Opinión
Que no pare la música aunque suene la alarma

Por María Antonia García
Periodista cultural. Cofundadora/directora de Cuadernos de Jazz.
-Actualizado a
Café Central: parece que podría desaparecer de la madrileña Plaza del Ángel, lugar en el que abrió y desde donde lleva programando música hace más de 40 años. Hay voces que piden ayuda al Ayuntamiento para evitar que abandonen ese local y cierre, pero yo no quiero hablar de cierre, sino de traslado. Y tiene razón la institución cuando dice que el tema es asunto entre particulares, pero una vez que lanzan la disculpa, hay que recordar que a los ayuntamientos del PP, en su monopolio madrileño, les es indiferente tanto la conciencia ciudadana como el hecho de preservar la memoria social y cultural de la ciudad.
Incluso para los ayuntamientos de la Transición, la Movida era solo de algunos de los barrios de Madrid y, para los de ahora, también de un tal M. Vaquerizo que ni estaba ni se le esperaba, menuda aberración.
Qué sabían de lo que pasaba en el jazz y quién piensa que van a mover un dedo ahora por el Café Central si no lo movieron por lo que fue una auténtica catedral de la música, no solo del jazz, aquel Club de Música y Jazz del San Juan Evangelista, El Johnny, que dejaron morir entre Ayuntamiento, Comunidad, cultura y universidad. Si no se ha sabido proteger el inmenso legado generado entre las paredes de ese Colegio Mayor, símbolo de avance social y cultural, catalizador de corrientes aperturistas y lugar imprescindible para la música en directo, ¡apaga y vámonos!
Hubo todavía más porque a la cabeza de El Johnny estaba Alejandro Reyes y con él llegó el jazz al Ayuntamiento de Madrid, a través de aquellos estupendos festivales de San Isidro de la década de los años 80, que navegaban airosos contra la corriente mainstream de la movida madrileña.
Volviendo al Café Central, siento necesidad de contar que el de hoy no es el mismo que aquel que abrió en la década de los años 80. Con quienes más traté en aquellos años fue con Gerardo y con Nanye, dos de los socios fundadores. Y con Lale, quien no necesitaba ser socia para sentir aquel lugar como suyo y volcarse en el trabajo como si le fuese la vida en ello. Te fuiste pronto, Lale, te echamos de menos.
Eran noches especiales, el espíritu de un jazz que cuajaba en el país, que daba nombres propios que se relacionaban con los de otros puntos del universo porque empezaban a estudiar en la Juilliard, en Berklee... que en su afán de aprendizaje e intercambio trajeron a compañeros de allí para tocar con ellos aquí y que también invitaron a profesores. En definitiva, un intercambio musico-cultural en toda regla del que además se favorecía el aficionado.
Mediada la década, andaba yo por esas radios libres de la época cuando apareció Raúl Mao y juntos empezamos a trabajar un programa de radio dedicado al jazz: dos días de la semana en una pequeña emisora de la Comunidad de Madrid y más tarde en una emisora cooperativa y autogestionada. Emitíamos en Radio Ciudad de Madrid; la ubicación del estudio era próxima a las instalaciones de la Cadena Rato y parece que nuestra modesta señal interfería en alguna de las emisoras de dicha Cadena: no pudimos elegir peor; en un par de años nos callaron. Pero fueron dos años de emisión imprescindibles para llegar a quienes buscaban algo más que lo contado en emisoras y periódicos generalistas. El programa se llamó Esa vieja magia negra; ahí estábamos Raúl Mao, Ebbe Traberg —el gran Ebbe—, Quique Rivero... y yo, muy pocas o ninguna mujer más en ese momento viviéndolo desde el lado profesional. Y en el Café Central empezamos a buscar material para noches de programa: maravillosas entrevistas, fructíferas tardes de charla que suponían hacer amigos y experiencias. Y eso se producía por la estupenda idea del Central de programar el mismo grupo durante una semana: de lunes a domingo podías escuchar cada noche a George Adams y Don Pullen, Lew Tabackin, Barry Harris... Me acuerdo muchas veces de Sonia Vallet; de aquel maravilloso trío formado por Sir Charles, Fabio Miano y Richie Ferrer que arriesgaron para traer a Jeanne Lee y lo consiguieron, ¡vaya si lo consiguieron! Qué llenazo cada noche y qué disfrute haber podido estar en aquellos momentos irrepetibles de música en directo.
Quizás de entre esos nombres alguno no llegó en la década de los 80, sino ya en la de los 90. Había terminado nuestra etapa de radio y empezábamos con la edición de Cuadernos de Jazz, revista que se publicó en papel 20 años ininterrumpidos y cinco más a través de su web. Y seguíamos disfrutando de la música en el Central, de Randy Weston, de Kirk Lightsey y Famoudou Don Moye, de Barry Harris, George Cables —qué bien se entendía con Javier Colina—; y llegaron lo que quizás fueron las primeras crisis para el Café, los problemas con el vecindario, con la propiedad del local, con la dificultad de llenar el Café cada noche para hacer rentable la música en directo. Fue aquel mes de agosto de 1994, ya con doce años de existencia, cuando pidieron a Tete Montoliu venir a tocar a Madrid durante todo el mes y así contribuir para reflotar el local, además de ofrecer un programa sin igual para un mes de agosto en el desértico Madrid.
Y se consiguió: Tete dejó conciertos memorables aquellos días; el Central se llenaba cada noche y las penurias económicas quedaron en parte resueltas.
Madrid no era todavía la ciudad turistificada ni gentrificada de hoy: caía por allí algún que otro turista, amigos de amigos, amantes irredentos del jazz que buscaban clubes allá por donde iban, como hacía yo cuando me movía a otra ciudad; pero nada que ver con lo que ha llegado a ser después y no seré yo quien critique la línea de programación, su apertura a la restauración, la terraza exterior de verano y luego de todo el año, ninguna crítica al respecto. Como bien se dijo al principio, el Café Central es una empresa privada que tuvo un papel fundamental en la implantación del jazz en la ciudad de Madrid. A partir de ahí, lo penoso sería que tuviese que cerrar porque no sobran salas de música en directo y son necesarias, pero si no pueden continuar en el mismo local, en mi opinión, no pasaría nada.
La instalación en el drama la provocan esos titulares que nos aseguran el "cierre del icónico Café", "cierre de la catedral del jazz"... No quiero que cierre el Central, deseo lo mejor a sus socios y trabajadores, también a todas las y los músicos que puedan llegar a tocar en su local, pero no es como para salir pidiendo firmas, ni manifiestos, ni organizar concentraciones puntuales. El amor a la música, el amor al jazz, en concreto, se materializa escuchando, divulgando, conociendo y apreciando. Los clubes son fundamentales porque favorecen la continuidad en la programación de la música en directo, el acceso del público, llegar a nuevas audiencias: esto es lo que hay que pedirle al Ayuntamiento que facilite la vida de las salas de música en directo, que contribuya a evitar la especulación para la subsistencia de estos locales.
Muy de acuerdo en que el Café Central se mantenga, sea donde sea, y en que ojalá el Johnny reabriese su Club de Música y Jazz, a ser posible en el mismo enclave de la Ciudad Universitaria, porque, por encima de las nostalgias y las historias propias y ajenas, hay que luchar por mantener los espacios de música en directo, por imprescindibles para la música y para evitar que Spotify y los festivales impersonales monopolicen su comercialización.
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