Opinión
Los 'patriotas' y 'antiglobalistas' que venden a su país y a su gente

Por Miquel Ramos
Periodista
El fin de la historia que se decretó con la caída de la Unión Soviética y el advenimiento del supuesto progreso que traería el capitalismo globalizado y la expansión de las democracias liberales, pronto empezó a hacer aguas. El contrapeso simbólico que ejercía el bloque comunista para la orgía neoliberal sirvió para que las democracias capitalistas tuviesen cierta cautela a la hora de esquilmar lo público y no dar más motivos a la clase obrera para abrazar la tentación izquierdista, conservando ciertas concesiones a la clase trabajadora con el denominado Estado del bienestar. Sin embargo, un capitalismo con las manos desatadas pronto empezó a desguazar lo poco que quedaba de aquella fachada socialdemócrata, poniendo en venda todo lo vendible.
A pesar de esto, el fin del siglo pasado vino envuelto de esperanza. La reacción a este aceleracionismo capitalista resucitó la utopía, y se concretó en un poderoso lema que hemos olvidado demasiado pronto, y que deberíamos recuperar ante la catástrofe a la que nos están empujando: otro mundo es posible. Fue lo que se conoció como movimiento antiglobalización, que unió a los movimientos sociales del norte y el sur global contra las grandes estructuras del capitalismo como el Banco Mundial, la Organización Mundial del Comercio o el Fondo Monetario Internacional. Ciudades como Praga, Barcelona, Seattle, Göteborg o Génova se convirtieron en el escenario de enormes manifestaciones internacionales, de foros de debate anticapitalistas, de bloqueos y disturbios que hicieron que los que pretendían ordenar el mundo a su medida tuviesen que ser rescatados de sus centros de convenciones ante la ira popular.
Todo aquello se cortó de forma abrupta hacia el año 2001, primero con el asesinato a sangre fría de un manifestante en Génova, Carlo Giuliani, de un tiro en la cabeza por parte de un policía, y con los atentados de las Torres Gemelas de Nueva York dos meses más tarde. Fue el inicio de la denominada ‘Guerra contra el Terrorismo’, una nueva fase del imperialismo estadounidense envuelta de islamofobia y supremacismo, y de la invisibilización de las demandas anticapitalistas, enterradas por la doctrina del shock que se implementó aprovechando las circunstancias, y con la colaboración de todo el establishment político, económico y mediático.
Es importante recordar este periodo de luchas anticapitalistas, de la reivindicación de la utopía posible, para entender el proceso que ha llevado a medio mundo hacia el fascismo, hacia el robo sistemático de la rabia y de la indignación tras las sucesivas crisis y saqueos capitalistas. Un proceso bien pensado y mejor articulado gracias al contexto, a una serie de factores que han facilitado la infección reaccionaria y la instauración del nihilismo y la distopía como único escenario futuro posible.
Uno de los terrenos en conflicto más importantes en toda batalla cultural es el semántico. La extrema derecha entendió bien que disputar el sentido común pasaba por apropiarse y resignificar conceptos y lugares comunes donde la izquierda se había instalado. Palabras como ‘libertad’, ‘soberanía’ y hasta ‘vida’, no significan lo mismo dependiendo del emisor. Pueden, de hecho, significar lo contrario. Estos y otros conceptos han sido asaltados por la derecha, acotándolos a sus estrechos márgenes, retorciéndolos y vaciándolos de su esencia para encajarlos en sus marcos. Y demasiadas veces, la apropiación de las palabras por parte de la derecha no encuentra resistencias. Llamamos equívocamente ‘provida’ a quienes niegan los derechos de las mujeres a decidir sobre sus cuerpos, situándonos en un simbólico plano ‘antivida’ quienes los defendemos. Y se considera ‘nacionalista’ o ‘soberanista’ a una derecha absoluta y eternamente vendida a potencias extranjeras, como ejemplifican hoy perfectamente PP, VOX y sus homólogos catalanes (Junts y AC) con los casos de Israel y los Estados Unidos en sus nuevas aventuras imperialistas.
En este nuevo imaginario en el que pretende instalarse la derecha vendepatrias juega un papel importante también un nuevo término muy usado en la retórica neofascista: el término ‘globalista’. No es casual que se erijan como ‘antiglobalistas’ para hacer creer que son los únicos defensores de la soberanía nacional frente a la injerencia extranjera, usurpando un imaginario que, como explicaba antes, nos lleva a las protestas antiglobalización dos décadas atrás. Sin embargo, este nuevo término tramposo no tiene nada de anticapitalista, y mucho menos de nacionalista, cuando a la mínima ocasión, venden a su patria y a su clase trabajadora al capital y el interés extranjero.
El fantasma del ‘globalismo’ sirve para exonerar al capitalismo y para instalar nuevos conspiranoias como la teoría del Gran Reemplazo o de élites en la sombra dirigiendo el mundo. Hace tiempo ya que todo se escenifica a todas luces, que los planes del tecnocapitalismo, de la ilustración oscura y de las nuevas formas en las que va mutando el sistema no son ningún secreto. Al contrario, se exhibe con orgullo, se reivindica la maldad y la crueldad como nueva marca de la irreverencia de los nuevos tiempos. Ya no queman papeles para ocultar sus crímenes, los publican ellos mismos y se jactan de ellos.
La reciente agresión contra Irán, el secuestro del presidente venezolano, el genocidio en Gaza o las amenazas contra la UE han puesto a las derechas frente al espejo. La posición del gobierno de Pedro Sánchez ante tales sucesos ha marcado cierta distancia respecto a la mayoría de los países europeos, que han criticado con la boca pequeña algunos de estos hechos, o han sido partícipes sin ningún tipo de pudor. A pesar de que algunos de los gestos de Sánchez nos resulten insuficientes, la actitud de las derechas ha sido no solo de absoluta deslealtad, sino de una traición y de una servidumbre a potencias extranjeras escandalosa.
Pero más allá del cipayismo derechista, algo que no es nuevo en la tradición conservadora de este país, está lo más cercano, lo más palpable y sangrante. La venta del país al capital extranjero es, sin duda, el mejor ejemplo de la traición de los patriotas a su propia gente. Quienes se llenan las muñecas de pulseritas con la bandera rojigualda son el felpudo de los fondos buitre y las multinacionales que saquean nuestros recursos y convierten este país y todo el que tocan en una colonia. Solo hay que ver lo que votan cuando se propone acotar la capacidad de estos capitales para acaparar poder y precarizar todavía más a la clase trabajadora. La derecha es la vaselina nacional para que entren los saqueadores de guante blanco, mientras te despistan apuntando a los más precarios, a los más pobres, a los que no se esfuerzan, según ellos, o vienen a aprovecharse de nuestro sistema viviendo de paguitas y robando al buen español.
Decía el otro día Jorge Dioni que no son más listos ni mejores, sino que tienen ingentes cantidades de dinero que la contraparte no es capaz ni de soñar. Nos deslumbra la capacidad de la derecha para inundar el espacio y el debate público con sus relatos y sus campañas, y nos acabamos creyendo que sus artefactos son de una manufactura exquisita, y que por eso convencen, obviando la inversión multimillonaria en esta guerra y sus complicidades. Y recuerda, hay buenos pagadores, financiadores del caos, del odio y de la desinformación, que están dispuestos a pagar a cualquier mercenario para acabar con cualquier resquicio democrático e instalarse en el poder.
El desánimo y la derrota son también productos de la reacción para promover el individualismo y la rendición que desearían. Es por esto por lo que debemos reivindicar una vez más lo que aprendimos a principios de siglo, el lema que debe guiar la contra al nuevo escenario al que nos están arrastrando. Hay que recordar que otro mundo es posible, porque la humanidad es mejor de lo que nos quieren hacer creer, porque así lo demuestra cuando toca arremangarse para sacar barro o chapapote, o tejiendo redes comunitarias para ayudarse entre vecinas, para defender las casas, los trabajos y las vidas. El ejemplo está ahí todos los días, lejos de sus fantasmas, apegados a nuestra realidad más inmediata. Y nos olvidamos demasiado de promocionar estos gestos, estos nuevos mundos que ya existen, y promocionamos demasiado el malismo y el ruido al que nos someten quienes pretenden negarnos la utopía. Mostremos más a quienes de verdad aman a su país protegiendo a su gente, y señalemos sin piedad a quienes lo han puesto en venta junto a su propia dignidad.

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