Opinión
Ovación en pie en honor a Julio Iglesias

Por Silvia Cosio
Licenciada en Filosofía y creadora del podcast 'Punto Ciego'
-Actualizado a
A las cinco de la madrugada del 1 de mayo del año 2010, la joven Shannan Gilbert se escapa visiblemente alterada y aterrorizada de la casa de Joseph Brewer, en el elegante barrio de Oak Beach, en el condado de Suffolk, Long Island. Tras golpear las puertas de varias casas del vecindario suplicando ayuda, y mientras habla por teléfono con el responsable de emergencias, corre en dirección a las marismas y desaparece. La policía de Suffolk tardará más de un mes en investigar su desaparición. Será el agente John Mallia quien finalmente lo haga por iniciativa propia. Junto a su perro Blue la buscará infructuosamente durante todo el verano. Sin perder la esperanza, Mallia retoma la búsqueda en el mes de diciembre y se topará con los cuerpos de cuatro mujeres, aunque ninguno de ellos es el de Gilbert, cuyos restos aparecerán un año más tarde. En los siguientes meses otras seis víctimas más serán descubiertas en los alrededores de la playa de Gilgo, entre ellos el de una bebé de apenas veinte meses, y la policía se verá obligada a reconocer que hay un asesino en serie suelto en Long Island que lleva asesinado mujeres desde, al menos, el año 2007.
Y sin embargo tardarán otros catorce años en dar con él, y eso que desde el principio contaban con una descripción detallada de su físico, sabían el coche que usaba e incluso tenían sus iniciales, que estaban grabadas en la hebilla de un cinturón que utilizó para asesinar a una de sus víctimas. Catorce años de corrupción y negligencia en los que se ignoró y se vilipendió a las familias de las víctimas. Pero estas, a pesar del estigma y de las presiones políticas, nunca se dejaron amedentrar y exigieron justicia para sus hijas, hermanas y madres, cuyas desapariciones ni siquiera se llegaron a investigar en su momento. Porque eran mujeres, porque eran pobres y porque eran trabajadoras sexuales. Y sus vidas -y sus muertes- no importaban.
Y es que la fascinación mediática por este caso se ha centrado casi exclusivamente en torno a la figura del asesino, que fue bautizado por la prensa como el Asesino de la Playa de Gilgo, y no en sus víctimas, a las que se ha despachado en las crónicas periodísticas y en redes con un par de líneas que las deshumanizaban. Reducidas a su condición de trabajadoras sexuales, estas mujeres eran meros eslabones en la trayectoria del asesino. Mujeres sin rostro, sin pasado, sin contexto ni lazos emocionales en la narrativa oficial hasta que sus familias perdieron el miedo y la vergüenza y nos obligaron a mirarlas a las ojos.
Porque las mujeres no importamos. Aunque nos duela reconocerlo. Si no, no se explica que hayan sido asesinadas cuatro mujeres en las escasas tres semanas que llevamos del 2026 y ninguno de estos feminicidios haya abierto los telediarios u ocupado las portadas de los periódicos. O que todavía tengamos que leer titulares en los que se describen estos crímenes como si hubieran sido muertes producidas por causas naturales. Mujeres que "mueren" tras haber sido apuñaladas, disparadas o apaleadas por sus parejas. Como si fuese un capricho por parte de ellas y no un asesinato.
Porque las mujeres no importamos. Y si no me creen solo hay que mirar algunas de las reacciones ante el último caso denunciado de abusos sexuales, el de Julio Iglesias. Porque esa brújula moral de todo lo que está mal y que siempre señala hacia el corazón de las guerras culturales de la reacción y de la Ilustración Oscura que es la Presidenta de la Comunidad de Madrid, lo ha dejado bastante claro: de nada le sirven tres años de intensa y rigurosa investigación periodística, el testimonio de las víctimas, los informes médicos o que el caso esté en manos de la Fiscalía de la Audiencia Nacional porque lo importante para ella es proteger la reputación del abusador. Y así, raudas y veloces salieron las teles privadas y también la revista del corazón patria por antonomasia a proteger el honor del anciano cantante. Donde hay patrona no manda marinero, aunque sea de luces.
Porque las mujeres no importamos. Y además nuestro valor lo determina nuestra clase social, nuestro color de piel, nuestra religión, nuestro país de origen o nuestro historial sexual. En una escalera descendente. Y si no me creen solo tienen que darse un paseo por las redes sociales de los nuevos gurús de la masculinidad. Allí se encontrarán con hombres jóvenes de voz engolada, dudosa higiene y peor estética -cryptobros, gymbros, niños rata que viven en sótanos de Andorra y demás fauna incel-, que miran a cámara mientras dan rienda suelta con impunidad a su discurso de odio hacia las mujeres, y que utilizan conceptos tales como los de "mujer de valor" o "bodycount", palabrejas ridículas con las que enmascarar su machismo y su misoginia de los de toda la vida. Un rearme patriarcal cimentado sobre el odio y el temor hacia las mujeres -nuestros cuerpos, nuestras mentes y nuestras palabras- de quienes no son capaces de entendernos ni de relacionarse con nosotras si no es mediante la dicotomía de la puta y la santa. Y si no me creen no tienen más que pensar en que hemos construido de forma exitosa toda una mitología casposa en torno a señores babosos que tocan y besan a las mujeres sin su consentimiento mientras les reímos las gracias. Esos que hablan de sus conquistas -algunas de ellas chicas que son poco más que adolescentes- como un cazador habla de sus presas, como un trofeo que exhibir, como un producto que consumir para después desechar, incluidos, en muchos casos, los hijos que tienen con ellas y que se niegan a reconocer.
Porque las mujeres no importamos. Y si no me creen solo tienen que pensar en Plácido Domingo que recibe ovaciones en pie porque tenemos que compensarle -a él- por el daño que se le ha hecho al sacar a la luz que durante décadas utilizó su poder y su prestigio para acosar sexualmente a sus compañeras. O en Alessandro Lequio, que estuvo casi dos décadas en antena y en la nómina de una cadena privada a pesar de ser un maltratador, tras tomarnos a chirigota las constantes denuncias hechas por su ex pareja, una mujer blanca y rica, una modelo famosa. Porque si la palabra de una mujer privilegiada no importa podemos imaginarnos el valor que tienen las denuncias y los testimonios de las temporeras marroquíes de la fresa en Huelva o el de las chicas jóvenes, vulnerables y precarizadas, muchas de ellas migrantes y racializadas, que limpian nuestras casas y cuidan a nuestros hijos y ancianos.
Porque las mujeres no importamos. Y si no me creen solo tienen que preguntar a las miles de mujeres que durante décadas dejaron sus hogares y sus pueblos siendo poco más que unas crías para irse a "servir" a las casas de la gente de bien. Esas mismas que después de tener que soportar todo tipo de abusos y de acosos eran expulsadas por los señoritos cuando sus barrigas se empezaban a hinchar. Ellas les podrán contar que esa España, lejos de las ensoñaciones nostálgicas, no era muy distinta al infierno que se oculta tras las verjas y los guardias de seguridad de una mansión de lujo en la República Dominicana. Mujeres pobres explotadas a las que además en muchos casos la Iglesia y el franquismo les privó de sus hijos . Una trama, la del robo de bebés, que se extendió en nuestro país hasta bien entrados los años 80 y que haríamos bien en no olvidar, aunque solo sea por eso de no tropezar dos veces con la misma piedra.
Porque las mujeres no importamos. Y, aunque no me crean y me digan que estamos mucho mejor que cuando la gente de Ponferrada en el año 2001 salió a manifestarse para defender al acosador de Nevenka Fernández y no a la víctima, lo cierto es que cada vez que se sale a la luz un nuevo caso de abuso sexual, cada vez que un anciano o un hombre poderoso es puesto en entredicho, cada vez que una mujer pierde el miedo y se atreve a alzar la voz y a contar su historia, se pone en marcha la máquina del fango del patriarcado y de la reacción para así acallar las voces femeninas y humillar a las víctimas. Porque nos quieren hacer creer que las mujeres no importamos. Pero vamos a demostrar no solo que esto no es cierto sino que además tampoco les tenemos miedo.
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