Opinión
Partidos de mucha fe

Directora corporativa y de Relaciones institucionales.
-Actualizado a
Una y otra vez repetimos las mujeres feministas que no basta con declararse tal, sino que hace falta una educación, una cultura, un aprendizaje que no caen del cielo y que exigen humildad, auténticas ganas de interiorizar el derecho a la igualdad entre hombres y mujeres y tiempo, mucho tiempo, exigencia y vigilancia firmes en la implementación de estructuras igualitarias en los ámbitos de poder, como son los partidos políticos, desde aquellas formaciones que tienen capacidad de gobernar un país hasta las que lo hacen en el ayuntamiento más pequeño.
Y ya que hablamos de humildad, ni siquiera las mujeres feministas estamos libres de reproducir los comportamientos machistas en los que nos hemos criado, de encubrirlos, de hacer la vista gorda, de aguantarlos, de silenciarlos y hasta de disculparlos, cansadas como estamos, muchas veces, de llevar siempre el dispositivo de la alerta antiseñoro encendida. Y es un error no denunciar, pero mayor error cometen quienes deben protegernos, porque para eso les pagamos y les votamos, y no nos garantizan seguridad plena en todos los ámbitos durante esos procesos de denuncia. Si así fuera, si las mujeres sintiéramos todo el apoyo institucional a la hora de denunciar acoso o violencia sexual, machista, no existirían casos como el que estos días machaca al PSOE, el del todopoderoso en la sombra Francisco Salazar, precedido por los no menos omnipotentes José Luis Ábalos y su extensión, Koldo García. Parece que a Santos Cerdán los asuntos de mujeres prostituidas o acoso sexual no le interesaban, al menos, en los confusos papeles y grabaciones que se manejan en los tribunales y en la UCO.
Las mujeres, aunque esté mal decirlo porque eleva a categoría científica la capacidad de la intuición, solemos tener un sexto sentido para detectar señoros, que van desde el baboso de turno al risueño paternalista, todos ellos susceptibles de no ponerse límites en un momento determinado y, sobre todo, con poder en la mano. En muchos casos, para identificarlos, basta con observar su forma indisimulada de comportarse con las mujeres, en general, o con una categoría de ellas, en particular, generalmente jóvenes y en posiciones de mayor vulnerabilidad. Salazar, a tenor de las informaciones que van saliendo, era uno de ellos y, como tal, en cuanto se hubiera detectado cualquier sospecha -y reconozcamos que, en casos como el suyo y según lo publicado estos días, no parecía difícil- debería haber sido apartado de cualquier responsabilidad orgánica y/o institucional, advertido y denunciado por sus iguales o superiores en la escala orgánica del PSOE e institucional de La Moncloa. Pero unos por otras -y no me refiero a las víctimas, por supuesto, sino a quienes eran conocedores en los niveles más altos e intermedios-, la casa sin barrer. La falta de herramientas democráticas en los partidos, sin embargo, es lo que tiene. Hagamos memoria: el líder de un partido es expulsado porque a los jerifaltes del poder (no solo orgánico) no les encajan sus planes. Entonces, decide darle su apoyo un grupo minoritario, heterogéneo y de distintas culturas y generaciones de ese partido, que se va uniendo conforme a ideales e intereses de distinto pelaje, como se ha ido demostrando. Llevado en volandas por una corriente social izquierdista de hartazgo por la corrupción del Estado y el auge de Podemos, el exlíder al que arrancaron de su despacho en la sede central del partido se deja acariciar por la oportunidad y por algunos desconocidos y desconocidas; otros y otras menos, que le organizan una campaña interna que encaja a la perfección con la movilización social del momento y regresa al liderazgo del partido, contra todo poderoso pronóstico. Sigue la movilización y ese líder logra concentrar en torno a él una pulsión mayoritaria de cambio de Gobierno en el Congreso, su heterogéneo equipo de destierro lo empuja y él salta, como hizo con el liderazgo del partido. Y se convierte en presidente. Un movimiento histórico como fue el segundo liderazgo de Sánchez en el PSOE y la moción de censura de 2018 llevan encima muchas emociones a flor de piel y muchas lealtades y amistades similares a las de un puñado de noches de borrachera; mucho alejamiento de la realidad y relajación en los entornos, sin tener en cuenta lo más importante: el poder en manos de seres humanos que previamente no han sido fiscalizados de ninguna manera, solo por su fidelidad rocosa -cada uno/a por lo suyo- al proyecto de un perdedor, expulsado y marginado por el aparato histórico del partido y sus herederos. Una épica aplastante, arrolladora en lo sentimental y en lo político, sin duda, pero sin control alguno; una epopeya, por tanto, destinada a quebrarse por lo peor si no se establecen mecanismos de supervisión y transparencia internas de poder, en lo orgánico -el partido- y en lo institucional.
“Lo peor”, claro, han sido la corrupción y la violencia machista; y el acoso sexual es violencia machista; y la cosificación de las mujeres es violencia machista…, presuntas de momento y para ser rigurosas. Y lo han sido en el partido que llegó al poder tras amarrar unos cuantos/as la épica izquierdista y un frente común parlamentario que llevaba la lucha contra la corrupción y el feminismo por banderas. ¿Y ahora qué?
Ahora podríamos pensar que lo mejor es que se convoquen elecciones generales, que gobierne la (ultra)derecha de una vez y así aprendamos de una vez cómo se las gastan los amigos de Trump, aunque desde Madrid podamos ir adelantándoles algo. “A lo mejor es buena idea y reaccionamos”, argumentan unos. “A lo mejor no es tan buena y una vez coja el poder el autoritarismo, no deja un resorte democrático sano y no hay capacidad de reacción…”, razonan otras. Sea lo que sea, lo que está claro es que el mensaje del miedo por la llegada de la (ultra)derecha al Gobierno central ya no sirve: la decepción es con los partidos democráticos y cuando la democracia falla, la antipolítica se instala ocupando un vacío que se llena con antidemocracia. Si, a mayores, esa decepción llega porque quien debería ser estricto con ella hacia fuera no la aplica en su casa, apaga y vámonos. En el PSOE se lamentan ahora -sobre todo, ellas- preguntándose cómo es posible que se les colaran puteros, presuntos corruptos y acosadores en la cúpula del partido, nada menos y justo por debajo del líder y presidente del Gobierno; y que sean los que acompañaron a Pedro Sánchez más cerca en aquella contienda interna y parlamentaria que parecía imposible: recuperar el liderazgo del PSOE y ganar una moción de censura, todo desde posiciones minoritarias. ¿Nadie se planteó entonces que, por muy grande que fuera la proeza -que lo fue-, no había ningún ser de luz en el partido, sino seres humanos con enormes responsabilidades y compromisos (poder) cuyas acciones debían ser controladas más que nunca, precisamente, por cómo habían llegado al Gobierno, con qué banderas y con qué apoyos? ¿Desde cuándo las democracias edifican sus robusteces sobre amistades de horas, lealtades partidistas de días (con sus noches de borrachera) y ejercicios de fe eterna en el compañero de siglas?
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