamos a freír como boquerones a mil grados. Pero me temo que esto no va a suceder. ¿Creéis que nuestra haragana clase dirigente se va a acordar de los incendios al acabar el verano, cuando lo que protagonice el debate sea otra parida mediática que monopolice discursos y columnitas de opinión, y descubran que cobrarán sus absurdos sueldos aun dedicándose a alimentar memeces en Twitter en lugar de trabajar? Pues claro que no, esto se olvidará igual que todo se olvida. Ojalá los enemigos fueran gigantes y no esta recua de cínicos y cómplices con dientes de leche. Y esto no lo dice Ernesto; esto lo digo yo.

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