Opinión
Papá, quiero ser comisionista

Por David Torres
Escritor
Truffaut decía que ningún niño, cuando le preguntan qué quiere ser de mayor, dice "crítico de cine". Más raro todavía sería que dijera "papá, quiero ser comisionista". No es fácil elucidar en qué consiste esta figura casi mitológica que no fabrica nada, no vende nada ni compra nada, pero que tiene la habilidad de presentarse en el lugar justo en el momento justo y llevárselo crudo sin despeinarse. No es nada fácil llegar a ser comisionista, conseguidor o mediador, porque para estar siempre en medio sin estorbar hacen falta relaciones de amistad, de hermandad e incluso de lesa majestad, como lo demuestra el buen tino del rey Juan Carlos.
En efecto, no basta con estudiar mucho ni con quererlo mucho: para ser un buen comisionista además hay que nacer con derecho de pernada. Por ejemplo, para conseguir las comisiones del AVE a La Meca (unos 65 millones de euros), el emérito primero tuvo que ser rey de España, porque de otro modo los millonarios saudíes difícilmente hubiesen podido situar España en el mapa. Fue un tema tan complejo que el comisionista tenía otra comisionista, Corinna Larsen, que trabajaba principalmente por amor al arte. Tal y como la definió la prensa cortesana durante años y años, la relación entre Corinna y el emérito era una amistad entrañable que se fue deshaciendo con el tiempo en una enemistad desentrañable. Cosas que pasan.
Salvo que uno sea borbón, el mayor riesgo de los comisionistas y las amistades peligrosas es acabar en los juzgados, como le ha ocurrido a Medina y Luceño o a Koldo y Aldama con la historia de las mascarillas. En cuanto la pandemia empezó a matar gente a cascoporro, los más avispados vieron que ahí había una oportunidad de oro, pero sólo unos pocos afortunados tenían los contactos necesarios y la falta de escrúpulos imprescindible para forrarse con el negocio de la mortandad a mansalva. Mira que habríamos visto westerns con el enterrador frotándose las manos y martillando ataúdes según llegaba un pistolero letal al pueblo, pero al final no vimos venir a esta reedición de los cuatro jinetes del apocalipsis.
Aldama conoció a Koldo y a Ábalos a través de su hermano, que era escolta del ministro, aunque no se entiende muy bien para qué necesitaba escolta Ábalos teniendo de asesor a Koldo. Francina Armengol, que también va en la cabalgata, dijo ante el tribunal que a Koldo "a lo mejor lo he visto alguna vez", una variante de la miopía que merece un estudio aparte, porque a Koldo lo difícil era no verlo. No ya por su altura y corpulencia, que provocaba un eclipse al entrar en un despacho, sino por su proverbial elegancia. Cuando le preguntaron durante el juicio qué quería decir con aquel mensaje a su mujer -que le iba a dar una alegría de dos mil chistorras-, Koldo respondió muy serio que se refería a eso mismo: que iba a darle dos mil chistorras. Hay maridos románticos que tapizan una habitación con flores y hay maridos materialistas que prefieren tapizar la cocina de embutidos. Qué quieren que les diga, yo no me imagino a Koldo con un ramo de rosas.
Una de las cosas que más llama la atención en el caso Koldo es lo callado que está hasta ahora Víctor de Aldama en el banquillo, cuando lleva meses y meses anunciando la inminente caída del gobierno socialista, en cuanto le dé por tirar de la manta. Dice que la declaración demoledora tendrá lugar la próxima semana, pero decía lo mismo hace un año, hace medio y hace dos meses. De momento, parece que Aldama se estuviera preguntando qué habrá hecho él para estar implicado en el caso Koldo en lugar de estar implicado en el caso Kitchen, donde lo más probable es que la acusación le hubiese pasado rozando, como a Rajoy, Cospedal y a tantos otros. Seguramente se equivocó de gobierno, de ministro y de amistades, porque en la Kitchen también tiene que haber chistorras a punta pala, que por algo la llamaron Kitchen. Tal y como andan los juicios en España, el periodismo de tribunales deberían hacerlo críticos de cine.
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